ENTREVISTA A S.E.R. MONS. ANDREA MARÍA ERBA SOBRE SU SEMINARIO MENOR, REALIZADA EN EL MONASTERIO “MADONNA DELLE GRAZIE”, EN EL AÑO 2006.

  1. ¿Cómo nació la decisión de entrar al seminario menor?

En realidad, no fue una decisión mía, un acto de mi voluntad, sino más bien un acto de obediencia y de acogida de la voz de Dios, sobre todo a través de la iniciativa de mi Párroco. Un día, de acuerdo con mis padres, me propuso entrar al Seminario Menor de los Barnabitas (nosotros, al Seminario Menor lo llamamos Escuela Apostólica, y los seminaristas menores son “apostolitos” -apostolini-). Mi párroco conocía y estimaba a los Barnabitas porque se confesaba con ellos en Monza (una ciudad cercana a Biassono, mi pueblo natal). Yo era monaguillo, y le dije a mi Párroco que sí, con mucho gusto. Estaba feliz de poder ser sacerdote y no me arrepentí jamás de haber dicho que sí, ni de haberlo hecho a los 12 años. 

A los 5 años había hecho la Primera Comunión, y como era muy pequeño, al año siguiente hice de nuevo la Primera Comunión! A los 9 años recibí la Confirmación de manos del Arzobispo de Milán, Cardenal Schuster, ahora Beato. Frecuentaba asiduamente el oratorio, el catecismo, la vida parroquial…

Así preparado, partí para el Seminario Menor en Cremona.

  1. ¿Estaba contento de comenzar una nueva vida?

¡Contentísimo! En realidad, no era una vida totalmente nueva, porque también en mi familia y en la Parroquia era como estar en el Seminario: la vida cristiana de mis padres, de mis dos hermanos y mis dos hermanas era muy intensa, nos queríamos mucho. No participábamos jamás de una fiesta sin ir a la iglesia. Todas las mañanas yo acolitaba en la Misa. Mi mamá me levantaba de la cama, rezábamos las oraciones y me acompañaba a la iglesia. Nuestra casa estaba muy cerca: sólo nos separaba una calle de pocos metros, tanto que una vez una campana del campanil se cayó sobre el techo de casa, pero no hizo ningún daño. Por eso digo que el paso de la familia al Seminario fue una cosa simple, tranquila, natural.

  1. ¿Su familia qué decía? ¿Tenía algún pariente religioso?

No tenía todavía ningún pariente religioso, fuera de dos tías monjas. Pero tenía muchos amigos y conocidos religiosos: varios seminaristas de la Diócesis de Milán, un Montfortiano, un Dehoniano, un misionero del PIME, un carmelita, todos de mi pueblo. Pero sobre todo disfrutaba del ambiente familiar, donde todos éramos profundamente unidos y felices.

Mis familiares no sólo no me pusieron jamás obstáculos, sino que estaban contentos de mi vocación. De todos modos, yo vivía lejos de casa, en el Seminario de Cremona, a unos 100 km. En tiempo de guerra no venían muy seguido a visitarme, pero yo estaba tan contento que no sufría la distancia. Mi mamá me escribía y yo le respondía asegurándole que estaba bien. Mientras estaba en el Seminario Menor, mi hermana entró con las Hermanas de María Niña: ella me escribió contándome la noticia y no me sorprendió. Fue una religiosa fervorosa hasta la muerte.

  1. ¿Por qué decidió entrar en la Orden de los Barnabitas?

Yo no conocía a estos Padres. Mi Párroco, que se confesaba con ellos, me orientó al Seminario que ellos tenían en Cremona, patria del Fundador San Antonio María Zaccaria. El Párroco era un sacerdote muy celoso y amante de las vocaciones. Mandó a los Barnabitas a tres de nosotros: uno llegó a ser Superior General, otro un gran profesor, y yo Obispo. Una decena entraron al Seminario Diocesano y, en el verano, nos encontrábamos todos en la casa del Párroco, que nos cuidaba paternalmente. Nos escribía seguido al Seminario, yo le debo mucho a él. Quisiera añadir que, además de las vocaciones masculinas, hubieron en aquel tiempo muchísimas vocaciones femeninas. En un pueblo de unos 5.000 habitantes habían más de 100 religiosas!

  1. ¿Qué recuerdos tiene de los primeros tiempos?

En el Seminario habían cinco clses, del primero al quinto año de bachiller, cerca de 70 chicos, todos felices y amigos, más aún, hermanos. Estudiábamos mucho y rezábamos mucho. Teníamos muy buenos Superiores, que nos enseñaban todo: latín, griego, italiano, francés, historia y geografía. Desde ese entonces me apasionó la historia; también era bueno en latín, pero me costaba mucho entender la matemática. Los Padres nos enseñaban con empeño, sacrificio y competencia, y nosotros estábamos ávidos de aprender. Nos decían que el estudio y la piedad eran los pilares fundamentales de la vocación sacerdotal. Se vivía en un ambiente muy sereno, no extrañábamos a la familia porque estábamos como en una segunda familia. Nuestros padres venían a visitarnos una vez al mes.

