Un milagro en la vida del P. Llorente – Las oraciones son reales, verdaderas, poderosas, eficaces.

Un milagro en la vida del P. Llorente – Las oraciones son reales, verdaderas, poderosas, eficaces.

¿Cuál ha sido el día más feliz en su vida de Misionero?

RESPUESTA.— Si mi madre estuviera ya en cielo, responderla a esta pregunta sin que me temblara el pulso; pero como no tengo noticia de que Dios la haya llevado aún, lo hago con mucha carraspeos, muchos meneos de cabeza y latidos muy acelerados del corazón. Es un secreto para los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES; pero allí va.

En cierto día de cierto año, cuando los lagos y ríos acababan de congelarse y solidificarse razonablemente bien, sacamos nuestros dos trineos por la tundra nevada y nos dimos el gran paseo. Se trataba de examinar la índole de los perros nuevos, estudiar sus cualidades, sus tretas y sus zorrerías y luego clasificarlos en los tres grupos de A, B y C.

Es ése un trabajo preliminar indispensable para la formación de un trineo modelo que lleva a uno en volandas como quien dice. Acabábamos de comer. Dos rapaces manejaban el trineo que seguía al que conducíamos Elías y yo. Elías era un chico muy hábil de unos 14 años. Llegamos a unos matorrales que circundaban un lago inmenso, helado todo él y plano como palma de la mano. Exploramos el hielo y lo hallamos firme. Nos echamos por la orilla y cubrimos una distancia enorme a carrera tendida. Elías estaba sentado en medio del trineo, vuelto hacia mí y los dos reíamos como embriagados por aquel placer inesperado. El trineo que nos seguía, estaba a sólo 20 metros. Yo llevaba las manillas de nuestro artefacto. Aquellos dos trineos parecían dos aeroplanos a toda marcha. De repente, ¡plas! el hielo se resquebrajó. Mi trineo se hundió en los abismos. Elías se agarró a la maroma de tiro de los perros. Cuatro canes, los más próximos al trineo, se hundieron hasta las orejas. Lo único que yo pude ver de Elías, fue la gorra que le tapaba orejas y cuello.

Los perros que aún estaban en hielo firme, no podían tirar porque, al querer hincar las uñas, se resbalaban y caían de bruces. Elías y los cuatro perros desgraciados forcejeaban inútilmente con el agua hasta el cuello. Yo, al hundírseme el aparato debajo de mis narices, me encaramé sobre él, pero se hundió tan profundo que me vi dentro del agua hasta la boca. En traje de baño y en agua tibia hubiera yo dado una distancia razonablemente larga, pero aquí, vestido de pieles y con botas hasta la rodilla, veinte minutos después de comer, con bloques de hielo alrededor de mí como si fueran avispas tras una cucharada de miel… la situación cambiaba notablemente.

Digo, pues, que floté unos instantes y avancé hasta los filos del hielo firme; extendí los brazos y el pecho sobre el hielo y, al querer levantarme, se hundió aquel bloque y volvimos al agua a flotar, a avanzar, a extender los brazos y el pecho sobre los nuevos filos del hielo aparentemente firme. Vuelta a resquebrajarse éste, y vuelta al agua, a flotar, avanzar, a trepar hielo arriba, y vuelta éste a hundirse, y vuelta yo a flotar, etc., etc., Nadé en dirección del trineo y quise encaramarme sobre toda la traílla y salir de unos saltos, aunque hundiese a los canes, pero el peso de ropa mojada no me dejaba lograrlo; además hubiera tenido que pisar la cabeza de Elías y hundirlo definitivamente, cosa que no hubiera hecho yo jamás. El trineo que nos seguía se alborotó tanto, los pobres chicos no hicieron poco con retenerlo a distancia para no hacer una escabechina si se hubieran acercado con nuevo peso.

Elías gritaba valientemente a los perros. Dos veces le vi completamente debajo del agua en forcejeo con uno de los perros que no gustaba verse tan asido a la soga de tiro. Cuando después de superar una docena de bloques, me encontré con que todos ellos fallaban y me daban el consiguiente remojón sin poder hacer pie; con la ropa interior empapada en hielo, las fuerzas exhaustas, la suerte de mí pobre Elías en la balanza, etc., etc., me convencí de que había llegado mi última hora y, sin dejar de nadar con fuerzas salidas sabe Dios de dónde, le dije a Jesucristo en español y en voz alta que era lástima perder a un Misionero tan a lo bobo y a lo tonto; que si me quería para Sí, bien estaba; pero que yo intercedía por unos años más de vida misionera y reforzaba mi petición ofreciéndole allí mismo desde aquella marejada de hielos que me envolvían, y ofreciéndoselo con la confianza mayor que podía tener: TODAS LAS ORACIONES QUE SE HAN ELEVADO, SE ELEVAN Y SE ELEVARAN POR UN POR MÍ.   Añadí confusamente que cómo iba a desoír tantas oraciones como elevan al cielo por mí los lectores de EL SIGLO DE LAS MISIONES.

