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San Juan Pablo II: El problema de las vocaciones, es el problema fundamental de la Iglesia

Extracto de la homilía del Santo Padre Juan Pablo II – 10 de mayo de 1981

El problema de las vocaciones sacerdotales —y también el de las religiosas, tanto masculinas como femeninas— es, lo diré abiertamente, el problema fundamental de la Iglesia. Es una comprobación de su vitalidad espiritual y es la condición misma de esta vitalidad. Es la condición de su misión y de su desarrollo.

Esto se refiere tanto a la Iglesia, en su dimensión universal, como también a cada una de las Iglesias locales, a las diócesis y, analógicamente, a las congregaciones religiosas. Es necesario, pues, considerar este problema en cada una de estas dimensiones, si nuestra actividad en el sector del florecimiento de las vocaciones quiere ser apropiada y eficaz.

Las vocaciones son la comprobación de la vitalidad de la Iglesia. La vida engendra vida. No por casualidad el Decreto sobre la formación sacerdotal, al tratar del deber de “incrementar las vocaciones”, subraya que la comunidad cristiana “está obligada a realizar esta tarea ante todo con una vida plenamente cristiana” (Optatam totius, 2). Lo mismo que un terreno demuestra la riqueza de su propio humus vital con la lozanía y el vigor de la mies que en él se desarrolla (la referencia a la parábola evangélica del sembrador es aquí espontánea: cf. Mt 13, 3-23), así una comunidad eclesial da prueba de su vigor y de su madurez con la floración de las vocaciones que llega a afirmarse en ella.

Las vocaciones son también la condición de la vitalidad de la Iglesia. No hay duda de que ésta depende del conjunto de los miembros de cada comunidad, del “apostolado común”, en particular del “apostolado de los laicos”. Sin embargo, es igualmente cierto que para el desarrollo de este apostolado es indispensable precisamente el ministerio sacerdotal. Por lo demás, esto lo saben muy bien los mismos laicos. El apostolado auténtico de los laicos se basa sobre el ministerio sacerdotal y, a su vez, manifiesta la propia autenticidad logrando, entre otras cosas, hacer brotar nuevas vocaciones en el propio ambiente.

Podemos preguntarnos por qué las cosas están así.

Tocamos aquí la dimensión fundamental del problema, es decir, la verdad misma sobre la Iglesia: la realidad de la Iglesia, tal como ha sido plasmada por Cristo en el misterio pascual y como se plasma constantemente bajo la acción del Espíritu Santo. Para reconstruir en la conciencia, o profundizar en ella, la Convicción acerca de la importancia de las vocaciones, hay que remontarse a las raíces mismas de una sana eclesiología, tal como han sido presentadas por el Vaticano II. El problema de las vocaciones, el problema de su florecimiento, pertenece de modo orgánico a esa gran tarea que se puede llamar “la realización del Vaticano II”.

Las vocaciones sacerdotales son comprobación y, al mismo tiempo, condición de la vitalidad de la Iglesia, ante todo porque esta vitalidad encuentra su fuente incesante en la Eucaristía, como centro y vértice de toda la evangelización y de la vida sacramental plena. De aquí brota la necesidad indispensable de la presencia del ministro ordenado que está precisamente en disposición de celebrar la Eucaristía.

Y luego, ¿qué decir de los otros sacramentos mediante los cuales se alimenta la vida de la comunidad cristiana? Especialmente, ¿quién administraría el sacramento de la penitencia si faltase el sacerdote? Y este sacramento es el medio establecido por Cristo para la renovación del alma y para su integración activa en el contexto vital de la comunidad. ¿Quién atendería al servicio de la Palabra? Y, sin embargo, en la economía actual de la salvación “la fe es por la predicación, y la predicación, por la palabra de Cristo” (Rom 10, 17).

Están luego las vocaciones a la vida consagrada. Ellas son la comprobación y, a la vez, la condición de la vitalidad de la Iglesia, porque esta vitalidad debe encontrar, por voluntad de Cristo, su expresión en el radical testimonio evangélico del Reino de Dios en medio de todo lo que es temporal.

El problema de las vocaciones no cesa de ser, queridos hermanos, un problema por el que tengo mucho interés de modo muy especial. Lo he dicho en diversas ocasiones. Estoy convencido de que —a pesar de todas las circunstancias que forman parte de la crisis espiritual existente en toda la civilización contemporánea— el Espíritu Santo no deja de actuar en las almas. Más aún, actúa todavía con mayor intensidad. Precisamente de aquí nacen también para la Iglesia de hoy perspectivas favorables en cuanto a las vocaciones, con tal que ella trate de ser auténticamente fiel a Cristo; con tal de que espere ilimitadamente en la potencia de su redención, y trate de hacer todo lo posible para “tener derecho” a esta confianza.

