La unión indisoluble de los Sagrados Corazones con cada una de las mujeres

El gran Papa San Juan Pablo II, en una Carta que dirigió a las mujeres en el año 1995, decía que la Iglesia tiene un mensaje de permanente actualidad respecto “al tema de la liberación de la mujer de toda forma de abuso y de dominio”. Este mensaje de la Iglesia sobre la mujer no viene traído, ciertamente, por el viento de las modas de pensamiento, ni tiene olores a ideología y dialéctica falsa, sino que goza de una novedad perenne, ya que “brota de la actitud misma de Cristo”. Y el Papa lo explicaba de esta manera: “El [Nuestro Señor Jesucristo], superando las normas vigentes en la cultura de su tiempo, tuvo en relación con las mujeres una actitud de apertura, de respeto, de acogida y de ternura. De este modo honraba en la mujer la dignidad que tiene desde siempre, en el proyecto y en el amor de Dios” (Carta a las mujeres, n. 3).

Hoy, en nuestra época, asistimos a un triste espectáculo de victimización de la mujer y de banalización de su vocación más trascendente, que es la de la fecunda maternidad en todos sus órdenes. Y por eso hoy, más que nunca, es bueno recordar que toda mujer (como todo hombre) sólo puede comprenderse a la luz del misterio del Verbo Encarnado (cf. GS, 22). Y particularmente podemos decir que toda mujer encuentra su propio lugar en el Corazón de Cristo, que es la fuente de la fecundidad de la misión del Verbo en el mundo. En efecto, el Corazón traspasado de Jesús –enseña Pío XII– es la “señal y símbolo más viviente” del amor divino y humano de nuestro Redentor (cf. Haurietis aquas, 2). Y el amor de Cristo es la fuente y raíz de todos los demás amores, pues son tales y mayores cuanto más se fundan en él, al tiempo que lo manifiestan. La vocación de la mujer es el amor; y, quizás más propiamente, esa manifestación del amor, sobre todo en sus frutos naturales y sobrenaturales. Juan Pablo II decía en la Carta Mulieris dignitatem (1988): “Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su vez, el paradigma bíblico de la ‘mujer’ parece desvelar también cuál es el verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. Se trata aquí de la vocación en su significado fundamental –podríamos decir universal–, que se concreta y se expresa después en las múltiples ‘vocaciones’ de la mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo” (n. 30).

Puede que de aquí provenga esa especial relación de Cristo con cada mujer: del hecho que ellas están llamadas a mostrar la fecundidad de su Misterio. “Cristo habla con las mujeres acerca de las cosas de Dios y ellas le comprenden; se trata de una auténtica sintonía de mente y de corazón, una respuesta de fe. Jesús manifiesta aprecio por dicha respuesta, tan ‘femenina’, y –como en el caso de la mujer cananea (cf. Mt 15, 28)– también admiración. A veces propone como ejemplo esta fe viva impregnada de amor; él enseña, por tanto, tomando pie de esta respuesta femenina de la mente y del corazón” (Mulieris dignitatem, 15).

Y puede que también por ello, y porque Cristo se complace en que su Fuerza se muestre en la flaqueza (cf. 2 Cor 12, 9), es que Él haya elegido como consuelo de su Corazón en el momento de mayor desamparo de su vida, el corazón de su Madre y de otras mujeres: “en el momento de la prueba definitiva y decisiva para toda la misión mesiánica de Jesús de Nazaret, a los pies de la Cruz estaban en primer lugar las mujeres. De los apóstoles sólo Juan permaneció fiel; las mujeres eran muchas” (Mulieris dignitatem, 15). “Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25), y también «había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle» (Mt 27, 55). Y, a mi entender, es aquí, en la cima del Calvario, donde se revela no solamente todo el misterio del amor del Corazón de Jesús, traspasado y abandonado por nosotros; sino también todo el misterio de la vocación al amor de la mujer, cuyo modelo supremo es la Virgen María, que entonces recibe la custodia de todos los hombres, como hijos suyos y posesión suya. Esa “custodia” se pasa desde María a todas las mujeres, como parte integrante de su misión en el mundo. Así lo dice San Juan Pablo II: “La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano. Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer –sobre todo en razón de su femineidad– y ello decide principalmente su vocación” (Mulieris dignitatem, 30). Es una vocación, por tanto, que se participa de la fuerza de la Cruz, por medio del ministerio de la Virgen Madre, y que se efectúa por la cruz y para la cruz. Y en ella estriba la unión indisoluble del Corazón de Jesús con cada una de las mujeres.

Santa Teresa la Grande le decía a Jesucristo: “Ni aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima Madre, en cuyos méritos merecemos” (Camino de perfección, 4, 1). El corazón de la mujer, en el Corazón Inmaculado de la Virgen María, atrae de manera irresistible el Corazón amante de Jesús. Y, en la medida de la fidelidad de cada una, se establece una reciprocidad de amor que tiene que ser capaz de obtener de Cristo las gracias más grandes que se puedan pedir: las conversiones de todos los pecadores; el aumento incesante de las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras; la santidad de todos los miembros de la Iglesia; la conversión de todos los pueblos de la tierra; el Reinado de nuestro Señor en la sociedad y en todos los corazones.

Por eso es preciso tomar conciencia de esa vocación, y encontrarla en su sitio natural, de donde nace y crece, que es el Corazón de Jesús y el Corazón de su Madre. Porque sin los Santos Corazones, la mujer es débil, su vocación sublime degenera en una fuente de frivolidades y corrupciones; pero encumbrada en ellos en la cima del Monte Calvario, la mujer se hace fuerte y fecunda, con la fuerza y la fecundidad de la Cruz: en “la prueba más dura de la fe y de la fidelidad las mujeres se mostraron más fuertes que los apóstoles; en los momentos de peligro aquellas que ‘aman mucho’ logran vencer el miedo” (Mulieris dignitatem, 15).

Que Cristo alcance de su Corazón a todas las mujeres que rezan por los sacerdotes y los religiosos, y por el aumento de las vocaciones, la confianza ilimitada de los locamente enamorados, para pedirle sin ningún miedo, y para desear con grandeza, porque así obtendrán también con grandeza; y comenzará “su Divina Majestad a mostrar sus grandezas a estas mujercitas flacas, aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado, que debe ser lo que más junta el alma con su Criador” (Santa Teresa de Jesús, Fundaciones, 4, 5).

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