Nuestra época ¿es ‘la época de los laicos’ o la de más santos sacerdotes?

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Somos conscientes que la vocación sacerdotal y religiosa no es obra de nuestras manos, sino un don de Dios. Y como don que es, se lo debe pedir, y convenientemente agradecer.
Nuestro Señor fue muy claro al enseñarnos qué debemos hacer para tener pastores: suplicar al Dueño que envíe operarios a su mies. Que envíe sacerdotes a guiar, educar, y santificar las almas.
Se ha dicho y aún hoy se repite que es tiempo de los laicos en la Iglesia. También, y unido a esto, se constata que hay una disminución muy grande de vocaciones. Por eso, muchos proponen, y propugnan, que los laicos deben tomar ese lugar.
Es muy cierto que los laicos deben tomar más protagonismo. Los laicos están llamados a desempeñar su misión dentro de la Iglesia. Es una exigencia del bautismo. Por ser bautizados todos estamos llamados a trabajar por el Reino de Dios, por el reinado de Dios en las almas. El problema es cuando se quieren oponer dialécticamente laicado y sacerdocio. Y lamentablemente esta visión dialéctica y destructiva es la que reina en muchos ambientes de nuestra época.
El cardenal Marcelo Gonzalez Martín (1918-2004), cardenal primado de España, en época de gran confusión, supo ver y defender que la anhelada renovación eclesiástica y social no podía venir sino del trabajo serio por y con las vocaciones, sobre todo en el discernimiento y formación de ellas.
En uno de sus escritos claramente expresa: «[…] Ni el seglar suple al sacerdote, ni el sacerdote tiene por qué asumir tareas que corresponden al seglar. Este, para cumplir su misión, necesita de las fuerzas santificadoras de la Iglesia, gran parte de las cuales sólo a través del sacerdote llega hasta él. La fuente y la cumbre de toda evangelización está en la Eucaristía, y únicamente el sacerdote es el ministro que la realiza en cuanto tiene de sacrifico y de sacramento» .
El sacerdote tiene la misión de perpetuar y transmitir a la humanidad la redención salvífica obrada por Cristo. El sacerdote contribuye a despertar y mantener la vida cristiana.
Los hechos históricos de estos últimos decenios nos muestran cuán importante y necesario es el sacerdocio católico. Y no sólo el sacerdocio sino la santidad de los sacerdotes. Una sociedad sin sacerdotes es una sociedad sin alma cristiana, pues carece de la presencia Eucarística, de los medios privilegiados para la gracia divina, para ese auxilio divino sin el cual nada podemos hacer: “sin mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).
«En suma, pienso que donde haya sacerdotes que cumplan bien con su misión habrá un laicado floreciente, y sin sacerdotes, de ley ordinaria, no lo habrá. De hecho, en los movimientos de apostolado laical de nuestro tiempo, encontramos siempre junto a los cuadros de dirigentes seglares que hicieron florecer diversas obras, sacerdotes […] que trabajaron abnegadamente» . Viene a nuestra memoria un claro ejemplo de esto en Argentina: dos grandes laicos, Carlos Sacheri y Jordan Bruno Genta, ambos fueron fruto de una misma vid, el Padre Julio Meinvielle.
Son necesarios más y mejores sacerdotes para que haya más y mejores laicos, para que nuestra cultura sea renovada, para que nuestra sociedad progrese, para que se instaure el Reino de Dios.
Irónicamente decía el P. Leonardo Castellani: «En realidad en la Argentina faltan unos doscientos cincuenta sacerdotes, pero sobran unos quinientos…» . En nuestras manos está el poder suplicar ardientemente a Nuestro Señor que envíe santos operarios a su mies. Operarios que cumplan celosamente su triple misión de guiar, formar y santificar. Sólo así los laicos podrán tomar mayor protagonismo, guiados con la Palabra y fortificados con los sacramentos.
«Ante el fenómeno del bajo número de los que se consagran al sacerdocio y a la vida religiosa, no podemos permanecer pasivos, sin hacer nada de cuanto esté en nuestras posibilidades. Ante todo podemos hacer mucho con la oración. El mismo Señor nos recomienda: “Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (cf. Mt 9, 38; Lc 10, 2).
La oración por las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada es un deber de todos y un deber de siempre» .
NO DEJEN NUNCA DE JUNTAR SUS MANOS IMPLORANDO POR NOSOTROS. Card. Marcelo González Martín, Exhortación pastoral Un seminario nuevo y libre, Toledo 1973.
Idem.
El Evangelio de Jesucristo, Buenos Aires 1976, 273-4.
San Juan Pablo Magno, mensaje para la XXIV jornada mundial de oración por las vocaciones, 11/02/1987.
DEL PADRE MARCOS CODUTI

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