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Nuestra pequeña familia

En la Iglesia somos todos familia. Hijos de un mismo Padre, creados según Su imagen y semejanza, hermanos en Cristo, unidos por la gracia, miembros de un mismo Cuerpo. Cuando un miembro sufre, su dolor alcanza de algún modo a todo el Cuerpo. Cuando un miembro vive en pecado, afecta a los demás, al igual que el crecimiento en la gracia y la santidad contribuye al bien de toda la Iglesia. San Juan Pablo II vivió este misterio de la unidad entre los miembros del Cuerpo Místico de la Iglesia de manera muy profunda. Decía que “al añadir el adjetivo místico al Cuerpo de Cristo, se quiere subrayar, sin poner en duda su visibilidad, la dimensión espiritual e invisible de la Iglesia. Se indica que bajo una forma de una comunidad humana, se oculta una realidad divina que no se puede captar mediante una experiencia sensible sino sólo por la fe.” El mismo había hecho profunda experiencia de la solidaridad que hay entre los miembros del Cuerpo Místico de la Iglesia, según lo enseñado por San Pablo: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia. (Col. 1, 24) El Papa Santo subraya que “parece que forma parte de la esencia misma del sufrimiento redentor de Cristo el hecho de que haya de ser completado sin cesar.” Y lo explica: “Cristo salva por medio de la muerte de su cuerpo de carne; el hombre es salvado y ayuda a salvar con las tribulaciones de Cristo, el cual ofrece a cada uno el don de sufrir como Él con Él, a fin de seguir salvando en Él, también mediante el sufrimiento de su propia carne. Los sufrimientos del cristiano, vividos juntamente con las tribulaciones de Cristo, permiten donar los beneficios de Cristo a su Cuerpo Místico. Cristo sigue salvando al mundo mediante los sufrimientos de sus miembros. Estos completan así, por vocación recibida del Señor, las tribulaciones de Cristo.” San Juan Pablo II atribuyó su vocación y los frutos de su ministerio sacerdotal al sufrimiento salvífico de otras personas: “Mi sacerdocio, ya desde su nacimiento, ha estado inscrito en el gran sacrificio de tantos hombres y mujeres de mi generación. La Providencia me ha ahorrado las experiencias más penosas, por eso, es aún más grande mi sentimiento de deuda hacia las personas conocidas, así como también hacia aquellas más numerosas que desconozco, sin diferencia de nación o de lengua, que con su sacrificio sobre el gran altar de la historia han contribuido a la realización de mi vocación sacerdotal. De algún modo, me han introducido en este camino mostrándome en la dimensión del sacrificio la verdad más profunda y esencial del sacerdocio de Cristo.”[1]

El día 15 de septiembre de 2023 tuve la enorme gracia de encontrarme personalmente con una de estas personas de quien dice Juan Pablo II que sus sufrimientos le han ahorrado las experiencias más penosas. Wanda Poltavska, describe sus terribles sufrimientos pasados el campo de concentración Ravensbrück en su libro “Y tuve miedo de mis sueños”. Ella fue sometida a dolorosos y deformantes experimentos médicos y toda otra clase de sufrimientos, que finalmente supo unir a los padecimientos de Cristo. Ella recurrió al joven sacerdote Karol Wojtila en búsqueda de respuestas después de las experiencias traumáticas vividas y así nació una profundad hermandad entre ellos, según podemos leer en otro libro de su mano llamado “Diario de una amistad”. En mi paso por Cracovia, habiendo obtenido su dirección, me atreví a tocar el timbre que decía “Poltavska” y me fue abierto. Durante dos horas pude estar con Wanda, quien a pesar de sus 102 años de edad y debilidad física, me dio una magistral lección de vida espiritual que nunca me olvidaré. Quisiera compartir aquí algunos pensamientos que ella me transmitió, y que considero son una herencia más de San Juan Pablo II. Espero que estos apuntes puedan animar a todas las personas que han asumido la responsabilidad mensual de rezar durante las 40 horas para el aumento y la perseverancia de las vocaciones sacerdotales y religiosas para la Iglesia, ya que me reconozco deudora de estas sus oraciones y quisiera así agradecerles por su intercesión ante Dios Padre, consciente de que lo que ofrecen es poderoso y muy necesario.

Wanda me contó que hacía poco había venido una mujer para hablar con ella y le había pedido oraciones para que ella sea santa. Con un poco de chispa me decía: “Le dije que no podía hacer esto. ¡Nadie puede ser santo en tu nombre! Esta es tu propia responsabilidad.” Como excelente pedagoga que fue a lo largo de toda su vida, logró en mi la “captatio”, para entrar luego en el tema que le interesaba. Explicó que tenemos que tomar conciencia de que cada persona humana ha sido dotada de libre voluntad y que por lo tanto tiene que asumir su propia responsabilidad para ganar méritos. Dios no nos creó santos, sino que nos da la posibilidad, y hasta nos exige ser santos. Mañana más que hoy. “Persona humana infieri est”, me remarcó – se está haciendo. La persona humana fue creada por Dios, pero aún no está lista para ir al cielo. Por esto, cada día tiene que nacer de nuevo del Espíritu Santo. La oración es la cosa más necesaria. No pidiendo esto o aquel otro, porque finalmente Dios sabe mejor que es lo que nos hace falta. El Papa aconsejaba siempre que es mejor pedir los siete dones del Espíritu Santo, para estar preparados para lo que viene. ¡Tenemos que ir conscientemente al cielo! 

Trajo a la memoria que el Papa rezaba todos los días una oración que le había enseñado su papá cuando era adolescente. (adjunto la oración a esta reflexión). Wanda agregó que a él le marcó mucho ver cómo rezaba su papá. Lo observó incluso de noche, rezando de rodillas el rosario delante de un crucifijo. Tenían una amistad con su papá y más solía hablar el Papa de esta relación, que de la relación con su mamá, simplemente porque su madre falleció cuando sólo tenía 8 años.

Wanda me insistió mucho en el tomar conciencia de que tenemos la gran responsabilidad de enseñar al hombre quién es, que tiene alma, que la vida es un camino al cielo. La persona humana está en esta tierra para ir al cielo, repetía con fuerza. Sin embargo, muchas veces falta la sabiduría de Dios. El hombre recibió tres grandes regalos de Dios: su celebro, su voluntad libre y su consciencia, que debe ser bien formada. Para esto el conocimiento de la etica divina es clave, para que el corazón esté sin pecado. Todo lo creado por Dios es santo. Tenemos que abrir los ojos del alma, porque ven diversamente que los ojos del cuerpo. Hoy en día, todos tienes la tendencia de criticar a todo y a todos, pero tenemos que estar atentos de no vivir de la sensibilidad sino de la razón. ¡Tenemos que buscar el método más eficaz para vivir! Todos tenemos cosas que van en contra de la santidad. El diablo nos molesta, por esto tenemos que confesarnos. Tenemos que renovarnos siempre. El único que puede ayudarnos para lograr esto es el Espíritu Santo. Tienes responsabilidad, hacia ti mismo y hacia las personas a quienes has dado la palabra como cristiana, y como persona consagrada. Nunca te olvides que son importantes los dones del Espíritu Santo y que tienes que buscar Sus frutos. Es esto lo principal que tienes que pedir en la oración. Cuando reces, agradece a Dios por todo lo que te ha dado y pide los dones del Espíritu Santo, sobre todo el don de la sabiduría que tanto necesitamos para saber lo que tenemos que hacer a cada momento.

Queridos adoradores, espero que esta breve reflexión a raíz de una conversación con la amiga de un santo, pueda inspirarlos a seguir rezando. Pidan para nosotros consagrados la particular asistencia del Espíritu Santo, como también la docilidad a Sus inspiraciones, porque necesitamos mucho de los dones divinos para perseverar en el bien y poder alcanzar la santidad. Dios ha de querer que sepamos asumir nuestras responsabilidades, porque como decía Wanda ¡Tenemos que ir conscientemente al cielo! Pidan para que sepamos abrazar a cada momento con generosidad la voluntad de Dios, para que muchos más hombres puedan conocer el camino al cielo.

Que Dios les recompense por sus oraciones y sacrificios ofrecidos que son el gran sostén del Cuerpo Místico de la Iglesia.

 

Maria de Anima Christi van Eijk

22 octubre 2023, Memoría de San Juan Pablo Magno

Misionera en Khabarovsk, el Lejano Oriente de Rusia

 

[1] Las citas de este primer párrafo han sido tomados de un articulo del Card. Saraiva Martins, “El Evangelio del Sufrimiento”.