En tercer año hicimos la toma de sotana, pero sólo la usábamos el domingo y las fiestas. En Cremona, el invierno es muy frío y húmedo por el río Po. Teníamos una sala de estudio grande, cada uno con su banco, pero una sola estufa para calentar el ambiente. Había un asistente, un seminarista de 5° año, que para ahorrar ponía poca leña, lo justo y necesario para romper el hielo. En la recreación, para calentarnos, dábamos vueltas corriendo alrededor del claustro… pero todos estábamos contentos, chicos de 12 a 16 años llenos de entusiasmo. Muchos estuvimos en contacto hasta la Misa (hasta la ordenación sacerdotal), y con otros, incluso hasta hoy. En verdad, habíamos aprendido que la familia religiosa es una segunda familia.

  1. ¿Cómo se desarrollaba una jornada en el Seminario Menor?

Nos levantábamos bien temprano, a las 5:30 o 6:00. Las primeras oraciones individuales y en común, la Misa diaria, la acción de gracias. El desayuno en silencio y después un poco de recreación. De 9 a 12:30, clases todos los días. Antes del almuerzo, el Angelus u otra oración. Después de comer, no dormíamos sino que jugábamos. No merendábamos, porque éramos pobres, tiempo de guerra, de hambre, y comíamos lo que había, aunque no nos gustara. A mí no me gustaba el zapallo, que nos daban casi todos los días, y tenía que comerlo con los ojos cerrados. Había mucha austeridad, templada por la alegría y … la juventud. A la tarde se estudiaba en absoluto silencio, se rezaba el santo Rosario, no teníamos la Liturgia de las Horas. Era un día completo y a la tarde estábamos cansados y nos caíamos de sueño.

No había monotonía, cada día era una novedad, aunque no había ni radio ni televisión. Se aprendía a vivir en comunidad, a superar las dificultades. La alegría, la buena voluntad, nos ayudaban mucho. Y nunca nos faltó la Providencia de Dios, espiritual y material. ¡No sé cómo hacían los Superiores para alimentar tantas bocas! Me olvidé de decir que nos confesábamos cada semana, generalmente los sábados.

  1. ¿Cómo eran las vacaciones?

Quince días de vacaciones en familia, no más. En la Parroquia seguíamos un horario casi como en el Seminario. Nos encontrábamos en la iglesia para la Misa y las otras prácticas de piedad. Hacíamos los deberes en la casa del párroco. Las vacaciones comunitarias eran en la montaña y hacíamos largas caminatas, muchos juegos, intercambiábamos las noticias de nuestros pueblos. No faltaban las fiestas populares con las procesiones. En fin, nos divertíamos, éramos felices con poco. También hacíamos alguna peregrinación para visitar los santuarios cercanos, sin gastar mucho porque había poco dinero.

  1. ¿Cuántos eran los seminaristas menores y cuántos perseveraron hasta el sacerdocio?

Como se ve en algunas fotografías de mi tiempo, llegamos a ser cerca de 70 seminaristas distribuidos en 5 clases. Gracias a Dios, alcanzamos un récord excepcional: casi 50 llegamos al sacerdocio. En mi clase éramos 12, y 11 nos ordenamos sacerdotes. ¿El secreto de tanta fecundidad? Pienso en la seria educación recibida, en la austeridad gozosa, en la gracia extraordinaria que el Señor no nos hizo faltar nunca. Sobre todo quisiera subrayar el testimonio de nuestros superiores: sus ejemplos han dejado un recuerdo indeleble, que incluso hoy, después de más de 50 años, llevamos grabado. Cuando nos encontramos con los compañeros, decimos: “¿Te acordás de aquello que nos decía el Padre tal?” Estoy seguro de que nuestra perseverancia se debe principalmente a sus ejemplos.

 

  1. ¿Le gustaba cantar? ¿estaba en el coro?

Todos los “apostolitos” (apostolini) estaban en el coro, excepto tal vez tres o cuatro que estaban encargados del servicio litúrgico. Teníamos un coso hermosísimo de 50 cantores, dirigido por un seminarista de 5º año. Cantamos muchísimas veces. Me acuerdo que cantamos incluso la “Missa Papae Marcelli” de Pier Luigi Palestrina a seis voces. Todavía hoy la recordamos. Además, muchos motetes clásicos, las Misas de Perosi, las Vísperas cada domingo…

Teníamos una iglesia muy grande, abierta a los fieles, dedicada a San Lucas Evangelista. Hacíamos liturgias solemnes. La música estaba verdaderamente, no digo en el centro, pero sí en un lugar relevante. Y nos gustaba mucho cantar. Toda la música religiosa.

