FORMACION – CONTINUACIÓN DE LA CARTA DE SAN JUAN PABLO II A LA FAMILIA MONTFORTANA

María, miembro eminente del Cuerpo místico y Madre de la Iglesia

5. Como dice el concilio Vaticano II, María «es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular de la Iglesia y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor» (Lumen gentium, 53). La Madre del Redentor también ha sido redimida por él, de modo único en su inmaculada concepción, y nos ha precedido en la escucha creyente y amorosa de la palabra de Dios que nos hace felices (cf. ib., 58). También por eso María «está íntimamente unida a la Iglesia.
La Madre de Dios es figura (typus) de la Iglesia, como ya  enseñaba san Ambrosio:  en el orden de la fe, del amor y de la unión perfecta con Cristo. Ciertamente, en el misterio de la Iglesia, que también es llamada con razón madre y virgen, la santísima  Virgen  María  fue por delante mostrando en forma eminente y singular el modelo de virgen y madre» (ib., 63). El mismo Concilio contempla a María como Madre de los miembros de Cristo (cf. ib., 53, 62), y así Pablo VI la proclamó Madre de la Iglesia. La doctrina del Cuerpo místico, que expresa del modo más fuerte la unión de Cristo con la Iglesia, es también el fundamento bíblico de esta afirmación. «La cabeza y los miembros nacen de una misma madre» (Tratado de la verdadera devoción, 32, o.c., p. 30), nos recuerda san Luis María. En este sentido, decimos que, por obra del Espíritu Santo, los miembros están unidos y son configurados con Cristo Cabeza, Hijo del Padre y de María, de modo que «todo hijo verdadero de la Iglesia debe tener a Dios por Padre y a María por Madre» (El Secreto de María, 11).

En Cristo, Hijo unigénito, somos realmente hijos del Padre y, al mismo tiempo, hijos de María y de la Iglesia. En el nacimiento virginal de Jesús, renace de algún modo toda la humanidad. A la Madre del Señor «se le pueden aplicar, con más verdad que a san Pablo estas palabras:  «¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4, 19). Yo doy a luz todos los días hijos de Dios, para que Jesucristo, mi Hijo, se forme en ellos en la plenitud de su edad» (Tratado de la verdadera devoción, 33, o.c., p. 31). Esta doctrina tiene su expresión más bella en la oración:  «Oh Espíritu Santo, concédeme una gran devoción y una gran inclinación hacia María, un sólido apoyo en su seno materno y un asiduo recurso a su misericordia, para que en ella tú formes a Jesús dentro de mí» (El Secreto de María, 67).

Una de las expresiones más altas de la espiritualidad de san Luis María Grignion de Montfort se refiere a la identificación del fiel con María en su amor a Jesús, en su servicio a Jesús. Meditando en el conocido texto de san Ambrosio:  «Que el alma de María esté en cada uno para glorificar al Señor; que el espíritu de María esté en cada uno para exultar en Dios» (Expos. in Luc., 12, 26:  PL 15, 1561), escribe:  «¡Qué dichosa es un alma, cuando… está del todo poseída y gobernada por el espíritu de María, que es un espíritu suave y fuerte, celoso y prudente, humilde e intrépido, puro y fecundo!» (Tratado de la verdadera devoción, 258, o.c., p. 162). La identificación mística con María está totalmente orientada a Jesús, como se expresa en la oración:  «Por último, mi queridísima y amadísima Madre, haz que, si es posible, no tenga yo otro espíritu que el tuyo para conocer a Jesucristo y sus divinos designios; que no tenga otra alma que la tuya para alabar y glorificar al Señor; que no tenga otro corazón que el tuyo para amar a Dios con caridad pura y ardiente como tú» (El Secreto de María, 68).

La santidad, perfección de la caridad

6. La constitución Lumen gentium afirma también:  «La Iglesia en la santísima Virgen llegó ya a la perfección, sin mancha ni arruga (cf. Ef 5, 27). En cambio, los creyentes se esfuerzan todavía en vencer el pecado para crecer en la santidad. Por eso dirigen sus ojos a María, que resplandece ante toda la comunidad de los elegidos como modelo de todas las virtudes» (n. 65). La santidad es perfección de la caridad, del amor a Dios y al prójimo, que es el objeto del principal mandamiento de Jesús (cf. Mt 22, 38), y es también el don más grande del Espíritu Santo (cf. 1 Co 13, 13). Así, en sus Cánticos, san Luis María presenta sucesivamente a los fieles la excelencia de la caridad (Cántico 5), la luz de la fe (Cántico 6) y la firmeza de la esperanza (Cántico 7).

En la espiritualidad monfortana, el dinamismo de la caridad se expresa especialmente a través del símbolo de la esclavitud de amor a Jesús, según el ejemplo y con la ayuda materna de María. Se trata de la comunión plena en la kénosis de Cristo; comunión vivida con María, íntimamente presente en los misterios de la vida del Hijo:  «No hay, asimismo, nada entre los cristianos que nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su santa Madre como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo, que «tomó la forma de esclavo» (Flp 2, 7) por nuestro amor, y el de la santísima Virgen, que se llamó sierva y esclava del Señor. El apóstol se llama por altísima honra «siervo de Cristo» (Ga 1, 10). Los cristianos son llamados muchas veces en la Escritura sagrada, servi Christi» (Tratado de la verdadera devoción, 72, o.c., p. 55).

En efecto, el Hijo de Dios, que por obediencia al Padre vino al mundo en la Encarnación (cf. Hb 10, 7), se humilló después haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (cf. Flp 2, 7-8). María correspondió a la voluntad de Dios con la entrega total de sí misma, en cuerpo y alma, para siempre, desde la Anunciación hasta la cruz, y desde la cruz hasta la Asunción. Ciertamente, entre la obediencia de Cristo y la obediencia de María hay una asimetría determinada por la diferencia ontológica entre la Persona divina del Hijo y la persona humana de María, de la que se sigue también la exclusividad de la eficacia salvífica fontal de la obediencia de Cristo, de la cual su misma Madre recibió la gracia de poder obedecer de modo total a Dios y colaborar así con la misión de su Hijo.

Por tanto, la esclavitud de amor debe interpretarse a la luz del admirable intercambio entre Dios y la humanidad en el misterio del Verbo encarnado. Es un verdadero intercambio de amor entre Dios y su criatura en la reciprocidad de la entrega total de sí. «El espíritu de esta devoción… consiste en hacer que el alma sea interiormente dependiente y esclava de la santísima Virgen y de Jesús por medio de ella» (El Secreto de María, 44). Paradójicamente, este «vínculo de caridad», esta «esclavitud de amor», hace al hombre plenamente libre, con la verdadera libertad de los hijos de Dios (cf. Tratado de la verdadera devoción, 169). Se trata de entregarse totalmente a Jesús, respondiendo al amor con el que él nos ha amado primero. Todo el que viva en este amor puede decir como san Pablo:  «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

 

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