La confianza de las madres en su oración – P. Juan Manuel Rossi, IVE

Entre las «muchas veces y muchas maneras» (cf. Heb 1, 1) en que Dios ha hablado al hombre en el Antiguo Testamento, uno de los pasajes más «dignos de memoria» (cf. 2Mac 7, 1), fijado casi sin tiempo en el corazón de muchísimos cristianos, es aquel de los siete hermanos que fueron llevados al martirio en compañía de su madre por el odio del rey Antíoco a las tradiciones santas de los judíos. Dice el autor sagrado que «todos estos hermanos, y su madre, se alentaban entre sí a morir valientemente» (2Mac 7, 5).
El hecho de que sean siete hermanos de sangre los que hayan dado la vida por su conformación vital a la verdad de Dios, uno tras otro, le da al relato un tono de épica religiosa que enfervoriza a cualquier lector devoto; pero la presencia de la madre con ellos, que muere la última, habiendo animado a sus hijos, es ciertamente lo que termina de empaparlo de esa entrañable y tierna fortaleza que no puede dejar indiferente aun al interlocutor impío: «Admirable sobre toda ponderación y digna de eterna memoria se mostró la madre, que, viendo morir en un solo día a sus siete hijos, lo soportaba animosa, porque tenía la esperanza puesta en Dios» (2Mac 7, 20).
Traigo a colación este fuerte pasaje de la Escritura, porque quiero recordar aquí la relación muy íntima que existe entre la fortaleza de los hijos y la espera confiada de las madres. Se da a entender, en efecto, en el texto que referimos, que es de la «esperanza puesta en Dios» de esa madre de dónde nacen el alentar ella a sus hijos, «animosa», y el alentarse ellos entre sí, a «morir valientemente».

Para explicar esa relación irrefragable entre confianza y fortaleza voy a hacer uso de un ejemplo, que refiere al beato Mauro Palazuelos, prior y guía de la comunidad benedictina mártir de El Pueyo de Barbastro.
Toda esta comunidad de monjes era una comunidad mariana, que vivió y murió como comunidad mariana, y junto a la Virgen, su Madre. De hecho, en el altar que guarda las reliquias de estos mártires en El Pueyo, se han escrito dos frases, una de las cuales es, justamente, la dicha de 2Mac 7, 5: «una cum matre invicem se hortabantur mori fortiter» («es exhortaban entre sí, a una con su madre, para morir valientemente»).
Particularmente estremecedor y luminoso a este respecto es el relato del martirio del padre Mauro. Nos ha llegado de forma providencial. Quien lo narra es la señora María Armisén. Esta mujer tenía en Barbastro una casa de dos pisos, cuya planta baja fue requisada por el comité comunista que tomó a la fuerza el poder de la ciudad apenas comenzada la Guerra civil española. El objetivo de la requisa era hacer de esa casa una especie de cuartel para milicianos. María Armisén y su familia seguían ocupando el segundo piso pero tenían la obligación de hacer tareas de cocina y servicio en favor de los combatientes en retaguardia. Cada día veían partir por la mañana hacia el frente de batalla a muchos de esos jóvenes que con mayor o menor conciencia adherían a la doctrina «intrínsecamente mala» del comunismo (Pío XI, encíclica Divini Redemptoris, 60). En los últimos días de agosto de 1936, y primeros de septiembre, llamó la atención de esta señora un joven que no solamente quedaba allí todos los días, sino que además apenas comía, dormía mal, e iba adquiriendo aspecto de prematura decrepitud. Un día se atrevió a preguntarle qué lo traía mal a punto de estar casi dejando irse la vida. Ella misma dio testimonio luego, en dos declaraciones juradas, de los términos de la respuesta de este joven:

«Desde que maté al Jefe de los frailes del Pueyo. Desde entonces no he podido dormir ni vivir tranquilo, porque sus ojos no puedo apartar de mí. Este fraile mostró un heroísmo extraordinario.
Porque cuando le llevábamos a matar, alentaba enardecido a sus compañeros que iban en el camión, rezando y cantando a su madre.
¡Bien amarrado iba!; y pidió ir a pie, siguiendo al camión.
Al subir la cuesta del cementerio, cuanto más cantaba, más me enfurecía yo, pegándole fuertes golpes con el fusil.
Dicho fraile, dirigiéndose a sus compañeros, les dijo: “Perdonad a vuestros verdugos, que pronto entraremos en la gloria”.
Tal rabia tomé a ese fraile, que advertí a los otros milicianos: “Vosotros cuidad de los demás: a éste me lo cargo yo”.
Pasado el Hospital, cercano al cementerio, aquel fraile nos pidió la gracia de despedirse de su madre. Algunos camaradas míos se la otorgaron, diciendo: “¿qué tiene que ver se despida de su madre?” (creían se refería a su madre natural recluida en dicho hospital).
Yo le mandé seguir adelante, pero, al fin, accedí al deseo. Entonces comenzó a entonar una canción a la Virgen.
Al verme yo contradecido con esta salida, rabioso le golpeé con más fuerza.
Junto a la pared del cementerio, le dije con malas palabras: “¿Cómo quieres morir, mirando a la pared, o mirando a tu Madre?” Y dirigiendo él la mirada hacia el convento del Pueyo, contestó: “Mirando a mi Madre”.
Entonces, al comprender que se refería a la Virgen de ese convento, le dije: “te voy a apuntar para que no cantes más a tu Madre”. Le disparé un tiro en la boca, levantándole la tapa de los sesos.
Cuando le disparé, el fraile mirome de tal manera, y tanto me impresionó ver saltar los sesos, que desde entonces se me clavaron sus ojos, y no puedo apartarlos de mi».

