Sentimientos de algún corazón sacerdotal después de una jornada de trabajo

Sentimientos de algún corazón sacerdotal después de una jornada de trabajo

Las horas del día han pasado rápido… Algunas, porque otras parecían prolongarse dolorosamente. Ese encuentro con ese hombre sin trabajo, amargado… Parecía que no me salía ni una palabra de consuelo… Aquellos trámites tediosos, burocráticos… Y bueno, hay que hacerlos. También cosas muy hermosas, confesiones, conversiones tal vez. Pero, después, la incertidumbre: ¿perseverarán? ¡Qué difícil es perseverar en este mundo!
Ahora, la oración de la tardecita. Hoy parece que el Señor no se ha transfigurado… ¡Todo muy desolado, sin gusto! Y me tengo que decir, o más bien, que gritar lo que tantas veces le dije a los fieles: no está en sentimientos la unión con Dios, te unís a Dios en la fe, ¡no pretendas sentirlo! Y me voy levantando: ¡Creo, creo! Aunque no te vea, aunque no te sienta…
La misma pena de no sobrellevar bien la oración se empalma con la experiencia de la debilidad. Hoy en algunos momentos saboreé muy claramente esa debilidad. ¡Qué fácil es buscarse a sí mismo! Ahora, tal vez ese recuerdo y esa aceptación de la propia miseria, me dejan el alma en paz, con mucha paz en su Presencia. Porque sé bien que le encanta que reconozcamos esa pequeñez. Le encanta ser Papá de un niño pequeño… ¡¡Lo creo, y me alegro!!
Despertando la fe, metiéndome en su Corazón, se está mucho mejor y empiezo a ver cosas que hace un rato no veía. Me las muestra su Corazón abierto. Antes que nada: lo que Él hizo por mí. Y eso es una experiencia grandiosa, porque, como dice Santo Tomás, no hay cosa que nos despierte más el amor que el ver lo que han hecho por nosotros… Y ahí lo veo. Me amó y se entregó por mí…
Y me muestra otras almas que también se entregan. Me hace presente a todos mis hermanos religiosos. ¡Qué familia que tengo! Me fortalecen las gracias que ellos merecen, y esto me hace feliz.
Y el Corazón de Cristo me muestra el ejército de madres que se dispone a un nuevo combate interior en las benditas 40 horas. ¡Están rezando por mí! Claro, por todos, pero me emociona que lo hagan por mí… Ahí está mi madre también. No solo me lava la ropa todavía, también está de rodillas por mí… Y tantas que no me conocen, pero me aman y rezan.
El compañero del profeta Eliseo temblaba viendo todos los soldados que venían por ellos, con armas y caballos… Como tantas veces temblamos nosotros: Ay, mi señor! ¿qué vamos a hacer?. Pero Eliseo, sin mayor preocupación le dijo: “No temas, que hay más con nosotros que con ellos”. Oró Eliseo y dijo: “Yahvé, abre sus ojos para que vea”. Abrió Yahvé los ojos del criado y vio que la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego en torno a Eliseo.” (2 Rey 6,15-17).
Así nos protege Dios, tiene muchos recursos, aunque no los veamos. Y entre ellos, este ejército de corazones de madres que silenciosamente rezan y rezan.

¡Gracias por esa oración! ¡Gracias por ser parte de ese ejército que nos protege!

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