La fuerza de las madres

A unos veinte minutos de caminata desde nuestro Monasterio «Beato Charles de Foucauld», en La Marsa (Túnez), se encuentran las ruinas de la Basílica de «Saint Cyprien au-bord-de-la-mer», antiguo templo católico, cercano al puerto, en el que se cree que se veneraron las reliquias del gran obispo mártir de Cartago, san Cipriano.

Esta basílica la conoció san Agustín, que la menciona en sus Confesiones. En el libro V, capítulo 8, cuenta cómo llevó a cabo su deseo de marchar de Cartago a Roma. Iba él movido por humanas pretensiones, pero Dios nuestro Señor utilizaría ese empeño para ordenar los acontecimientos de su conversión, suceso de trascendencia inmensa para la historia de la Iglesia. Así narra la realidad de aquella marcha: «… el verdadero porqué de salir yo de aquí e irme allí sólo tú lo sabías, oh Dios, sin indicármelo a mí ni a mi madre, que lloró atrozmente mi partida y me siguió hasta el mar. Mas hube de engañarla, porque me retenía por fuerza, obligándome o a desistir de mi propósito o a llevarla conmigo, por lo que fingí tener que despedir a un amigo al que no quería abandonar hasta que, soplando el viento, se hiciese a la vela. Así engañé a mi madre, ¡y a qué madre!, y me escapé, y tú perdonaste este mi pecado misericordiosamente, guardándome, lleno de execrables inmundicias, de las aguas del mar para llegar a las aguas de tu gracia, con las cuales lavado, se secasen los ríos de los ojos de mi madre, con los que ante ti regaba por mí todos los días la tierra que caía bajo su rostro. Sin embargo, como rehusase volver sin mí, apenas pude persuadirla a que permaneciera aquella noche en un lugar próximo a nuestra nave, la Memoria de San Cipriano [es decir, el lugar o templo de la tumba del santo]. Mas aquella misma noche me partí a hurtadillas sin ella, dejándola orando y llorando. ¿Y qué era lo que te pedía, Dios mío, con tantas lágrimas, sino que no me dejases navegar? Pero tú, mirando las cosas desde un punto más alto y escuchando en el fondo su deseo, no cuidaste de lo que entonces te pedía, para hacerme tal como siempre te pedía».

Justamente hoy la Iglesia celebra la memoria de esa santa madre, Mónica de Tagaste, que rezaba y lloraba por su hijo, no un día, sino «todos los días», y «siempre»; y no con meras palabras o argumentos mundanos, que no alcanzan a tocar la fibra de Dios ni conmueven sus entrañas de misericordia, sino con «ríos» de lágrimas. Sabida es, de hecho, la respuesta que le dio a ella un obispo, al que le pedía que discutiese sobre el maniqueísmo con su joven hijo Agustín: «Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas». Sobre lo que el propio Agustín añade: «Respuesta que ella recibió, según me recordaba muchas veces en sus coloquios conmigo, como venida del cielo» (Confesiones, libro III, capítulo 12).

El solar que se ve hoy en el sitio de la antigua Basílica, la Memoria de san Cipriano, abierto desde un acantilado hacia las aguas del mar Mediterráneo, es un recuerdo constante a todo peregrino del poder colosal que tiene ante Dios la intercesión de una madre enamorada. La mediación de Mónica, que pasó esa noche y mil noches «orando y llorando» en favor de su hijo Agustín, es modélica, porque todas sus condiciones son fruto del amor más verdadero, que es el del corazón maternal: amor a Dios, de quien procede toda fecundidad; y amor a los hijos, de quienes las madres, como señala santo Tomás, son las mayores amantes, a causa principalmente del trabajo con que los engendran (S. Th., II-II, 26, 10), en el cuerpo y en el alma.

