Mensaje del Padre Sylvester, IVE, a las mamás

Queridas IVE-Mamás:
Vayan estas líneas como un humildísimo agradecimiento e incentivo, a la vez, para todas las que rezan las 40 horas.
Las llamé “mamás” en el encabezado, no por pura formalidad, sino porque verdaderamente lo son para todos nosotros. Pero mucho más para un sacerdote que ya no tiene la suya aquí en la tierra… ¿Qué les diré? Perder la madre es para cualquiera un dolor muy grande, pero en el caso de un sacerdote, ese dolor toma unas dimensiones especiales… ¿Cómo explicarlo…? El corazón de la madre es para el sacerdote-hijo uno de los pocos refugios seguros en medio de este mundo borrascoso. O, como me lo dijo sabiamente un sacerdote amigo cuando yo perdí la mía, “la madre es el único amor de mujer que puede caber en el corazón de un sacerdote… Ahora que no la tenés, has de estar muy atento a que no se te derrame el corazón”.
Pero, por gracia de Dios, en nuestra Familia Religiosa tenemos un tesoro: ¿qué mayor consuelo para un sacerdote que saber que tiene tras de sí un ejército de mamás? ¡Qué grande y bueno es nuestro Dios! Nos quita una y nos devuelve mil…
En muchas ocasiones, especialmente durante la Misa, me ha venido el pensamiento del milagro continuo que es la perseverancia en la vocación; pero inmediatamente viene también, una fugaz imagen de la inmensa muchedumbre de almas generosas a cuyas oraciones y sacrificios debemos dicha perseverancia. ¡Cuánto les debemos!

Y en esto que ustedes hacen, rezar por el aumento y la perseverancia y santificación de las vocaciones consagradas, hay un aspecto muy especial que a veces no es tenido muy en cuenta. A ver si me explico. Rezar es dirigirse a Dios para suplicarle, agradecerle y hablarle como “un amigo habla a otro amigo”…; pero es también un gesto. O mejor dicho, la oración está envuelta y viene precedida por un montón de gestos o actitudes que son fecundísimos, y que ustedes deben procurar que sean fecundísimos para todos los que las rodean.
El valor de la oración, lo conocemos de sobra: Dios ha querido ligar la salvación de muchísimas personas a las oraciones y súplicas de almas generosas que intercedan por ellas. Pero ustedes no descuiden el valor del gesto. Sí, no dejen de prestarle mucha atención al gesto, o a los gestos que envuelven la oración. Son muchos pequeños-grandes detalles que pueden transformar las almas del entorno en el que vivimos… Y esto me lo enseñó mi madre… con sus gestos…
Sobre todo durante los últimos años de su vida, la Santa Misa se había convertido para ella en el alimento esencial, y me lo había dicho de palabra alguna vez, pero muchas más veces me lo había dicho con sus gestos: la preparación la noche anterior, el organizar todo su tiempo y sus miles de cosas que tenía que hacer de modo que pudiera, sin embargo, participar temprano de la Misa en la iglesia de las Carmelitas, el poner temprano el despertador aunque fuera ya muy entrada la noche, la genuflexión devotísima al entrar a la iglesia, el corazón cargadísimo de intenciones especiales para suplicar en el Santo Sacrificio, y dones que agradecer, la acción de gracias después de la Comunión, etc. etc…
Ténganlo muy en cuenta. Hacen una obra grande y hermosa rezando y ofreciendo por nosotros. Pero esa misma obra, esa misma oración, si además va acompañada por la grandeza de los gestos que ven los que están a mi alrededor, será más fecunda aún, porque transformará también a los de cerca, a los de casa, y todos sabrán que hay algo grande e importante en la vida de la Iglesia que no podemos descuidar, y que son las vocaciones consagradas, por las cuales vale la pena sacrificar muchas cosas. Y Dios las bendecirá también con vocaciones entre sus hijos, conocidos, parientes…, o florecerán en algún lugar del mundo donde más se necesiten. Y el recuerdo de sus gestos y de su ejemplo durará para siempre y muchos se beneficiarán de ellos aún en su ausencia…
¡Muchísimas gracias por sus oraciones y por su ejemplo! Comprometiéndome a tenerlas muy presentes en la celebración de la Santa Misa, con gran afecto,
P. José A. Sylvester, IVE

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