Virgen de Luján, Madre de las vocaciones del Instituto del Verbo Encarnado

Este próximo 8 de mayo la Iglesia en todo el mundo celebrará la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, la cual coincidirá felizmente con la preciosa fiesta de nuestra Madre Santísima, la Virgen de Luján y con el 5° aniversario de nuestra ofrenda de la Rosa de Oro “en testimonio perpetuo de nuestro amor y agradecimiento por las vocaciones que Ella envía a nuestra Familia Religiosa… y como voto de confianza por las muchas que por su intercesión esperamos concebir”[1]. ¡Cuánto tenemos para agradecerle a la Virgen!

Desde el último Capítulo General (julio 2016) hasta el presente nuestro pequeño Instituto ha dado a la Iglesia ¡103 sacerdotes! para la mayor gloria de Dios. Esa es una gracia muy grande para el Instituto. Solo para dimensionar la bendición que eso significa pensemos que hay diócesis muy importantes que no han tenido o han tenido muy escasas ordenaciones sacerdotales en los últimos 10 o 20 años, lo mismo ocurre desafortunadamente con congregaciones religiosas de gran prestigio y tradición.

Por otra parte, hoy en día contamos con 503 vocaciones en formación[2] de las cuales solo el 16% son vocaciones argentinas y el 84% provienen de otros países[3], lo cual habla de la fecundidad con que Dios se ha complacido en coronar los esfuerzos de evangelización de nuestros misioneros a lo largo y ancho de este mundo a fin de que el mensaje de Cristo pueda llegar de forma más eficaz al corazón de cada una de sus culturas. 

Asimismo, consideramos que no es un detalle menor que la Virgen de Luján haya enviado al Instituto vocaciones provenientes de una misma familia. Ya que los lazos familiares dobles –por la sangre y por el espíritu– no sólo contribuyen a la unidad y cohesión del Instituto, sino que son un importante testimonio apostólico para las demás familias y, a decir verdad, para los demás cristianos.

Por eso de cara a celebrar el próximo 8 de mayo la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones dentro del marco de la Solemnidad de la Purísima Concepcion de Luján, quisiéramos tratar en estas líneas acerca del compromiso prioritario de cada miembro del Instituto en promover las vocaciones y acerca de uno de los medios de promoción de las vocaciones que es justamente “la pastoral familiar que es de por sí vocacional”[4].

El escrito está dividido en 3 partes:

1. Compromiso prioritario
2. La pastoral familiar es de por sí vocacional
3. Madre del Señor y nuestra

Para leerla completa clique aquí. Ahora solamente destacaremos una parte del texto.

¿Y cómo se promueven las vocaciones sacerdotales y religiosas?

Sabemos muy bien que en la base de toda pastoral vocacional, como enseñó Nuestro Señor Jesucristo, se encuentra la oración auténtica y perseverante pidiendo más obreros para la miesAncora[5]; no obstante, explícitamente el derecho propio nos señala un medio necesario y consecuente: “mediante el testimonio fiel y alegre de vida consagrada”[5]. Es lo que San Pablo expresa diciendo: Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados[7]. “La conducta que responde a la vocación”, dice San Juan Pablo II, “hace brotar nuevas vocaciones. Esta conducta coherente constituye como la base permanente de la oración; la prepara, y la oración es como su desarrollo; recíprocamente, la oración reclama de continuo un comportamiento tal”[8]. Por eso, antes que los cientos de proyectos que podemos realizar en vistas a la pastoral vocacional, el primero, junto con la oración, es el del testimonio sacerdotal y religioso. No podemos desconocer que nuestra vida es presencia siempre significativa al lado de los jóvenes: alienta o desalienta, suscita el deseo de Dios o constituye un obstáculo para seguirlo. Por eso el testimonio coherente y gozoso representa la primera propuesta vocacional al alcance de la mano de cualquiera de nuestros miembros. 

Si realmente damos un testimonio gozoso de servir a Cristo “realizando con competencia y generosidad los apostolados propios”[9], si somos capaces de irradiar esperanza a causa de la fe que anida en nuestro pecho a pesar de todo el cansancio de la lucha, si de verdad nos entregamos a las almas sin faltar a la oración, ¿cómo dudar que han de surgir vocaciones a nuestro alrededor? Las vocaciones que Dios nos ha enviado a través de la Virgen de Luján provenientes de países de minoría cristiana como Tayikistán, la Franja de Gaza, Egipto; o de lugares donde la presencia del Instituto es escasa como en Papúa Nueva Guinea, o nula como en Sri Lanka, la India, Guatemala, Eslovaquia, etc., prueban que la oración unida al testimonio de vida coherente siempre da frutos en donde Dios quiere y como Dios quiere.

No obstante ninguno de nosotros ignora, por pocos años de vida religiosa que tenga, que faltan misioneros en la periferia de las grandes ciudades, en las zonas rurales, entre los habitantes de las zonas de alta montaña y en las inmensidades de la selva. Faltan sacerdotes que se dediquen a los jóvenes, a las familias, a los ancianos y enfermos, a los obreros, a los intelectuales, a los profesionales y a los ignorantes, a los artistas, a los ricos y a los pobres, a los de nuestra patria y a los inmigrantes… Es nuestra experiencia que urge un mayor número de sacerdotes y religiosos en las parroquias, en los grupos parroquiales, en las escuelas y universidades, en las fábricas, y en tantos otros campos… hasta podemos decir “que los confines de la tierra, a los que debe llegar el Evangelio, se alejan cada vez más”[10].

Esta falta de obreros para la mies constituía ya en los tiempos evangélicos un desafío para Jesús mismo. Su ejemplo nos permite comprender que el número demasiado escaso de consagrados es una situación inherente a la condición de la Iglesia y del mundo, y no sólo un hecho accidental debido a las circunstancias actuales. Sin embargo, el Verbo Encarnado, compadecido de las multitudes les brindaba su enseñanza porque los veía que estaban fatigados y decaídos, como ovejas sin pastor[11], pero quería que sus discípulos también participaran de la solución invitándolos ante todo a rezar[12]. También nosotros podemos y debemos influir con la oración en el número de vocaciones.

A veces cuando decimos que hay que rezar por las vocaciones muchas veces creemos que se trata de una intención general, sin embargo, estimamos que sería conveniente que no faltase la oración frecuente y explícita por las vocaciones especialmente para nuestro Instituto. Tampoco es menos importante invitar a otros a rezar –como de hecho ya se hace en varias partes a través del “Proyecto de las 40 horas” o de los “jueves sacerdotales” o del “rosario por las vocaciones”– porque hay que ser conscientes de que las vocaciones, con sus propias fuerzas, no podrán dar el paso y, por este motivo, hay que estimularlas con la oración, acompañarlas y sostenerlas entendiendo que la vocación es un verdadero don que viene del cielo. Desatacamos aquí el rol preponderante que tienen los contemplativos del Instituto ya que de la fidelidad generosa y gozosa a la vida contemplativa depende no en menor grado la abundancia y calidad de las vocaciones sacerdotales, contemplativas, misioneras y a la vida consagrada para el Instituto. Conmueve pensar que nuestro Señor haya querido asociar a las manos juntas de un monje y a su inmolación silenciosa el precioso don de las vocaciones para su Iglesia. 

 

Queridas mamás, sigamos con fervor pidiendo más obreros para la mies y para que los mismos sacerdotes y religiosos responden con fidelidad y generosidad a su vocación y sean despertadores de vocaciones. 

 


[1] P. Gustavo Nieto, IVE, Discurso al momento de la entrega de la rosa de oro (08/05/2017).
[2] Entre hermanos de votos temporales, diáconos, seminaristas mayores, seminaristas menores, postulantes y novicios.
[3] 45 países en los 5 continentes.

[4] Directorio de Vocaciones, 84.

[5] Cf. Mt 9, 37-28.
[6] Directorio de Evangelización de la Cultura, 196.
[7] Ef 4, 1.
[8] A los sacerdotes y consagrados en Beauraing, Bélgica (18/05/1985).
[9] Directorio de Evangelización de la Cultura, 196.
[10] Directorio de Misiones Ad Gentes, 80.
[11] Cf. Mc 6, 34.
[12] San Juan Pablo II, Catequesis sobre la vida consagrada (19/10/1994).

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