San Claudio La Colombière pone de relieve, en primer lugar, la perseverancia de esa madre. Y es que, en efecto, es ése el primer fruto del amor verdadero, que no ceja hasta conseguir el bien de quien ama: «Si después de un año o dos de oraciones, esta piadosa madre se hubiera desanimado, si después de diez o doce años, viendo que el mal crecía cada día, que este hijo desgraciado se comprometía cada día en nuevos errores, en nuevos excesos, que a la impureza había añadido la avaricia y la ambición; si lo hubiera abandonado todo entonces por desesperación… ¡Qué agravio no hubiera hecho a su hijo! ¡De qué consolación no se hubiera privado ella misma! ¡De qué tesoro no hubiera frustrado a su siglo y a todos los siglos venideros!» (Claudio La Colombière, El abandono confiado a la divina Providencia).

Esta perseverancia es, en el corazón auténticamente materno, como una suerte de «confianza obstinada», según la llama el propio La Colombière. Incluso desde un punto de vista natural, o humano, las madres son inoportunas e insistentes, porque no escatiman recursos a la hora de obtener el bien de los hijos que aman. Son como aquella viuda del Evangelio a la que un juez inicuo hace justicia sólo para que deje de importunarle (cf. Lc 18, 1-8). Porque no se trata solamente de pedir siempre, sino de pedir y merecer lo que se pide por todos los medios. En el orden sobrenatural, el medio del merecimiento es el amor sacrificado, tal y como lo muestran Jesucristo y la Virgen Santísima en la cima del Calvario. Eso son los «ríos» de lágrimas de santa Mónica. Significan que su pedido se funda en la cruz, y que ella sabe sufrir para alcanzar lo que pide.

Y quiero remarcar no solamente el tiempo indefinido de la oración de santa Mónica y sus lágrimas incesantes, sino también la rectitud de su plegaria, lo cual es quizás el signo más hondo del amor auténtico. Porque ella pedía a Dios que no deje irse solo a su hijo, pero el «fondo de su deseo», como el mismo san Agustín le reconoce a Dios, era su conversión: «Pero tú, mirando las cosas desde un punto más alto y escuchando en el fondo su deseo, no cuidaste de lo que entonces te pedía, para hacerme tal como siempre te pedía». Todos los pedidos particulares que hacía por el bien de su hijo, se ordenaban a su bien primero: el conocimiento y el amor de Dios. Esto era lo que «siempre pedía», y lo obtuvo porque jamás desconfió de alcanzarlo. El amor a los hijos, cuando es real, se funda en el amor a Dios, y el amor a Dios es ilimitadamente confiado. Dice santo Tomás, en el Comentario al Padre nuestro, que entre las cosas necesarias a quien reza, no hay ninguna que valga más que la confianza. La confianza nos hace expresar lo que el amor más íntimamente desea: el cielo para el amado. Todo lo pide la oración confiada en orden a ese bien. Todo lo sacrifica el amor entregado en pos de su realización.

Santa Mónica temía sufrir la lejanía física de su hijo, como sucede a tantas madres, y como sucedió a María Santísima. Pero sabía que, a ejemplo de la Virgen, esa lejanía es llevadera, y hasta fructuosa, si se vive por Dios y para Dios. Una vez, el 21 de marzo de 1917, le dijo Nuestro Señor Jesucristo a la beata Concepción Cabrera, madre de nueve hijos y viuda, en una revelación: «Cada vez que María, mi Santísima Madre, sentía el dolor de mi ausencia bajo cualquier forma, inmediatamente lo ofrecía al Padre para la salvación del mundo y de la Iglesia naciente. Este apostolado del dolor en Ella, en el tiempo de su soledad, fue el más fecundo e hizo descender del cielo una lluvia de gracias. Del mismo modo tú: has comenzado una nueva etapa de tu vida, que será un reflejo de la de María. Tienes que imitarla sin dejar que se pierda sufrimiento alguno, que unido al suyo y al mío adquirirá valor. De este modo haces sobrenatural todos tus dolores de la soledad para obtenerles fecundidad en favor de tus otros hijos tuyos».

