Últimos golpes de la espada martirial de entregar los hijos a la vida religiosa

Por: P. Gonzalo Gelonch, IVE | Hna. María de las Virtudes, SSVM

 

Cuántos religiosos nuestros están hoy cuidando a sus papás ya enfermos o ancianos. Algunos religiosos no están totalmente abocados a esto, porque cuentan con la tranquilidad de que otros familiares están brindándoles estos cuidados; pero lo mismo están pendientes.

Y cómo notamos todos el sufrimiento de nuestros papás… cómo nos duele verlos tan pobres… Incluso hasta nos falta muchas veces la esperanza para con ellos; esperanza que sí tenemos para atender con alegría siempre jovial a otros enfermos o para confiar incluso en el buen suceso de nuestra propia vida. Dios proveerá, decimos; pero cuando vemos a nuestros viejitos tan cansados o tristes o enfermos, nos angustiamos y turbamos.

Tal vez estemos olvidando un detalle importante, que es este: si están un tanto desprovistos, si no tienen las alegrías de ver nietos que llenen su hogar de abuelos, si los vemos solos, es -en parte o totalmente- porque nos han dejado entrar en la vida religiosa. O sea, es nuestra vocación una de las causas de esas pobrezas humanas. Soy yo el que no les dio nietos… y mis padres me dejaron entrar y consagrarme en el Instituto. Ellos son responsables, por su generosidad para con Dios y la Iglesia, de estar sufriendo ahora esa soledad… es lo que ellos eligieron.

Ese acto martirial que Dios nos pidió a los religiosos se los pide análogamente a nuestros papás… y ahora -una vez más y, tal vez, finalmente- están sintiendo el golpe de esa espada. Por el amor que tienen a Dios y a sus hijos están sufriendo hoy.

Entonces, ¿puede haber un motivo más grande que este para Esperar en Solo Dios? ¿Hace falta buscar otro motivo para alegrarnos en la Esperanza?

Creo que debemos estar muy agradecidos con nuestros papás, hoy más que nunca al verlos así. Debemos estar muy confiados en el fruto eterno de ese inmenso sacrificio que se renueva hoy. Debemos alegrarnos al ver sus achaques y pobrezas… y alegrarlos a ellos, mostrándoles el porqué de lo que sufren… alegrarlos en la Esperanza. Este testimonio que les debemos dar puede ser clave para que vuelen derechito al cielo; porque no vuela directamente al cielo quien no espera suficientemente alcanzarlo.

Gonzalo Gelonch, IVE

Testimonio de la Hermana María de las Virtudes:

Veo a la mamá sentada muchas veces sumergida en sus pensamientos, el tiempo le parece una eternidad, cada movimiento que hago es una novedad que sacude su soledad de tantos años. Me observa sin cesar, como si no tuviera otra cosa que hacer y piensa… Cuando vuelvo de hacer las compras me espera ansiosa en su sillita y sonríe…

La veo reír, y hablar y entusiasmarse por una receta de cocina que se anima a cocinar para mi, sosteniéndose sobre sus débiles piernas… No habla, piensa…

Piensa cómo hacerme feliz como en sus jóvenes años… ¡Nunca se deja de ser madre!. Porque es sinónimo de pensar siempre en el otro, olvidarse hasta del andador que le permite caminar sus cansados pasos y darse una vez más… Y hasta con una sonrisa que siempre le festejo con un abrazo o un beso…

Son mártires, sí… Gota a gota van viendo cómo su corazón aún sangra por esa espada que muy bien dice usted, se clavaron al decirnos «Sí. Anda al convento… Si sos feliz, yo también».

Tenia ella 46 años cuando la dejé, y un año de viuda y mis hermanos más pequeños de 14 años no entendieron lo que sucedía. De aquel día han pasado ya 30 años y en estos días que la Divina Providencia me ha traído para cuidarla en su enfermedad, rasgó el silencio de tres décadas tan solitarias, como fecundas, para decirme «Si supieses cuanto sufrí cuando te fuiste. Me quedaba sola con tus hermanos, la ferretería de papá… Y un futuro tan incierto por delante…».

A los 5 años de entrar al convento le comuniqué lo de mi vocación contemplativa. Un nuevo golpe de espada y una nueva sonrisa afloró de aquellos labios que nunca pusieron un solo impedimento a los designios de Dios aunque no los comprendiese.

No le di nietos, es verdad. Pero estoy cierta y espero firmemente en Dios que morirá rodeada de tantos hijos religiosos nuestros que son la familia que Dios me dio, (más numerosa que la que yo pudiera haber formado), para que, en definitiva, sea de ella también. ¡Y qué familia!!! ¡Benditos mártires, los papás y mamás que siembran, a golpe de espada, semillas de nuevas vocaciones!

https://institutodelverboencarnado.org/ultimos-golpes-de-la-espada-martirial-de-entregar-los-hijos-a-la-vida-religiosa/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *