FORMACIÓN – EN BUSCA DE LAS VOCACIONES, P. E. Busuttil, S.J.

PRIMERA PARTE: EN BUSCA DE LAS VOCACIONES

 

LO PRIMERO

 ¡Oración! 

Se trata de una cosa eminentemente sobrenatural que tiene algo de misterioso y que no se puede ver o juzgar con los cálculos humanos por más que éstos estén basados sobre el dogma o la moral cristiana. Cada uno de nosotros debería ofrecer cada día alguna oración para tener la luz y la posibilidad de ayudar a alguien en su vocación.

Y a la oración es necesario añadir el ayuno, es decir, la penitencia, la mortificación, querida y aceptada.

PARA ORIENTARNOS

Veamos un poco de cuán diversos modos puede nacer una vocación, o mejor, cómo empieza a manifestarse en el individuo.

Es preciso que nosotros conozcamos estas formas, porque bien puede darse que cualquier joven, confiado a nosotros, esté en alguno de esos caminos.

 1) Manera casi natural

O sea, sin ningún influjo extrínseco, una vocación que estamos tentados de llamar congénita, en la que no aparece un verdadero momento de decisión, pero el joven… siempre la ha sentido así, él mismo no recuerda haber tenido una idea diversa de aquella de hacerse religioso.

Tenemos un ejemplo en Santiago Tutain, nacido en Mans el año 1922. Juan, el hermanito mayor, un día le declaro:

 —Yo seré doctor. 

 —Pues yo —respondió Santiago— seré sacerdote, porque es lo mejor del mundo.  

—Cierto, —respondió el otro— pero se necesitan también buenos médicos, ellos pueden hacer mucho bien hablando de Dios a los enfermos. 

Nos sorprenderá saber que este diálogo lo sostuvieron dos niños, el uno de seis y el otro (el curita) de cuatro años. Aquí tenemos un niño que a los cuatro años habla de su deseo de ser sacerdote. Y se trata de una cosa pensada y escogida porque para él es “lo mejor del mundo”.

Años más tarde, en el colegio es el primero en clase de Religión, y pregunta:  

—¿Si continúo así, cree usted que podré ser sacerdote? 

Más tarde, llegado a su casa, cuenta:

 —Esta mañana, de los alumnos externos sólo hemos comulgado Juan y yo. Pero es natural que yo comulgase, pues soy Cruzado de la Eucaristía y futuro sacerdote.  

Y cuando en el colegio entra a formar parte del coro confía a su madre:  

—¡Si supieses cuánto me gusta vestir mi sotanita (de monaguillo) mientras espero la otra (la de sacerdote)… ¡Pero aquélla será larga, larga! 

Con estos pensamientos y sentimientos Santiago continuó hasta los dieciséis años, edad en que le sorprendió la muerte, que fue la de un santo[1].

¡Cuántas veces entre los niños de nuestras asociaciones o de nuestros colegios encontramos los mismos sentimientos! 

2) Otras veces, en cambio, se manifiesta de un modo casi banal

 La estima por un religioso llega a hacerle decir: Quiero ser como él… La madre empuja y el hijo, primero sufre, después comprende y desea y quiere, y es capaz de combatir contra quien sea para obtener lo que ya se ha transformado en su ideal. Otras veces es el hábito de una determinada Orden religiosa que gusta y atrae; otras son cosas insignificantes que suscitan en el corazón una especie de atracción que termina con una verdadera vocación. 

Un día recibí una carta de un Padre jesuita que me hablaba de un joven que pertenecía a la Congregación Mariana que yo dirigía en Palermo, asegurándome que el tal joven le había manifestado su deseo de ser jesuita y le había pedido ayuda y dirección. 

El joven se encontraba enfermo. Corrí a visitarle pero no pude hablar claramente porque su madre estuvo delante todo el tiempo. Me limité a decirle que me había escrito el P. Z… y que me había dicho alguna cosilla que se refería a él. Después le eché una mirada significativa y reí con toda el alma. El sonrió y bajó los ojos enrojeciendo ligeramente. “Me ha entendido”, dije entre mí. Y durante toda la conversación nos cruzamos miradas y sonrisas, se entiende, siempre significativas.

Después de una semana se repuso y volvió al colegio. Le llamé: sentía fiebre por hablarle claro. Entró en mi aposento y se sentó. Le miré con una mirada larga, escrutadora. Un joven óptimo, quince años, serio, comunión diaria, meditación, lectura espiritual, bastante estudioso… en fin, algo de vocación seguro que tenía.  

—Bueno —dije rompiendo el fuego—. ¿Sabes qué cosa me escribió el P. Z…?  

—¿Qué? —sonrió frío—, pero yo estaba convencido que lo hacía por disimular.

 —Me dice que tú le hablaste de vocación y que quieres una dirección adecuada. 

 —¿Yo?—dijo levantándose de un salto.  

—¿Cómo? —dije yo—. ¿No es verdad? Mira la carta. No creas que lo he hecho a propósito para hacerte caer en la trampa.  

La leyó. ¡Maravilla de las maravillas!  

—Padre, le aseguro que no me acuerdo absolutamente de nada. Quién sabe qué habrá entendido. Pero ciertamente yo no le he hablado nunca de vocación.  

Reímos los dos. La cosa era cómica. Le conté todas las miradas “significativas” y todos los “quid pro quo”.  

Cuando nos íbamos a despedir me dijo:  

—Y sin embargo es una cosa en la que debiera pensar. El año que viene terminaré el Bachiller y aún no sé lo que haré.  

—Aún hay tiempo—concluí—, ruega y piensa un poco de vez en cuando, pero con calma.   —Mire, Padre —dijo—, yo ahora no tengo nada que hacer, ¿me podría dar una pequeña instrucción o dirección para ver si tengo vocación o no?  

Yo, que no deseaba otra cosa, me resigne a hacerle un coloquio que duró una hora y media. Después de aquél siguieron otros, los cuales fueron coronados por una seria decisión de abrazar el estado religioso.  

¿Podía esta vocación nacer de una forma más banal? 

3) Ver a un muerto

 Todos conocen la historia de la vocación de San Francisco de Borja, tercer General de la Compañía de Jesús. Se había ya entregado a una vida intensamente cristiana, pero el golpe de gracia se lo dió la vista del cadáver de la emperatriz Isabel deshecho por la muerte. Había conocido a aquella joven soberana y también él se había unido al coro que unánimemente alababa su maravillosa belleza. Y ahora ¿qué? Le hirió un sentido tan profundo de la vanidad de las cosas de la tierra que de Duque de Gandía se transformó en un ferviente religioso y después en un Santo. 

Lelio, en cambio, un compañero mío de colegio, se decidió a hacerse religioso después de haber visto muerta en Catania a una compañera suya de universidad. Despidióse de su novia y abrazó la vida religiosa.

La muerte con su predicación silenciosa es una óptima consejera. Aun San Ignacio aconseja al joven que hace la elección de estado el imaginarse que está en el lecho de muerte y que piense cómo desearía en aquel momento haber vivido toda su vida. 

4) Muchas veces es una frase misteriosa, dicha quizá con un fin no religioso, la que hace pensar y conduce al joven a la convicción de que Dios le llama. 

Me acuerdo, de cuando fui Prefecto en un colegio, que escribí unas palabras de felicitación en el dorso de una estampa a un joven que celebraba su santo. Era un muchacho que sentía demasiado su personalidad, que buscaba el hacerse ver y darse importancia. Quería corregirle de este defecto y dirigirle ese sentimiento a un ideal superior.

Entre otras cosas le escribí que Dios esperaba de él cosas grandes. Fue la única frase que le hirió. Vino a mí y quiso que le diese explicaciones. No sabía qué responderle, porque había escrito aquella frase sin ningún fin preciso. Me limité a decirle que rogase a Dios para que le iluminase. A los pocos días me dijo que ya lo había entendido. Se hizo más devoto, más humilde, más bueno. Le pregunté:  

—¿Qué hay? 

—Quizá el Señor quiere que sea misionero. 

5) Muchas veces la ocasión que delata la presencia de una vocación es el ejemplo de un compañero 

Traigo aquí estos casos no porque ellos prueben si una vocación es verdadera o no, sino porque nos hacen conocer cómo Dios se puede manifestar. Todo esto sirve para ensanchar nuestro horizonte y puede sugerirnos modos prácticos de insinuación en el corazón del joven. 

Cuando dirigía una Congregación Mariana en Palermo, uno de los congregantes antes de partir para el Noviciado quiso hacer un discurso de despedida a sus compañeros. Habló con entusiasmo y, diríamos aún mejor, todos lo hemos dicho, se superó a sí mismo. A las dos semanas un Congregante de 3° de Bachiller vino a hablarme de su vocación. 

—¿Cuándo has pensado en ello? 

            —Mientras hablaba X.

A mí me pasó lo mismo. Antes de despedirme de mi familia para ir al Noviciado quise hacer un discurso de despedida a los jóvenes que formaban parte de una Asociación fundada por nosotros mismos. Yo, en cambio, no era capaz de hablar sin leer como lo hizo X, y así lo leí. Ya sea por la emoción ya por un vientecillo malicioso que me daba en la pupila, una lágrima “furtiva” me cayó por el rostro. Al cabo de algunos días recibí una carta de uno de los “socios” en la que me confesaba que durante mi discurso había comprendido que el camino escogido por mí era el mejor y que aquella lágrima había sido más elocuente que todos mis argumentos. 

