Introducción – P. Gonzalo Ruiz

Queridas mamás y mujeres de las 40 Horas:

Agradecer a quienes nos hacen el bien, a nuestros bienhechores, es un deber moral. Y cuanto más grande es el beneficio recibido, tanto más debemos sentirnos deudores de quienes nos hacen el bien. Es por eso que nosotros, miembros de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado, y de modo especial los sacerdotes, nos sentimos particularmente deudores de todas ustedes.

Sí. Porque en ustedes han resonado fuerte y con honduras místicas tantas enseñanzas del Señor Jesús en el evangelio, como su mandato de rezar a Dios, dueño y señor de todas las almas, para que suscite vocaciones en su Iglesia: “la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad pues al Dueño de la mies que envíe más obreros a su mies” (Mt 9,38; Lc 10,2). Ustedes también han comprendido el carácter absolutamente sobrenatural, porque se trata de una iniciativa toda divina, que tienen las vocaciones de especial consagración: lo han comprendido porque se los ha revelado el Espíritu Santo, que es “Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 15,26; 16,13). Porque saber qué es una vocación es algo que, según enseña el mismo Señor “no a todos es dado entender”, esto es, que haya “eunucos que se hicieron tales por el Reino de los Cielos” (Mt 19,11-12). Porque es un misterio de insondable providencia y de predilección divina, pues Él llama a los que quiere: “llamó a los que quiso” (Mc 3,13). Y atrae interiormente y con tal fuerza que se es capaz de dejar “padre, casa, campos, hermanos y hermanas” (Mt 19,29; Mc 10,29; Lc 14,33; 18,29-30), para seguirlo a Él, “tomando la cruz cada día” (Lc 9,23), y viviendo el mismo modo de vida que Él eligió para sí mismo: casto, pobre, obediente e hijo de María; y al cual asoció a sus apóstoles: “los llamó para que estuviesen con Él… y para enviarlos” (Mc 3,14)[1].

Es por eso que cada mes ustedes dedican un tiempo especial, dejando toda otra actividad, para dedicarse a rezar por las vocaciones. Para rogar, en primer lugar, al dueño de la mies que mande muchas y santas vocaciones.

Pero también, siguiendo el ejemplo de la oración del mismo Cristo, y teniendo los mismos sentimientos de su Corazón amantísimo, ustedes también rezan para pedirle al Señor que proteja y custodie a las almas consagradas, que les dé la perseverancia en sus santos propósitos, pues ellas le pertenecen: “Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado… Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura… Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad. No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno” (cf. Jn 17,9-21).

¡Qué necesaria es esta oración por las vocaciones cuando se tiene en cuenta que el Señor nos ha mandado “como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16)! Aunque sabemos, con la certeza que da la fe, y esperamos, que por la unión con Él podremos perseverar y dar fruto abundante: “Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí… El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada… Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis… Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (cf. Jn 15,4-9). Y ustedes con sus oraciones piden que nosotros nos mantengamos unidos de este modo íntimo a Jesús, porque eso piden cuando imploran para nosotros la gracia de la perseverancia. Por esta unión con Él “somos más que vencedores”, como dice San Pablo (Rm 8,37) hasta el punto de que el Señor nos ha prometido que “en el mundo tendréis tribulaciones, pero no temáis: Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33), porque su victoria es la nuestra. Pero esta gracia… hay que pedirla todos los días. ¡Y ustedes la piden para nosotros!

Por eso ¡sólo en el Cielo comprenderemos el alcance del bien que cada una de ustedes hace a la Iglesia, y a nuestra pequeña Familia Religiosa, rezando por el aumento y por la perseverancia de las vocaciones sacerdotales y religiosas!¡Cuántos jóvenes sentirán y seguirán el llamado del Señor para “navegar mar adentro y echar las redes” (Lc 5,4) porque el Señor escuchará vuestras oraciones! ¡Y cuántos sacerdotes y religiosos y religiosas por vuestras oraciones alcanzarán especiales gracias en sus lugares de misión para no desanimarse y perseverar en el seguimiento del Señor hasta el fin de sus días! Sí, sólo en el Cielo ustedes recibirán la recompensa merecida por tanto bien, con aquella sobreabundante magnificencia de Dios, que jamás se deja ganar en generosidad. Ese Dios que no dejará sin recompensa ni siquiera “un vaso de agua” dado por su amor (Mt 10,42; 9,41).

Pero mientras tanto, mientras somos peregrinos en esta tierra, quienes somos vuestros deudores tenemos que pagarles con algo. Lo primero y lo más importante que hacemos es rezar también nosotros por ustedes, que son nuestras particulares bienhechoras, cuyos inmensos beneficios solo Dios conoce, pues quedan ocultos a los ojos del mundo. Siempre, siempre, las recordamos en nuestras oraciones. No podemos olvidar que ustedes ejercen por sus oraciones y sacrificios un modo sublime de maternidad espiritual sobre todos nosotros, ¡cómo no agradecerles!

Pero además de rezar, queremos hacer algo más por ustedes. Y es por eso que nace ahora este boletín mensual, que tiene por finalidad ofrecerles material de formación espiritual. Por eso trataremos de ir poniendo a su disposición escritos y oraciones sobre la vida sacerdotal y religiosa, sobre los elementos fundamentales de nuestro carisma, sobre nuestra espiritualidad… De manera que también ustedes puedan ir siempre creciendo en el amor a Dios y al prójimo, tendiendo así a la perfección de la caridad que es el fin de nuestra vida cristiana. Y teniendo también nuevos estímulos y motivos para perseverar, cada vez con más generosidad, en la oración por las vocaciones consagradas.

Comenzamos hoy ofreciéndoles un texto sobre un elemento esencial de nuestro carisma y espiritualidad, al punto tal que lo tenemos como un cuarto voto religioso: la esclavitud a María Santísima según el método enseñado por San Luis María Grignion de Montfort. Queremos compartir con ustedes un documento precioso, y poco conocido, de San Juan Pablo II: la carta que él envió a la Familia Montfortana el 8 de diciembre de 2003, con ocasión del 160º aniversario de la publicación del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, ocurrida en el año 1843. Por la brevedad del boletín, la presentaremos dividida en varias partes, esperando que les sea de mucho provecho.

De nuevo, porque nunca será suficiente, les decimos: ¡gracias, gracias, gracias!

El Señor las recompense como solo Él sabe hacerlo. Y María Santísima, la Mujer por excelencia, la Madre del Verbo Encarnado y el modelo de todo orante -pues “conservaba todas esas cosas meditándolas en su corazón” (Lc 2,19. 51)- les alcance de su Hijo la gracia de perseverar con gran generosidad en la oración y en la vida de la gracia hasta el encuentro en el Cielo.

Con mi bendición.

Gonzalo Ruiz Freites, IVE

Roma, 1 de septiembre de 2020.

[1] San Juan Pablo II, Exhortación apostólica post sinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), números1, 32, 41, 64, 93.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *