SAN JOSÉ, MODELO Y CUSTODIO DE LAS VOCACIONES CONSAGRADAS

“Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (cf. Mt 9, 38; Lc 10, 2).

La oración por las vocaciones es un deber urgente, del que nadie puede sustraerse, como afirma S. Juan Pablo 1.  Y en la oración de súplica, como es esta, se debe acudir a la mediación de aquellos santos que, por el género de vida que llevaron en la tierra, más conocen la realidad que se pide y más deseo tienen de alcanzarla para nosotros 2.

Teniendo esto en cuenta, al rezar por las vocaciones, luego de la intercesión de la Santísima Virgen María, se deber recurrir a la del glorioso Patriarca San José. Los motivos son los ya nombrados: porque con su vida fue modelo acabado para los consagrados, y porque por ser el Patrono de la Iglesia Universal, es el más interesado en alcanzarnos esta gracia.

  1. SAN JOSÉ, EJEMPLO Y PATRONO DE LAS VOCACIONES

San José es modelo de todo género de vida, pero guarda una relación muy especial con las vocaciones  consagradas. No es difícil reconocer esta realidad. El ministerio para el cual fue predestinado, y cumplió tan fielmente, fue custodiar y asistir con su providencia al Verbo Encarnado, Consagrado por excelencia, y a su Madre, la Virgen de las Vírgenes. Por esta razón, él mismo consagró su vida entera a este servicio, convirtiéndose en modelo y custodio de los consagrados.

Custodio de vírgenes. San José, como rezan las letanías, es Custodio de vírgenes. “Con sobrada razón se llama «custodio de vírgenes» a aquel que, guardando perpetua castidad, tuvo encomendada la custodia de la virginidad de María. Es el primer ejemplar, después de la Reina de los ángeles, de esta virtud angélica” 3.
Destacamos los dos motivos en los que se funda este patrocinio particular de San José: 1. Es, luego de María, el modelo perfecto de esta virtud; 2. Dios le encomendó la custodia de la Santa Virgen de las Vírgenes.

Dios lo eligió y lo formo para un ministerio que exigía una pureza virginal superior a cualquier otra. Y, como Dios al encomendar una misión, da las gracias para realizarla, se concluye con total certeza que existió una acción especial de Dios, mediante gracias especiales, por la cual, San José gozó de una pureza virginal extraordinaria. Dice S. Pedro J. Eymard: “La virginidad era la condición esencial para que San José pudiese llegar a ser digno servidor de Jesús y de la Reina de las vírgenes. Él amaba esta virtud y la custodiaba con el mismo esmero con que cuida un buen siervo de conservar intacta la limpieza y conveniencia de las vestiduras con que ha de comparecer en presencia de su Señor. De manera que en ese primer convento de Nazaret había tres lirios, Jesús, María y José: ¡esto nos revela cuánto agrada a Dios la flor de la virginidad!”4

Pero no solo es modelo de esta virtud, sino que es el Custodio de la misma. Bossuet, explica que José no es solo testigo, sino depositario de la Virginidad de María, es decir, que recibe de Dios este bien, necesario al mundo para la Encarnación y Redención, como depósito que debe guardar y custodiar. “Oh, José, escribe, guardad este depósito. Guardad amorosamente este sagrado depósito de la pureza de María. Puesto que place al Padre eterno guardar la virginidad de María bajo el velo del matrimonio, ella no puede conservarse ya sin vos; y de este modo vuestra pureza se hizo en cierta medida necesaria al mundo, por la gloriosa carga que le ha sido dado guardar: la de María”5

De este modo, la virginidad de María, que la hace fecunda, porque “Dios al hacerse hombre no quiso venir a este mundo si la santa virginidad no lo atraía”6, está bajo la custodia de San José. Y de este modo, es fácil deducir, que cada virginidad, que, al entregarse totalmente a Dios, se hace fecunda espiritualmente, es un depósito de San José, que él guarda y cuida, como el administrador más fiel y prudente.

Quienes se entregan totalmente a Dios, en virginidad perpetua, deben tener constantemente ante sus ojos a María y a José. Y, deben incesantemente pedir la intercesión de San José, patrono y custodio de vírgenes, porque Dios le ha entregado a él el depósito de la virtud de la virginidad. Él la guarda, custodia y defiende.  “En nuestros inevitables combates acudamos al amparo del castísimo Patriarca: él nos asistirá en la refriega y nos obtendrá victoria”7. Debe, el religioso, imitar a María que, como dice el P. Caffarel, “se pone en las manos de Dios y en las de José. Se pone en las manos de José: él será su fuerza; ella será su paz. Él cuidará de su virginidad como de un tesoro de valor infinito que ha de hacer fructificar”8.
Modelo y patrono de los sacerdotes. San José es el modelo también, de modo especial, de los sacerdotes. Si bien, como sabemos, él no fue consagrado sacerdote ministerial, sin embargo, en su persona encontramos todas las virtudes sacerdotales vividas en plenitud.

“En el aspecto espiritual, -escribe el P. Llamera- distinguimos en el sacerdote, de un lado, su trato inmediato e íntimo con Jesús, en el ejercicio de su divino ministerio, y de otro, el conjunto de virtudes sacerdotales que deben adornarle para desempeñar, lo menos indignamente posible, sus funciones altísimas, aspirando a ser otro verdadero Cristo, sacerdote y víctima al mismo tiempo. En este aspecto es San José modelo perfecto y abogado especialísimo del sacerdote católico, y su devoción es una de las más eficaces para infundir en los jóvenes levitas el espíritu sacerdotal”9.

San José fue, luego de la Virgen, quien trató más íntimamente a Cristo. Fue el primero que lo adoró, que lo tomó en sus manos. Durante treinta años vivió solo para Cristo, para adorarlo, servirlo y custodiarlo. Fue él quien, como padre, tuvo el oficio de conducir a Cristo en los misterios de su infancia que comenzaban ya a realizar la Redención: él ofreció, en la circuncisión, las primicias de la Preciosísima Sangre, que el Redentor comenzaba a derramar para la salvación del hombre; él lo presentó en el Templo, donde fue entregado como víctima y reconocido como signo de contradicción; José cargó la Cruz de Cristo, mientras Éste era un niño, y lo ofreció para la Redención del mundo. Es fácil deducir ahora que la relación del Sacerdote con Cristo, en su vida y su oficio, encuentra un modelo perfecto en la vida íntima que vivió San José con el Salvador.

Podríamos recorrer detenidamente las virtudes de San José que iluminan la vida del sacerdote, pero ahora basta nombrarlas: la fe, el amor a Cristo y a María, el aprecio y aspiración a la vida interior, el espíritu reparador, el celo por las almas, la castidad y virginidad, la vida callada y obediente, la prudencia y fortaleza en las pruebas, etc. Dice un autor: “Como los sacerdotes ejercemos para con Jesucristo, en el sumo sacramento y sacrificio del altar, oficios semejantes a los que ejerció San José, debemos procurar que resplandezcan en nosotros la santidad, la pureza, la oración, la obediencia, la piedad y todas las demás virtudes que celebramos con gozo en el santo Patriarca”10.

Modelo de los sacerdotes del Verbo Encarnado. Más aun, de un modo especial, el Santo Patriarca es modelo y custodio de los sacerdotes y religiosos del Verbo Encarnado. Esta afirmación la fundamos en la relación de San José con el misterio de la Encarnación.

San José es padre del Verbo Encarnado de un modo singular, ya que, si bien no lo engendró, por haber sido engendrado en el seno virginal de su Esposa, naciendo como fruto verdadero y legítimo de su matrimonio, le pertenece de algún modo. Esta especial relación con el Verbo Encarnado -ser su padre virginal y haber posibilitado por ello la Encarnación del Verbo- hace que, de algún modo, aunque extrínseco (por ser padre “adoptivo” y no padre según la generación), San José se acerque de modo único, como ningún otro hombre, al plano de la union hipostática, inmensamente superior al de la naturaleza y al de la gracia11. Por eso, San Juan Crisóstomo, afirma que San José “entró en el servicio de toda la economía de la Encarnación”12. Así San José, al ser elegido por Dios como el esposo de quien sería la Madre del Verbo Encarnado, y por tanto, como padre de su Hijo hecho hombre, fue hecho partícipe en cierto modo en la constitución de la Encarnación, y de modo más claro en la conservación de la misma13.

Ahora bien, nosotros que deseamos vivir el misterio de la Encarnación, buscando ser otra Encarnación del Verbo, que tenemos como fin llevar la Encarnación a todo hombre, a todo el hombre y a todas las manifestaciones del hombre, debemos vivir este misterio en plenitud. Por esta razón, no podemos dejar de ser marianos, porque María es parte esencial del Misterio de la Encarnación; pues, tampoco podemos quitar a San José, quien fue también necesario por voluntad divina, para la realización de este misterio; de lo contrario, como dice San Agustín, nos lo reprocharía la misma Virgen, quien no quiso anteponer su propio nombre al de
su marido, sino que dijo: «Tu padre y yo, angustiados, te estábamos buscando»14.

En conclusión, a San José debemos rezarle por la santidad y perseverancia de las vocaciones consagradas; y a su intercesión debemos confiar el aumento de las mismas. Pero, además, si deseamos trabajar por las vocaciones, debemos difundir el conocimiento y devoción al santo Patriarca. Porque los jóvenes, ante el heroico ejemplo de San José, sentirán la divina atracción hacía el sacrificio total por Cristo, el amor a María, la fortaleza, la virginidad, la vida interior y el silencio, en definitiva, hacia las virtudes de la vocación consagrada.

De esto estaba muy convencido San Pedro J. Eymard, quien exhortaba a las madres: “Esta devoción a San José será particularmente benéfica y preciosa a las madres cristianas. San José es patrón de las familias cristianas: que lo sea de cada familia en particular y experimentaréis bien pronto las bendiciones de su protección y los beneficios de su patrocinio. San José es patrón de las vocaciones cristianas. ¡Ah! cuánta necesidad tenéis de su auxilio para cumplir bien vuestros deberes ¡oh madres! para encaminar la vocación de vuestros hijos; inspiradles la devoción a San José; será fuente segura de felicidad para ellos”15.

  1. SAN JOSÉ, EL PADRE DEL DUEÑO DE LA MIES

San José es el administrador fiel y prudente que Dios ha puesto al frente de su casa: de su casa en Nazaret, y de su casa que es la Iglesia. Hace 150 años el Papa Pío IX lo proclamo Patrono de la Iglesia Católica. En sus manos está la vida de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, como estuvo en otro tiempo la vida de la Persona del Verbo Encarnado. Y para la vida de la Iglesia, que se nutre de los Sacramentos, principalmente de la Eucaristía, son esencialmente necesarias las vocaciones sacerdotales y consagradas. Esto nos lleva a la evidente conclusión de que el aumento, perseverancia y santificación de las vocaciones consagradas está en las manos del Santo Patriarca José.

La tradición siempre ha reconocido a nuestro Santo, figurado por el patriarca José del Antiguo Testamento, cuya historia bien conocemos. Cuando faltó el pan en Egipto y en toda la tierra, vinieron de todos lados a pedir grano al Faraón, quien, por consejo de José, lo había almacenado. Ante este pedido, el Faraón simplemente ordenaba: “Id a José”. Hoy, la Iglesia pide a Dios ministros que repartan a las almas el Pan de la recta doctrina, y, sobre todo, el Pan de la Eucaristía, que da vida. Podemos, pues, figurarnos al Señor de todo, al Dueño de la mies, que nos dice: “Id a José”.

San José vela constantemente por el bien de la Iglesia, alcanza de Dios las gracias para ella y las administra fiel y prudentemente. Él, podríamos decir, es el primer interesado en el aumento y santidad de los sacerdotes y religiosos.
Y debemos agregar aun algo más, que no es de menor importancia, y es la poderosa intercesión de San José ante el trono de Dios. Dice el Beato Allamano que San José “tiene la llave de todos los tesoros de Jesús y de María; es el Patrón de todas las gracias”. E incluso escribe que “se podría decir de San José lo que decimos de la Virgen, que es omnipotente por voluntad de Dios”16.

San José es el padre del dueño de la mies, a quien le suplicamos que envíe operarios. Y, ante su Hijo, como dice el P. Llamera, “no ruega por nosotros de un modo deprecatorio, sino con cierta autoridad”17. Y, siendo su Hijo el más obediente, no le niega nada, porque “así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hace cuánto le pide”18. Como escribe un autor, “el poder de san José sobrepuja con mucho el poder de todos los ángeles y de todos los santos juntos, porque él es, a la vez, poderoso en el corazón de Dios y en el corazón de María” 19.

