Entrevista a la mamá del padre Popieluszko

En una entrevista a su mamá, publicada en el año 2013 por la revista Ave María número 788, ella recuerda algunos aspectos de su hijo. La sencillez y profunda fe de esta madre, nos muestran con cuánta dignidad ella vivió su vocación de ser madre de un sacerdote y mártir de Cristo:

«–¿Cuál es la más significativa de las enseñanzas de su hijo? –“Vence el mal con el bien”. Si la gente pusiera en práctica estas palabras, estaría mejor; y si la gente está mejor, el mundo también estará mejor’.

–Usted es la madre de un Santo. ¿Qué fue lo más importante en la educación de su hijo? –Siempre recordé a mis hijos que dijeran: “Que Jesús sea alabado”. Cuando entro en una iglesia, mi corazón se regocija y exclamo: “Que Jesús sea alabado”. El padre Jerzy sabía que el Señor es lo más importante en la vida.

–¿Iba a la iglesia todos los días cuando era monaguillo? –Sí, en cualquier clima, en cualquier estación. Se levantaba a las cinco de la mañana todos los días para ir a la iglesia y caminar cuatro kilómetros cruzando el bosque desde Okopy hasta Suchowola. Como monaguillo jamás se perdió la misa, ni siquiera una vez. Nunca se quejaba de estar cansado. Nunca lo hizo: él era así. […] Recuerdo en particular el tiempo en el que se estaba preparando para su primera comunión; él era un estudiante muy aplicado. Era paciente, constante y trabajador. El párroco me dijo: “Señora, su hijo tiene talento, puede llegar a ser muy bueno o muy malo, depende de cómo sea criado”. Lo crié lo mejor que pude, y le enseñé a no mentir. Él sabía que en casa no había lugar para la falsedad, que no debía robar ni siquiera una pera de un árbol en el camino.

–¿Recuerda el momento en que Jerzy le dijo que quería ser sacerdote? –Sí, después de los deportes, al finalizar el tiempo escolar, fue al seminario de Varsovia a entregar sus documentos. En aquella ocasión subía a un tren por primera vez, pero no se perdió. Creo que eligió el seminario de Varsovia porque era el más cercano a Niepokalanów (un pueblo no muy distante de la capital de Polonia, cuyo nombre significa “pueblo de la Inmaculada Concepción”; allí el padre Maximiliano Kolbe estableció una importante comunidad franciscana). Estaba profundamente ligado a este lugar, quizá porque cuando estuvo un tiempo con su abuela, había encontrado muchos números de la revista “Rycerz Niepokalanej” (“El Caballero de la Inmaculada”). Los tenía con él y siempre los hojeaba. Por entonces deseaba ir a Niepokalanów. Hablaba mucho del padre Kolbe: lo consideraba como un ejemplo. Recuerdo que, cuando vino a casa, trajo imágenes y diapositivas del padre Maximiliano. Mostró las diapositivas a todas las personas de la aldea que se reunieron en nuestra casa para la ocasión. Contó de su vida, y se emocionó cuando habló de su arresto, su prisión y martirio en el campo de concentración. Era muy sensible. Fui muy feliz cuando fue ordenado sacerdote y recé todo el tiempo para que permaneciera fiel a Dios, ya que esto es lo más importante en la vida.

–¿Volvía poco a casa mientras estudió en el Seminario? –Habitualmente venía a casa cuando tenía vacaciones. Nos ayudaba en la cosecha y en la construcción del granero. Lamentablemente era propenso a enfermar, en particular porque había sido operado de tiroides después del servicio militar. Su salud había empeorado en el ejército. Sufrió muchas injusticias, aunque nunca nos contó nada, nunca se quejó. Él era así. Después de su muerte, sus compañeros soldados nos contaron del abuso que había sufrido. Un día fue forzado a permanecer descalzo en la nieve, porque se había negado a entregar su rosario. Después de terminar sus estudios, venía a casa menos aún. Un día me dijo: “Mamá, tienes muchos niños y cuidas de ellos. Yo tengo muchos más y tendré que dar cuenta a Dios de ellos”. La última vez que vino a casa me dejó su sotana diciendo: “Me la llevaré la próxima vez. De lo contrario, tendrás un recuerdo mío”. La he conservado hasta ahora.

–Después del funeral de su hijo, usted declaró que los que lo asesinaron no habían peleado contra él, sino contra Dios…–Sí, lo hice, porque ellos no apuntaron a Popiełuszko sino a la Iglesia. Su muerte seguirá pesándome mientras viva. Es un gran dolor. Es una herida que no sanará, es imposible de olvidar. Pero no condeno a nadie. Dios los juzgará un día. Pero sería feliz si para entonces se hubieran convertido»[1].

[1] Asociación de Sacerdotes y Religiosos de San Antonio María Claret, Revista Ave María, n. 788, Barcelona mayo-junio 2013, 27-29.

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