Ciertamente la relación fundamental que nos sugiere esta tremenda acta martirial, es la de un cristiano «entero» con su Madre del cielo. El beato Mauro y la Virgen de El Pueyo son los grandes personajes, los actores del suceso. Pero la historia tiene un trasfondo, que no puede haber pasado oculto en el alma de quien caminaba al martirio en aquella calurosa noche aragonesa. La mamá del padre Mauro, Cristina, había muerto en febrero de ese año. Poco antes de morir, en una hermosa carta que escribió a su hijo, le había dado proféticas recomendaciones para el momento que ahora le tocaba andar. Tengo la devota creencia que no solamente los enemigos interpretaron que quería ver y despedir a su mamá, sino que también por su interior se cruzó esa certeza. Iba a ver a sus dos madres al cielo, y debía caminar con la entereza que Cristina le había recomendado y que la Virgen María le infundía maternalmente en su pecho. Con el canto de la Salve, saludó a las dos, a aquella a quien le cantaba y a aquella que le había enseñado el canto.


Este es el texto de la carta:

«Rdo. P. Mauro:
Paz.
Mi muy amado hijo:
Con sumo placer he recibido tu hermosa carta. Así la llamo, porque me hablas de cosas grandes muy de mi agrado, de tu llamamiento a la perfección. Que el Espíritu Santo te ilumine y te eleve a la cumbre. Yo no sólo con deseos y oraciones, sino con gemidos pediré para que se cumplan tus buenos deseos de unirte más y más al Corazón deífico de Jesús. No hallarás cosa en el mundo que pueda satisfacerte como ese amor: “quien a Dios tiene nada le falta” (Sta. Teresa); “dadme vuestro amor y gracia, Sr., esto me basta” (San Ignacio); y a Sto. Tomás le decía su hermana: “¿qué haré para ser santa?”; “Querer”. Eso te digo yo a ti, que seas fiel a los llamamientos divinos, y no te disculpes como aquellos del Evangelio. ¡Ay, qué dicha la tuya, hijo mío, que Dios te llame para sí, para consolarse en ti, para recrearse en ti, en un alma que le ame y le acompañe en sus alegrías y tristezas!; no decaiga tu ánimo, ¡adelante!, pidamos muy de veras el auxilio divino. Ya sabes que nosotros sin ese [el auxilio de Dios] nada valemos, y que el demonio te hará mucha guerra; te lo advierto para que te pongas en guardia. Yo desde ahora te doy mi bendición, como San Francisco al hno. León: “te veas libre de Satanás”. San Benito y tantos santos triunfaron; también tú triunfarás, D. M. Hoy, Ntra. Sra. del Buen Consejo, para ti y para todos, se le pide muy de veras,
(A.M.G.) tu madre.
[En el borde izquierdo del papel, añade:] Adelante, pidamos muy de veras el auxilio divino. Yo te ayudaré, soy tu madre y Dios me escuchará, tengo confianza, a su santo servicio te ofrecí en el templo».

¿Qué emparenta a doña Cristina Maruri con aquella heroica madre de los siete hermanos macabeos? La confianza intrépida, la esperanza puesta incondicionalmente en el Dios de Jesucristo. Y el hecho de que el testimonio valiente de sus hijos se entronca en ellas, que se alienta desde el ánimo entregado de sus madres. Ciertamente Dios es libre infinitamente, y hace en cada alma lo que es de su agrado; pero es cierto también que ordena los medios ordinariamente para que produzcan los frutos que Él quiere. Y por eso podemos decir que muchas grandes acciones, muchas misiones de gran dificultad, muchos momentos de prueba y de desánimo, mil magnánimas empresas de muchos hombres en esa mies de Dios que es el mundo de las almas, penden de la confianza con que las madres pidan a Dios las gracias que sus hijos necesitan para disponerse a morir valientemente.
De una madre confiada se sigue un hijo fuerte, valiente, con los temores ordenados y grandísimos deseos. Dios quiere que haya hijos así, pero para eso quiere que antes las madres pidan con esperanza sólida, unidas en caridad, con perseverancia paciente y con humildad de corazón. Así, con esa fuerza espiritual, estaba la Virgen de pie, al pie de la Cruz de su Hijo cuando moría. Que ella sea el ejemplo y la fortaleza de tantas almas maternas que con su confianza obtengan de Dios ingentes frutos de santidad y de valiente testimonio de Cristo.

P. Juan Manuel Rossi, IVE

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