“Condición de la communio —he dicho en otras circunstancias— es la pluralidad de las vocaciones y también la pluralidad de los carismas. Es única la común vocación cristiana: la llamada a la santidad; y único el carisma fundamental del ser cristiano: el sacramento del bautismo; sin embargo, sobre su fundamento se identifican las vocaciones particulares, como la sacerdotal y la religiosa y, junto a éstas, la vocación de los laicos, la que, a su vez, lleva conmigo todo el conjunto de las variedades posibles. En efecto, los laicos pueden participar de diversos modos en la misión de la Iglesia dentro de su apostolado.

“Sirven a la comunidad misma de la Iglesia, tomando parte, por ejemplo, en la catequesis o en el servicio caritativo y, al mismo tiempo, abren en el mundo los caminos en muchos campos del compromiso específico de ellos.

“Servir a la comunión del Pueblo de Dios en la Iglesia significa cuidar las diversas vocaciones y los carismas en lo que les es especifico y trabajar a fin de que se completen recíprocamente, igual que cada uno de los miembros en el organismo (cf. 1 Cor 12, 12 ss.)”.

Podemos mirar confiadamente hacia el futuro de las vocaciones, podemos confiar con la eficacia de nuestros esfuerzos que miran a su florecimiento, si alejamos de nosotros, de modo consciente y decisivo, esa particular “tentación eclesiológica” de nuestros tiempos que, desde diversas partes y con múltiples motivaciones, trata de introducirse en las conciencias y en las actitudes del pueblo cristiano. Quiero aludir a las propuestas que tienden a “laicizar” el ministerio y la vida sacerdotal, a sustituir a los ministros “sacramentales” por otros “ministerios”, juzgando que responden mejor a las exigencias pastorales de hoy, y también a privar a la vocación religiosa del carácter de testimonio profético del Reino, orientándola exclusivamente hacia funciones de animación social o incluso de compromiso directamente político. Esta tentación afecta a la eclesiología, como se expresó lúcidamente el Papa Pablo VI, el cual, hablando a la asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana sobre los problemas del sacerdocio ministerial, declaraba: “En este punto, lo que nos aflige es la suposición, más o menos difundida en ciertas mentalidades, de que se pueda prescindir de la Iglesia tal como es, de su doctrina, de su constitución, de su origen histórico, evangélico y hagiográfico, y que se pueda inventar y crear una nueva Iglesia según determinados esquemas ideológicos y sociológicos, también ellos mutables y no garantizados por exigencias eclesiales intrínsecas. Así, vemos a veces cómo los que alteran y debilitan a la Iglesia en este punto no son tanto sus enemigos de fuera, cuanto algunos de sus hijos de dentro, que pretenden ser sus libres fautores” (Pablo VI: Enseñanzas al Pueblo de Dios, II, 1970, pág. 280).

¡Cristo es la puerta de las ovejas!

¡Que todos los esfuerzos de la Iglesia —y en particular de vuestro Congreso—, que todas las oraciones de esta asamblea eucarística de hoy vuelvan a confirmar esta verdad!

¡Que le den eficacia plena! ¡Que entren a través de esta “puerta” siempre nuevas generaciones de Pastores de la Iglesia! ¡Siempre nuevas generaciones de “administradores de los misterios de Dios”! (1 Cor 4, 1). Siempre nuevas falanges de hombres y de mujeres que con toda su vida, mediante la pobreza, la castidad y la obediencia libremente aceptadas y profesadas, den testimonio del Reino, que no es de este mundo y que no pasa jamás.

Que Cristo —Puerta de las ovejas— se abra ampliamente hacia el futuro del Pueblo de Dios en toda la tierra. Y que acepte todo lo que según nuestras débiles fuerzas —pero apoyándonos en la inmensidad de su gracia— tratamos de hacer para despertar las vocaciones.

Que interceda por nosotros en estas iniciativas la humilde Sierva del Señor, María, que es el modelo más perfecto de todos los llamados; Ella que, a la llamada de lo alto, respondió: “Heme aquí, hágase en mí según tu palabra” (cf. Lc 1, 38).