Pero más temía Mónica, seguramente, otra lejanía. La lejanía espiritual, la perdición de los hijos, es, en efecto, todavía más internamente dolorosa que la lejanía física, pero a su vez puede despertar las más hondas finezas de la ternura de una madre. Y además le da a su misión un carácter de universalidad. La oración por el hijo que tiene que convertirse involucra la vida entera, y alcanza a todos los pecadores, que son nuevos hijos. Por eso la oración ha de hacerse siempre desde un amor más puro y más confiado, porque no cualquier amor puede adueñarse de los tesoros del corazón de un Dios celoso como el nuestro. En una obra de teatro llamada Huida a Egipto, santa Teresa del Niño Jesús pone en boca de la Virgen María estas palabras, dichas a Susana, madre de un todavía niño Dimas, futuro «buen ladrón»: «Tenga confianza en la misericordia infinita del Buen Dios; ella es suficientemente grande para borrar los más grandes crímenes cuando encuentra un corazón de madre que pone en ella toda su confianza».

La perseverancia incansable, la insistencia a tiempo y a destiempo, el denuedo sacrificial y los mil requiebros con que una madre sabrá adornar sus ruegos, tienen que ser al corazón de Dios lo que los malones indígenas eran a los fortines de la pampa argentina: han de desgoznarle las puertas, han de saltearle todos las empalizadas, han de llegar hasta su centro más vital y han de robarle todo lo que de preciado pueda allí encontrarse. Porque no hay como un verdadero pecho de madre para «robarle» gracias a Dios. Y es que Él, que de hecho nos ama como una madre y más que una madre (cf. Is 49, 15), se deja saquear por el amor humilde: «Porque Dios es de manera que, si le llevan por bien y a su condición, harán de él cuanto quisieren» (San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, libro III, c. 44, 3).

Por eso digo que no hay intercesoras como las madres, que pueden obtener lo que se propongan. No por nada nuestra principal intercesora ante el Trono de Dios es justamente nuestra Madre. Y esto nace del amor. Porque, como muy bien dice santo Tomás, las madres son las que más aman, y aman máximamente, porque no miran en ser amadas sino solamente en amar (S. Th., II-II, 27, 1). Nace del amor desinteresado, del amor crucificado, del amor verdadero. Por eso es menester que las madres que piden se esfuercen en dejarse ganar por el amor de Dios, para que ellas mismas amen de veras. Es preciso que se dejen traspasar de Dios en su entrega cotidiana, para poder como desfondarse en su intercesión, para robarle a Él las gracias que su Voluntad quiere dar al mundo y que cada alma necesita.

Y esto se aplica a toda mujer, porque cada mujer tiene vocación de madre, y cada madre es madre del mundo entero, y de todos los hombres. Así lo entendía muy bien la misma santa Teresa de Lisieux, cuando escribía: «Las almas sencillas no necesitan usar medios complicados. Y como yo soy una de ellas, una mañana, durante la acción de gracias, Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo comprender estas palabras del Cantar de los Cantares: “Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes”. ¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, “Atráeme”, basta. Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas que ama se ven arrastradas tras de ella. Y eso se hace sin tensiones, sin esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti. Como un torrente que se lanza impetuosamente hacia el océano arrastrando tras de sí todo lo que encuentra a su paso, así, Jesús mío, el alma que se hunde en el océano sin riberas de tu amor atrae tras de sí todos los tesoros que posee…» (Historia de un alma, cap. XI).

Que Dios conceda la gracia de estas disposiciones a todas las mujeres que rezan por las vocaciones y por la conversión del mundo entero.

 

Juan Manuel del Corazón de Jesús Rossi

27 de agosto de 2020

Cartago, Túnez

2 comentarios

  1. Preciosísima reflexión Padre!!!! Muchísimas gracias!!!
    Cuánta fuerza nos transmite, a nosotras, especialmente madres, preocupadas por la salvación del alma de nuestros hijos!!! Muchas gracias Padre!!!

  2. Muchas gracias Padre!!!!
    Que el señor y nuestra Santa Madre lo bendigan!!!!!

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