Yo primero era soprano, después contralto y tenor. Pero no era un genio musical.

  1. ¿Le gustaba jugar? ¿Jugaban al fútbol los seminaristas?

¡Buena pregunta! ¿A qué chico, a qué seminarista, no le gusta jugar? En el equipo de fútbol yo era el centro delantero y hacía los goles. También teníamos otros juegos: por ejemplo, la pelota “envenenada”: al que golpeaba, perdía. O también el juego de “robar banderas”: el que agarraba primero un pañuelo, ganaba. No teníamos cancha, sino un patio bastante grande y allí pasábamos las horas de recreación. Cuando llovía, íbamos al corredor.

  1. ¿Qué trabajo hacían?

Nada especial, sólo trabajos manuales, limpieza. Nuestro trabajo era el estudio y la oración. No teníamos jardín, ni huerta, sino un hermoso claustro con muchas flores, que cuidaba un Hermano.

  1. ¿Desde el Seminario Menor conocía la vida del Santo Fundador, la historia de su Orden?

¡Por supuesto! Nos enseñaban la devoción a S. Antonio María Zaccaria, a S. Alessandro Sauli, a S. Francesco Saverio Maria Bianchi (canonizado en 1951); estudiábamos sus biografías. Nos gustaba mucho leer un librito titulado “Nuestra santa Familia” (“Santa Famiglia nostra”) para conocer a tantos Barnabitas muertos en olor de santidad, siervos de Dios, venerables. Esto nos entusiasmaba porque también nosotros podríamos entrar en esta familia de santos. Desde entonces me dediqué a leer la historia de los Barnabitas, cuatro siglos de vida. De grande, yo mismo he escrito muchas biografías de mis hermanos.

  1. ¿Cómo vivían la fiesta de Navidad, de Pascua, etc?

Nos quedábamos en el Seminario. En ese tiempo no íbamos a casa. Ahora sí. Hacíamos celebraciones litúrgicas solemnísimas, bien preparadas y participadas con fervor. Cada “apostolito” (apostolino) tenía su oficio: servir el altar, cantar, etc. La gente quedaba edificada con nuestro comportamiento. Teníamos “madrinas” benefactoras que nos ayudaban económicamente y nos observaban cuando entrábamos en la iglesia a rezar. De estas fiestas solemnes no nos perdíamos ninguna, con cantos siempre nuevos, liturgias y vigilias bien organizadas. Sin saberlo, nos introducíamos en el surco de las tradiciones, que son un fuerte sostén incluso de la vocación.

  1. ¿Cuál piensa que sería el mejor modo de vivir el tiempo del Seminario Menor como preparación al sacerdocio?

Vivir intensamente la vida de la Iglesia, escuchando la voz del Santo Padre y de los Obispos, rezando por los problemas y los ataques que los enemigos no cesan de lanzarle. Además, alimentar un gran amor al Instituto y a los superiores: ellos tienen el carisma para guiarnos, para hacernos crecer en las virtudes. Cada día el seminarista debe dar un paso adelante desde el punto de vista espiritual y cultural, con la misma intención expresada por esas palabras que la liturgia dice a los Diáconos: “Cree siempre lo que proclamas, enseña lo que has aprendido, vive lo que enseñas”.

El seminario es escuela de santidad, de fe y de amor, un lugar donde no falta jamás la gracia del Señor, una hermosa familia. 

  1. Si tuviera que dar un consejo a los seminaristas de su Congregación y de la nuestra, ¿qué les diría?

Participar activamente y seguir las enseñanzas del Fundador, hacer lo que hacen los otros Institutos. Estar unidos espiritualmente como una única y gran familia. No sólo pedir y recibir, sino también dar. Todos debemos dar algo a los otros en una verdadera comunión de espíritu. Es un intercambio de dones espirituales, de caridad fraterna, de tal modo que uno se sienta parte viva del Instituto.

Pienso en este momento en la herencia que nos han dejado nuestros mayores, en los ejemplos de Marcelo, del P. Costantini, del P. Benito, como también en el testimonio de numerosas hermanas Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará. Así podremos vivir a la altura de la vocación que hemos recibido y de la misión que un día deberemos cumplir.

En este tiempo de Seminario deben crecer en amor, en número y en calidad. Como Jesús a los 12 años crecía en edad, en sabiduría y en gracia, delante de Dios y de los hombres. Bastaría que un seminarista menor fuese santo para santificar, no solo a su comunidad, sino al mundo entero.

 

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