Es impensable que Cristo niegue esta inestimable gracia a su padre San José, quien intercede siempre en unión de su Esposa, con quien comparte toda la existencia, pues ya no son dos, sino uno, en virtud del matrimonio.

A él hay que rogarle que aumente las vocaciones consagradas, y así exhortaba San Juan Pablo II: “Queridos jóvenes, que veo muy numerosos, y especialmente vosotros, queridos estudiantes provenientes de diversos lugares, invocad a san José para que os ayude a corresponder cada día a los deseos del Señor”20.

A él hay que llevar a los jóvenes y niños, pues con su corazón de padre les enseñará a vivir para Cristo, a sacrificarse por Él y a ofrecerle toda su existencia.

A él hay que pedirle que santifique y otorgue la perseverancia a los sacerdotes y religiosos. Y le pedimos la gracia que imploraba una antigua oración a San Jose para antes de la celebración de la Santa Misa: “Oh Dios, que nos diste el sacerdocio real, concédenos, te suplicamos que, así como el bienaventurado José mereció tratar reverentemente con sus manos y llevar a tu unigénito Hijo, nacido de la virgen María, del mismo modo te dignes que nosotros sirvamos a tu santo altar con pureza de corazón y con inocencia de vida, para que hoy recibamos dignamente el sagrado cuerpo y la sagrada sangre de tu Hijo y merezcamos alcanzar el premio eterno de la vida inmortal. Amén”.

P. José Ramón del Corazón de Jesús Rossi, IVE

 

1 San Juan Pablo II, Mensaje para la XXIV Jornada Mundial de las Vocaciones (1987).
2 Enseña Santo Tomás (STh Supl. 72, 2) que es más eficaz la intercesión de un santo porque le rezamos con más devoción, [cosa que surge muchas veces de vernos semejantes a él], y porque Dios “concede a algunos santos más eficacia en algunas causas especiales”, según los méritos de la caridad adquiridos en la tierra, por el ministerio y oficio desempeñado. Además, porque “no falta a ningún entendimiento bienaventurado el conocer en el Verbo todas las cosas que a él mismo se refieren” (STh 3, Q.10, a.2).
3 P. Bonifacio Llamera, Teología de San José, Madrid 1953, p.326.
4 S. Pedro J. Eymard, Mes de San José, día 20.

5 Bossuet, Primer sermón sobre San José, punto 1.
6 Idem.
7 Idem.
8 Henri Caffarel, No temas recibir a María tu esposa, Madrid 1993, p.165.
9 P. Bonifacio Llamera, Idem, p.327.

10 Cardenal Herrera, citado en P. Bonifacio Llamera, Idem, p.328.
11 Esta cercanía con el Verbo Encarnado le da de hecho una dignidad superior, a punto que mereció que el mismo Hijo de Dios lo
llamase Padre en esta tierra. Pero no lo coloca en el orden hipostático, como sí en cambio está María Santísima al ser verdadera
Madre del Verbo de Dios, pues Ella sí lo generó según su naturaleza humana.
12 San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo 5, 3, Madrid 2007, p.93.
13 P. Bonifacio Llamera, Idem, 128-129. “…la maternidad y virginidad de María dependieron del consentimiento de San José. Y, por lo tanto, también la Encarnación. José es el esposo de María no sólo en cuanto ésta es madre de Dios, sino para que pueda ser la madre de Dios. María es virgen y madre con el consentimiento y por el consentimiento de San José. «Por José, María es cual Dios la quiere, para hacerla madre suya. Debemos decir, por tanto, que el consentimiento de José ha influido de un modo extrínseco, pero necesario en la actuación de la unión hipostática. Ha puesto la condición exigida para que María sea hecha Madre de Dios»” (p.137).

14 Lc 2,48. San Agustín, Sermón 51, 30.
15 San Pedro J. Eymard, Mes de San Jose, Día 31.

16 Beato José Allamano, La Vida Espiritual.
17 B. Llamera, o.c., p.314.
18 Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, c.6.
19 P. José María Vilaseca, Fundador de los Institutos de Misioneros josefinos. Citado por Ángel Peña en San José, el más Santo de los santos.
20 San Juan Pablo II, Audiencia general 19/03/2003.

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