ENTREVISTA A S.E.R. MONS. ANDREA MARÍA ERBA SOBRE SU NOVICIADO Y SEMINARIO MAYOR, REALIZADA EN EL MONASTERIO “MADONNA DELLE GRAZIE”, EN EL AÑO 2006.

Entrevista a S.E.R. Mons. Andrea María Erba sobre su noviciado y Seminario Mayor,

realizada en el Monasterio “Madonna delle Grazie”, en el año 2006.

 

El noviciado

 

 

  1. ¿A qué edad hizo el Noviciado?

A los 18. Terminado el 5to año con los exámenes, junto con mis compañeros pasamos al Noviciado, en Monza, que es una hermosa ciudad de la Provincia de Milán, donde tenemos el Noviciado desde hace más de 400 años, desde el tiempo de San Carlos Borromeo. Aún se lo recuerda: tenemos reliquias de San Carlos Borromeo (algunas prendas suyas), y también un sillón del Beato Cardenal Schüster, que siendo Arzobispo de Milán vino un día al Noviciado y nos dio una homilía sentado en esta sede que conservamos. ¿Lo sintieron nombrar? ¡Es beato, y me confirmó! Nuestro Noviciado es famoso en la Congregación de los Barnabitas, porque durante 400 años han pasado muchos santos y religiosos. Hasta el día de hoy es Noviciado. Por eso tenemos recuerdos, tradiciones. Era como estar en un Santuario.

Cerca del Noviciado hay una iglesia abierta al público, donde íbamos a recitar el Oficio Divino (el breviario) en coro: Matutino, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas. ¡Estábamos siempre en la iglesia! Cada media hora íbamos a rezar. Éramos felices con mis compañeros. ¡Ya han pasado más de 60 años desde el Noviciado, más de 50 años de la Primera Misa, y están todos vivos!

2. ¿Cuántos novicios eran?

Éramos doce. Uno se enfermó y se fue, quedamos once. Once hasta la Primera Misa, y también después. Siempre juntos.

 3. ¿Todos italianos?

Todos italianos, lombardos la mayor parte, milaneses. Porque la Congregación de los Barnabitas nació en Milán. San Antonio María Zaccaría era de Cremona pero vivió en Milán, y allí fundó a los Barnabitas. Y muchos milaneses que hoy vivimos somos ambrosianos. Tengo un recuerdo hermosísimo del Noviciado. Vivimos allí un año de paraíso, con un Padre Maestro santo.

 4. Justamente queríamos preguntarle si se acuerda de su Maestro.

¿Vieron ese librito que escribí, titulado “Martirio blanco”? Allí está la vida del barnabita, mis recuerdos del Padre Maestro. Siempre estaba un poco enfermo… Martirio blanco. Austero pero muy cordial y afable, lleno de atenciones hacia nosotros, jóvenes de 17-18 años. ¡Éramos buenos entonces!

 5. ¿Cómo se llamaba?

Francesco Castelnuovo, también él era milanés, de Lecco. Conocía maravillosamente la Sagrada Escritura, las Constituciones de los Barnabitas, las Reglas y la vida religiosa práctica. Era muy enfermo, murió a los 50 años. Y nosotros, sus alumnos, lo recordamos con veneración, y nos sorprende que los barnabitas no hayan introducido su causa.

 

6. ¿Recuerda alguna anécdota?

Toda su vida era una anécdota. Nosotos lo considerábamos la “Regla viviente”, un ejemplo para imitar. Él nos quería santos. Era muy riguroso pero nosotros lo seguíamos con gusto, porque se veía que era un hombre que tendía completamente a la santidad. Los novicios nos habíamos puesto de acuerdo para vigilar en todo momento la vida del Padre Maestro, a fin de encontrarle algún defecto, pero no conseguimos encontrarle ni uno. Aún cuando estábamos solos, sentíamos su presencia espiritual entre nosotros. Era una figura que nos dominaba, en el buen sentido del término. Alguno pensaba que podría hacer milagros, y no los hizo porque era humilde, no quería llamar la atención. Sobre todo era fervoroso en la oración y en la celebración de la Santa Misa.