Y ahora viene lo gordo. Terminar la oración y salir a manotadas, fue todo uno. Conmigo, aunque a cierta distancia, salían triunfantes Elías, perros y trineo. Salíamos dejando un rastro de agua que caía y resbalaba sobre un hielo firmísimo y caminamos unos pasos más hasta que nos vimos seguros en la nieve sobre la yerba.

Los dos rapaces habían logrado atar su trineo a un arbolillo y vieron con pasmo cómo salíamos cuando ya nos creían perdidos irremisiblemente. El mayor tomó a Elías en nuestro trineo y partió para casa. Yo me acomodé en el otro y di órdenes dé salir pitando, pero los canes tiraban tan desaforadamente al ver partir al otro trineo, que no hubo medio de soltar la soga. Para mí, mojado, como estaba, cada segundo tenía un valor inestimable. No teníamos navaja…

Entonces salté del trineo, tomé la soga con las dos manos y —otro milagro de primer orden— arranqué el arbolillo, o mejor lo debió arrancar el Ángel de la Guarda, pues no acierto a concebir cómo un solo tirón sacó tantas raíces.

Y ahora viene otra complicación: los perros no querían volver para casa; querían más aire fresco por la tundra nevada, y, en vez de trotar como acostumbraban, todo era volverse y hacer el oso y pararse a humedecer todas las matas por donde pasaban. Todo mi sistema intestinal estaba paralizado, helado, pesadísimo, muerto, como si no fuera mío; pero la respiración era normal, así como normales estaban la cabeza y el corazón. Al llegar a casa el pasmo fue desusado, porque mi abrigo mojado y con una capa de hielo pesaba tanto que a duras penas los Hermanos Coadjutores podían levantarlo del suelo. Fue menester cortar las correas de las botas que parecían alambres y no cedían.

Al meterme en la cama bien abrigado y con un buen vaso de vino creí que estaba soñando.
La reacción fue tremenda con un sudor copiosísimo. Pasé la noche con el cuerpo en la cama pero con el espíritu batallando bloques de hielo en un lago muy profundo y amanecí normal, sano, restablecido, sin un síntoma de pulmonía ni de digestión ni de nada; si cabe, salí más vigorizado con el ejercicio gimnástico que supuso la batalla, o hablando más en cristiano, salí como los jóvenes del horno babilónico a quienes no contristó ni chamuscó el fuego del tirano.

Todo se me volvía preguntar por Elías. Me aseguraban que estaba bien, pero quise comprobarlo yo mismo; por eso nada más levantarme fui al dormitorio de los niños y me dirigí en línea recta a la cama de Elías que me recibió con una sonrisa verdaderamente angelical.

—Ven acá, Elías, hijo mío —le dije, echando los brazos al cuello— ¿caíste en la cuenta de que nos pudimos haber ahogado? ¿En qué pensabas todo aquel cuarto de hora que estuvimos en agua?
Elías me afirmó que nada más verse entre el hielo comenzó a rezar con el corazón y a gritar a los perros con la lengua.

—Bravo, Elías, bravo; eres un héroe.

Y gastamos cerca de una hora comentando el suceso y atando cabos. Luego me ayudó a Misa; una Misa de acción gracias por el milagro de haber salido, por el de haber arrancado el árbol, por no haberme helado en el camino de vuelta con la brisa de frente, por no haber tenido una indigestión, por no haber tenido ni asomos de pulmonía, por no habérseme helado la sangre, por no habérseme parado corazón, por habérmelas bandeado exhausto con un abrigo que un hombre sano apenas podía mover, etc., etc.

La pregunta del P. Irala dice así: ¿Cuál ha sido el día más feliz en su vida de misionero? Y yo respondo que aquel fue el día más feliz, porque no se puede expresar con palabras el efecto tan saludable que causó en mi alma semejante acontecimiento. Entonces me convencí, si antes no lo estaba, que las oraciones de los que en sus cartas me dicen que me encomiendan a Dios SON REALES, VERDADERAS, PODEROSAS, EFICACES. Entonces me afirmé en el convencimiento teórico de que hay un Dios que vela por nosotros. Aquel día lo pasé en el cielo, absorto en Dios, objeto del amor paternal de Dios, lleno de amor de Dios, dispuesto a emplear únicamente en el servicio de Dios esta vida que él me acaba de devolver.

 Ni la primera Comunión, ni los votos religiosos, ni la ordenación sacerdotal ni la primera Misa, ni todas esas gracias juntas produjeron en mi alma el cambio que operó este milagro tan breve, tan limpio, tan natural y tan casero. El cielo y la tierra pasarán, pero, con la divina gracia, mi agradecimiento a Jesucristo por este milagro no pasará…

Recuerdo que al día siguiente descubrimos en los pantalones agujeros, o mejor, cortaduras de hielo que tienen filos de navaja de afeitar. Asimismo, las manos tenían rasguños en todas direcciones. Se me perdieron en la batalla los guantes, que en paz descansen.

Los esquimales, que han visto ahogarse a tanta gente, venían a verme y —los muy supersticiosos— dudaban si yo era el Padre de verdad o un fantasma. Por la noche tuvimos rosario y Bendición solemne en acción de gracias. Coincidió ser día de fiesta.

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