FORMACIÓN – Las consecuencias de la negativa, P.E. Busuttil, S.J.

LAS CONSECUENCIAS DE LA NEGATIVA

Pensemos un poco y veamos cuáles puedan ser las consecuencias de este no; en qué posición sitúan al joven y dónde van a desembocar, por lo común, estas “vocaciones dejadas por capricho”.

1) Consecuencias para el individuo

Dios me había preparado la vida religiosa y sembró en mi camino una serie de gracias, de mociones, de ayudas que me acompañarían paso a paso, me ayudarían y finalmente conducirían a la salvación y quién sabe si a la santidad.

Yo, por mi culpa, por mi propia voluntad rehúso aquel camino y me pongo en otro. ¿Cómo me encontraré? Ciertamente, tendré aquellas gracias suficientes que Dios no niega a nadie, ni me será absolutamente imposible el salvarme, pero ¿tendré aquellas gracias eficaces, sobreabundantes, continuas que Dios me había preparado en la otra vida y sin las cuales mi pobre naturaleza, ya tan débil, probablemente no llegará a salvarse sino con mucha dificultad y con mucho esfuerzo?

¡No lo sé! Ciertamente la misericordia del Corazón de Jesús es muy grande y puede llegar aun a ese punto. Pero no lo podemos exigir como lo podríamos pretender si siguiéramos el camino que Él mismo nos ha ofrecido y preparado…

Puede darse que Dios haya previsto que tú, en el mundo, te condenarás con toda seguridad, y entonces, para salvarte, te da la vocación y te aleja del mundo. En tal caso, si tú no sigues la vocación de Dios, ¿no irías derecho, por tu culpa, a una ruina segura?

El hecho es que generalmente estos jóvenes terminan en el pecado y se realiza la confirmación más exacta y palpable del conocido proverbio: “la corrupción de los mejores es la peor”[1]. Encontrándose sumergidos en un estado de continuo remordimiento, buscan ahogarlo dándose, más exageradamente que los otros, a las diversiones y “distracciones”. Con frecuencia toman la postura de los indiferentes en materia de religión. Empiezan abandonando la oración, después la Asociación y después… todo lo demás.

Y no sólo eso, sino que ademas serán los eternos descentrados. No sabrán ser buenos padres ni buenos maridos ni buenos cabezas de familia, porque no son hechos para aquello; su camino era otro. Más aún, muchas veces el cielo los castiga precisamente en aquello por lo cual han dejado la vocación que, casi siempre, es algún amor o el deseo del matrimonio. Se encontrarán “desafortunados” precisamente en eso: mujer displicente, enferma, con frecuencia sorprendida por una muerte prematura, hijos enfermos o demasiado díscolos, desobedientes, irrespetuosos y muchas veces impuros.

2) Consecuencias para Jesús

Debe haber sido una gran desilusión para el Corazón de Jesús, que miró al joven del Evangelio con efusión y amor, verle partir… triste; oír que le dice que no cara a cara.

He aquí lo que a propósito de esto me escribe un joven de catorce años:

“Creo, Padre, que no podemos imaginarnos cuánto le disgusta al Corazón de Jesús cuando llama a un joven y éste rehúsa seguirle y no responde a su llamada.

¡Cuántos son los llamados! ¡Pero qué pocos los que siguen la voz de Dios! En cambio, ¡qué contento se ha de poner cuando encuentra un alma generosa que quiere seguir sus huellas y le dice: ¡Sí, te seguiré para amarte siempre, ya que Tú me has amado tanto! ¡Gracias, Jesús!

Sí, Padre, yo quiero sufrir por el Sagrado Corazón. ¿Y quién no querrá sacrificarse cuando piensa un poco en el amor que Jesús nos tiene y todo lo que ha hecho y hace por amor de sus criaturas? Pues, ¿qué importa que yo sufra un poco por ese Corazón que nos ama tanto?”.

3) Consecuencias para la Iglesia y para el mundo

Decía un libro: Si San Patricio no hubiera dicho sí a los catorce años, cuando sintió el llamamiento de Dios, ¿sería hoy católica Irlanda?. Si San Francisco Javier, que bautizó centenares de miles de paganos, no hubiese respondido a su vocación, ¿dónde hubieran ido a parar todas aquellas almas?.

Y si Don Bosco, Don Orione, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís y tantos otros santos hubiesen dicho no a Jesús, ¿dónde estaría hoy todo el bien que han hecho sus instituciones y su santidad?.

¡Es que yo no soy San Francisco! ¿Crees quizá que el santo era ya santo cuando aceptó su vocación o que él sabía entonces lo que Dios quería hacer de él?

San Juan Bosco solía decir que alrededor de cada sacerdote gravita un cierto número de almas confiadas a él desde toda la eternidad y que él tiene que salvarlas. Si él no corresponde, esas almas se quedarán sin pastor. Serán llamados otros jóvenes, es verdad, pero éstos tendrán que salvar “sus” almas.

Hagamos ver al joven cuánto bien dependerá de su SI generoso y leal, y al contrario, cuánta destrucción irreparable puede provenir de un NO egoísta.

 

 

[1] “Corruptio optimi, pessima”.

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