El P. Castelnuovo es considerado por todos como un santo. Lo fue efectivamente en la renovación total de sí mismo, en la perfecta e irreprensible observancia de su estado, en el celo de su apostolado y en su amor a Dios. Como coronamiento de todo esto, el Señor lo colocó sobre el altar del dolor, para que el siervo fiel pudiese ofrecer mejor su holocausto. En la vigilia del 25° aniversario de su primera Misa pudo vestirse finalmente con la veste angélica y realizar el deseo que expresaba a todos los que lo visitaban en los últimos días de su vida. En sus funerales participaron 60 concelebrantes y una multitud de fieles.

7. ¿Qué otra cosa recuerda de la vida en el noviciado?

Cuando llegaba la noche estábamos cansados, íbamos a la cama a las nueve y nos quedábamos dormidos enseguida. Porque durante el día cada media hora íbamos o a la Iglesia o al refectorio… no parábamos! Nos cansábamos, pero estábamos contentos. Creo que lo fundamental era esto: todos éramos felices, a pesar de que algunas veces en la mesa nos servían algo que no nos gustaba. A mí no me gustaba el zapallo! Recién había terminado la guerra, no éramos ricos, más aún, la pobreza era nuestro pan cotidiano. Nada de caramelos, ni helados! Nos contentábamos con poco.

8. ¿Durante el día podían hablar entre ustedes?

Sí, excepto el silencio riguroso que había después del almuerzo hasta las cuatro y sobre todo a la noche, durante el día se podía hablar. Pero cuando teníamos una hora de ascética, de estudio de San Pablo, cada uno estaba en su habitación. No podíamos entrar en la habitación de otro. Y también teníamos las recreaciones…

9. ¿Y en el almuerzo?

Siempre en silencio, excepto el domingo al mediodía. El almuerzo y la cena siempre en silencio, y se leía un libro: uno subía al púlpito y leía la vida de un santo, de los Barbabitas, Historia de la Iglesia… leíamos mucho. Me acuerdo en particular de algo gracioso: había un Padre que nos hacía leer la vida de Bartolo Longo, el apóstol de Pompeya… dos volúmenes escalofriantes… no terminaba nunca! Y una vez dijo en voz alta: “Vida de Bartolo Lungo

Aprendíamos muchas cosas, porque todos los días, al mediodía y a la noche, se leía Historia de la Iglesia, historia de los barnabitas, todo!

Cuando cometíamos algún error, o equivocación, besábamos el suelo. En el coro, cuando decíamos mal alguna palabra en latín, se besaba el suelo, como penitencia. Cuando recibíamos alguna penitencia, nos poníamos de rodillas delante de todos en el refectorio con los brazos abiertos, y recitábamos la Salve Regina. A veces también teníamos que besar los pies de todos, de rodillas… todos tranquilos, nadie decía nada, no daba ninguna impresión. Si uno lo piensa ahora parece una cosa rara, pero en realidad es algo normal. Algún que otro reto también, no éramos santos cien por cien, sólo noventa por ciento!

Creo que muchos de mis compañeros eran verdaderamente virtuosos, empeñados en la vida religiosa. Se seguía el ejemplo del Padre Maestro que no solo nos enseñaba, sino que nos arrastraba. Una cosa es hablar, otra es vivir. Y lo que se aprendió en el Noviciado, se aprende para toda la vida.

Luego de un año de 365 días pasados a prisa, era el tiempo de la profesión simple. Después de ocho dias de retiro espiritual –recuerdo todavía al Padre que nos lo predicó–, hicimos la profesión en la iglesia pública. Allí podían venir todos nuestros familiares, que no podían visitarnos más que una vez al mes. Los atendíamos en la portería, en el locutorio: nos llamaban e íbamos media hora, una hora como máximo, no más.

10. ¿En el Noviciado estudiaban Filosofía, Teología?

No, ningún estudio, sólo San Pablo. Además, elegíamos una lectura del P. Rodríguez. Escribíamos cuadernos enteros, resúmenes de los capítulos. Ningún estudio profano, ningún periódico, ni radio, ni TV o equipos de música… Una vida contemplativa al máximo, y éramos jóvenes de 17-18 años!

Además, cada mes, el jueves de retiro, venía un Padre barnabita. Nos confesábamos dos veces por semana, miércoles y sábado. Venía un confesor de afuera.

En casa, además del Padre Maestro, había una comunidad, siete u ocho Padres. Y estaba la iglesia, la capellanía, iban a predicar. Con el Padre Maestro había también otro sacerdote más joven, el Vice Maestro, que estaba siempre con nosotros y nos ayudaba. También él era un hombre santo, poco más grande que nosotros. Murió hace poco.

 11. ¿Ustedes no iban a la casa?

Nunca, ni siquiera en verano. Incluso siendo seminaristas (durante el Seminario Mayor), no íbamos a la casa, tampoco después. Pasábamos las vacaciones juntos; en otra casa, pero juntos. Sólo regresábamos a nuestro pueblo para la primera Misa. Después, cada tanto venía alguno a visitarme. En ese tiempo no se viajaba mucho, como se viaja hoy.

 12. ¿Qué trabajo hacía? Tenían jardín?

Sí, en el noviciado trabajábamos en el jardín. Recuerdo ahora una anécdota. Yo estaba en el noviciado en Monza, a 5 km de mi pueblo natal. Una vez al mes venía mi papá o mi mamá. El portero era un hombre laico. Venía a donde nosotros estábamos haciendo la recreación con un manojo de hierba y decía: “Erba en la portería!”. O también cuando venía el párroco de mi pueblo a confesarse con los barnabitas, entraba al Noviciado, y me buscaba a los gritos: “Erba, cómo estás, Erba?”. Todo estaba en silencio, y él a los gritos…

 13. ¿Cuándo recibió la sotana? En el noviciado?

No, en el Seminario Menor, cuando terminé 8° grado. Después de tres años, nos daban las sotana, que usábamos los domingos y fiestas, los otros días no. Después, en el Noviciado, lo usábamos todos los días.

14 ¿Qué ceremonias había durante el noviciado?

La imposición de sotana. Dos compañeros míos, que no habían hecho el Seminario Menor con nosotros, recibieron la sotana el primer día de Noviciado. La profesión se hacía el 8 de Septiembre, cada año. Y el 10 comenzaba el Seminario Mayor.

 

Estudiantado

(Seminario Mayor)

 

Una vez hecha la profesión –tenía dieciocho años–, con mis compañeros fuimos a Florencia, donde estaba el Estudiantado, o Seminario Mayor, como lo llaman ustedes. Allí hicimos tres años de liceo clásico en el Colegio de los Barnabitas, donde estaban con nosotros algunos internos, y algunos externos de Florencia. Éramos tres grupos: los Barnabitas, los internos y los externos. Tres años, con otro Padre Maestro, otro Vice Maestro. Allí estudiábamos duro: italiano, latín, griego, historia, filosofía, matemática, ciencias, física, religión. Al término del tercer año hicimos los exámenes de “maturità classica” –como se dice en italiano–. Fuimos fuera del Seminario, a una escuela pública, y allí fuimos todos promovidos. Después del tercer año, hicimos también un año de Pedagogía, con un grupo de niños a quienes debíamos seguir como asistentes. Yo tuve los niños de “tercera media” por un año. Pero siempre como religiosos, como seminaristas.

También allí la vida era muy intensa, se podría decir que era un segundo noviciado. Y allí se renovaba la profesión anual por cinco años. Cuando estos tres años, más el cuarto de pedagogía, terminaron, fuimos cuatro años a Roma, a la Universidad Urbaniana. Todos los días hacíamos veinte minutos a pie… Cuando lo pienso ahora ¡mamma mía!… veinte minutos a pie! Pero entonces no nos hacíamos ningún problema. En verano íbamos a Campello sul Clitunno, en Umbría, cerca de Asís, a una casa de vacaciones. También allí siempre todos juntos, nunca a la casa de la familia.

Vida de estudio, de piedad, de caridad fraterna, de amistad… Éramos cuatro cursos, unos cincuenta seminaristas, tal vez más. Teníamos un buen coro, cantábamos mucho, toda la Liturgia!

 1. ¿Cómo se mantenía la vida del Seminario económicamente?

Económicamente, los superiores se encomendaban a la Providencia de Dios. Nuestras familias no tenían que pagar nada.

 2. ¿Pedían limosna?

Teníamos todo y no nos faltaba nada. Nos conformábamos. Cuando íbamos a celebrar a San Carlo ai Catinari, el Padre Maestro nos daba 50 liras para pagar el tranvía. Nosotros tomábamos el tranvía a la ida, y volvíamos a pie; entonces las 25 liras que nos sobraban las poníamos en la alcancía de las misiones. Si necesitábamos medicinas, nos las daban.

No teníamos nada propio: por el voto de pobreza, el reloj no era mío, lo tenía en uso: “ad usum…”. No era de nuestra propiedad. No nos faltaba nada, no necesitábamos nada. Era una vida austera, como el Noviciado.

Pero en Roma era algo maravilloso, porque el domingo después de las Misas íbamos a visitar alguna iglesia, como San Pablo extra muros, a pie ida y vuelta, una hora. Visitábamos San Pedro, Santa María la Mayor, San Juan de Letrán, todas las iglesias del centro histórico de Roma! Teníamos muchas celebraciones, tanto en nuestra iglesia en el Gianicolo, donde teníamos el Seminario, como en la Parrochia San Carlo ai Catinari, que es de los Barnabitas. Allí íbamos a cantar los domingos y fiestas importanes, en la Semana Santa…

Cerca del Seminario estaba el oratorio de los niños, les dábamos catecismo, y también jugábamos nosotros… Yo también jugaba a la pelota, eh!

En Roma hicimos los hermosos años de Teología. Entre otros, tuvimos al P. Fabro como profesor de Filosofía, durante un año. Él venía al Seminario a darnos las clases. También lo tuvimos a un carmelita, el P. Gabriel de Santa María, muerto en olor de santidad, que escribió “Intimidad divina”. Fue nuestro profesor por un año. Estaba en San Pancracio, en el convento de los Carmelitas. Además del P. Fabro y el P. Gabriel, también venía un Padre salesiano y un monseñor.

 2. ¿Los profesores eran exigentes en el estudio?

No, tengo que decir que con los estudios clásicos que habíamos hecho en Florencia, estábamos bien preparados. En la Urbaniana no sufrimos mucho, no nos costó mucho, aunque las lecciones eran en latín, los libros en latín, los exámenes en latín… Un latín un poco vulgar, no ciceroniano, pero era latín. También la Misa era en latín, el breviario, la escuela en latín, San Pablo en latín. Incluso fuimos premiados. En ese entonces se daban premios. Entre todos éramos unos cincuenta, cuatro clases. Y al final del cuarto año, el examen de Universa Theologia, todas las materias. Y el que seguía estudiando, hacía la tesis, y luego la licencia y el doctorado.

 3. ¿Ud. la hizo?

Sí, hice la licencia dos años después y el doctorado luego de cuatro años, en Teología, sobre la vida espiritual, intelectual y pastoral de un Obispo barnabita, que fue beatificado el año pasado.

Años de vida intensa, plena, sin “pajaritos” en la cabeza.

4. ¿Estudiaba mucho? ¿Cuántas horas al día?

Dos, tres, cuatro… toda la tarde y también en la noche. A la mañana, clases. Después del almuerzo, un poco de siesta, y después sólo estudio. El jueves teníamos el día libre: no había clases. Pero estudiábamos a la mañana, y a la tarde hacíamos un paseo: visitábamos el Foro Romano, el Coliseo…

 5. ¿También tenían un tiempo para la meditación?

Media hora a la mañana y media hora a la tardecita, todos juntos. A la mañana con los estudiantes y a la tarde con los Padres, juntos en la iglesia. Hacíamos oración personal, incluso ahora.

 6. ¿Cantaban?

Sí, cantábamos mucho, teníamos un coro formidable. Imagínense: cantábamos la Misa del Papa Marcello a seis voces, solamente los estudiantes en Roma: éramos más de cuarenta. Seguíamos mucho la Liturgia. No sólo la Semana Santa, sino también los Santos, los Domingos, las conmemoraciones, las fiestas. También teníamos los ensayos de canto, y esto nos cansaba un poco…

 7. ¿En los días de fiesta no había estudio, por ejemplo, en la fiesta de San Antonio?

Teníamos la Misa solemne a la mañana, y a la tarde íbamos a hacer algún paseo, o también estudiábamos. Después jugábamos a la pelota. No en el noviciado, sino en el Seminario Mayor. Jugábamos entre nosotros… No éramos santos con la aureola, parados dentro del nicho…! Éramos normales, pero todos nosotros tenemos un recuerdo hermosísimo de la austeridad, de la pobreza, del desapego. Nosotros éramos felices, teníamos los ejemplos de los Padres, de la comunidad.

 8. Excelencia, nos puede dar un consejo para nuestros novicios, nuestras novicias y estudiantes?

Cada uno debe seguir dos líneas: la espiritualidad, el carisma propio del Instituto; y la segunda via, la tendencia personal, es decir, la inclinación a la vida contemplativa, o a la vida apostólica, o al estudio, o al trabajo… Mantener firme el punto central de la espiritualidad del Verbo Encarnado, las propias reglas, las Constituciones, que son el camino principal de nuestra santidad; y después el aspecto más personal, porque no podemos ser todos iguales. Cada uno tiene una tendencia, uno tiene más memoria, otro menos; a uno le atrae más la Liturgia, a otro más la Teología, a otro la Filosofía, o las lenguas… hay que desarrollar los talentos que Dios da. También es deber de los Superiores descubrir los talentos que uno recibió. No somos todos iguales, aunque todos recibimos la misma Regla. Es como en un jardín: hay muchas flores, pero todas diferentes: está la flor de la nieve, otra blanca, otra rosa, violeta, etc. Pero no hay que olvidar el respeto al camino “maestro”, a las propias reglas y Constituciones; están los Barnabitas, los Jesuitas, los del Verbo Encarnado, las Hermanas de María Niña… Y hay un lugar para todos en el mundo; incluso hoy se fundan nuevos Institutos.

La Iglesia espera de nosotros no el “hacer” sino el “ser”. Lo dice también el Papa en la última Instrucción Postsinodal: los religiosos hacen más con la riqueza del propio ser, que con el apostolado; antes que ser apóstoles, somos hombres y mujeres de Dios, de oración y de contemplación, y después el apostolado. Pero uno es más fuerte en la caridad, cuanto más fundado está en la oración, en la unión con Dios.

Por tanto, estos dos caminos son líneas maestras para los novicios, las novicias, los seminaristas mayores. Son del Verbo Encarnado, ésta es su Familia Religiosa. Y al mismo tiempo deben cultivar los talentos que Dios les ha dado, porque son un don de Dios.

Es difícil dar un consejo general que sirva para todos. Cada uno debe ser guiado por los Superiores y alcanzar ese ideal trazado para cada uno. Uno fue San Pancracio, otra Santa Teresa de Los Andes, otra Santa Gemma Galgani, Marcelo, P. Benito, P. Costantini… Todos son del Instituto, pero cada uno tiene su característica personal. El que es músico y sabe cantar, debe poner su talento a disposición de los otros, al servicio del prójimo.

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