Vino a verme, decidióse también él y al cabo de tres años me siguió. Hoy es un óptimo misionero entre los Santal.

            San Romualdo se batió en duelo. Para huir de la justicia se refugió en un monasterio que gozaba del derecho de asilo. Allí tuvo ocasión de ver a los monjes y de conocer su vida de entrega y santidad. La vista de éstos le trocó, empezó a cambiar interiormente y salido de allí fundó los monjes Camaldulenses.

6) Otras veces es un fracaso el que hace ver la vanidad de las cosas de la tierra y orienta el alma hacia la vocación. 

Leemos del Beato Tomás Pound, el cual era bailarín, que un día bailó delante de la reina Isabel de Inglaterra. Fue un cuarto de hora de embriaguez para los espectadores. Los fragorosos aplausos le enjugaron el sudor de la fatiga y sostuvieron sus miembros cansados.

¡Y todo esto no era nada! ¡La Reina se levantó del trono, le abrazó y le besó! Le parecía que tocaba el cielo con el dedo. ¿Qué más podía desear en esta vida? La Reina pidió un bis. Y aunque estaba cansado no pudo negarse.

Empezó con todo entusiasmo, pero en medio de las vertiginosas vueltas y saltos tropieza con sus mismos pies y cae. La Reina se levantó, pero no para ayudarle a levantarse con piedad y comprensión, sino para ponerle torpemente el pie en la espalda y lanzarle un insulto atroz: 

—¡Levántate, buey! 

Pound se levantó, su corazón era un mar de amargura. ¿Por qué ese insulto? ¿Qué valían las alabanzas, borradas por un insulto humillante… e injusto? ¡Mundo infame! “así pasa la gloria del mundo”[2] murmura.

Se hace católico, después religioso, sacerdote y mártir.

Ramón de Peñafort se hizo religioso porque dio un consejo equivocado a un joven. ¡Quiso reparar!

            Se sabe de San Alfonso María de Ligorio que dejó el mundo después de un solemne fracaso en la defensa de una causa.

            Y si contásemos las vocaciones manifestadas después de una desilusión en el amor, algún escéptico sonreirá.

Dios no tiene límites en sus métodos y medios que usa en la elección de las almas; en sus manos divinas todo se transforma en gracia. ¿Qué importa si el escalón es de oro o de mosaico, de mármol o de piedra, de madera o de barro? Si conduce arriba, a la perfección, allí está el dedo de Dios cubierto por el guante de su misericordia que supera todo nuestro soberbio entendimiento.

San Ignacio de Loyola necesitó un golpe que le deshizo la pierna y estar echado en una cama durante meses enteros para comprender y seguir la voluntad de Dios. 

            ¡Sepamos apreciar los momentos del dolor, de la desilusión, del abandono, cuando el mundo aparece desnudo de su vanidad y cruel en sus necios juicios! 

Pero —se dice— la vida religiosa no está hecha para los ilusos ni para los desilusionados. Y respondo que la vida religiosa está hecha para el que es llamado por Dios y que Dios llama a quien quiere, cuando quiere y como quiere. Y que ciertamente no seremos nosotros los que enseñemos al Señor qué camino ha de escoger para llamar a un alma. 

 POR CONSIGUIENTE…

De todo lo que se ha dicho aparece claro que la vocación puede empezar a manifestarse de mil maneras diversas y que cualquier argumento o suceso puede servir para manifestarnos la voluntad de Dios. 

Casi siempre en el primer capítulo de la historia de una vocación encontramos una palabra dicha por un amigo o un educador, un folleto o un sermón, un ejemplo o una carta. ¡Cuántas veces ha bastado para “suscitar” una vocación el revelar en secreto a un amigo la propia vocación! 

            —Mira, te lo digo en secreto, no lo digas a nadie. Te lo digo porque quiero que ruegues por mí… ¡Quiero hacerme sacerdote!  

Estupor, maravilla, felicitaciones, explicaciones… Y después se piensa en serio. Y la pregunta es espontánea: — “¿Y yo, por qué no?”

Conformémonos con la convicción de que se requiere nuestra cooperación. En todas las cosas espirituales Dios se sirve de sus ministros o de algún alma buena. ¿Por qué cuando se trata de vocación tantos sacerdotes se echan atrás casi con temor? No quieren entrometerse: “Es asunto de Nuestro Señor”, dicen.

¡Eso es una exageración! ¡Una posición completamente errónea!

            ¡Dios quiere nuestra cooperación y nuestra ayuda!

 

[1] De Ma Jeunesse au Christ., Julio l947, n. 103, p. 2.

[2]  “Sic transit gloria mundi”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *