El ejemplo de la madre de San Juan de la Cruz – P. Juan Manuel Rossi, IVE

Cartago, Túnez, 14 de diciembre de 2020

A todas las madres de las 40 horas

 

La Iglesia nos propone hoy celebrar a san Juan de la Cruz, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte en 1591. Juan de la Cruz en uno de los gigantes de santidad de toda la historia de la Iglesia. Y además un maestro de santos. San Juan Pablo II lo llamó «el gran maestro de los senderos que conducen a la unión con Dios» (Homilía en Segovia, 4 de noviembre de 1982).

A mi modo de ver, el gran arte de Juan de la Cruz como guía de las almas es haber identificado y descrito de manera acabada no solamente la unión con Dios, es decir, la misma santidad o perfección del alma; sino también, y sobre todo, el medio más proporcionado para llegar a esa unión que es el que Jesús usó para obrar nuestra redención: la cruz. A lo largo de sus escritos se puede ver cómo declara el camino de perfección como una «viva muerte de cruz sensitiva y espiritual» (Subida del Monte Carmelo, libro 2, cap. 7), a la zaga de la huella de Cristo, sea en el ejercicio de lo que nosotros podemos dar a Dios (renuncia total a las cosas que no son Él, ejercicio de las virtudes cardinales y teologales), sea en el consentimiento que damos en fe y caridad a lo que Dios quiera darnos más allá de nuestras fuerzas, como medio de conformación a Él (entiéndase enfermedades, soledades, persecuciones, padecimientos, desprecios, humillaciones, desolaciones en la oración, fracasos, etc., etc.). Para Juan de la Cruz el ejercicio de la cruz abarca toda la vida, y todas las acciones, interiores y exteriores. Así como Cristo hizo de su vida una continua oblación, y un perpetuo anonadamiento: «He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad» (cf. Heb 10,7).

Esta lógica espiritual de san Juan de la Cruz es un eco del Evangelio: «Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame» (Mt 16, 24). Sobre lo cual dice el santo en carta a un religioso: «Si en algún tiempo, hermano mío, le persuadiere alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace, aunque se la confirme con milagros, sino penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las cosas. Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz» (Epistolario, 24).

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), que es la gran comentadora de la obra de san Juan de la Cruz, dice que se ve en él, en su naturaleza de artista, de un modo muy notorio lo que ella lama el «realismo de los santos», es decir, esa fe viva que les permite sentir como actualmente dirigidos a sí mismos los misterios más importantes de nuestra redención. Por ese realismo los santos viven de cara al misterio de Cristo, sienten su fuerza y su dejan moldear por Él, conformando a Él sus decisiones y sus juicios. «Cuando un alma santa acepta así las verdades de la fe, éstas se le convierten en la Ciencia de los Santos. Y cuando su íntima forma está constituida por el misterio de la Cruz, entonces esa ciencia viene a ser la Ciencia de la Cruz» (Edith Stein, Ciencia de la Cruz, Intr.).

Esta Ciencia de la Cruz y del Crucificado es el gran secreto de san Juan de la Cruz, y el corazón de su enseñanza. Y es un secreto y una enseñanza que, como señala allí mismo Edith Stein, le habían venido al santo primeramente por vía de su madre. Fue esta santa mujer, llamada Catalina Álvarez, la que le llevaba a rezar desde su más tierna infancia ante la imagen del Cristo crucificado de la Parroquia de Fontiveros, su pueblo, y ante la de la Dolorosa que, a sus pies, custodiaba su sacrificio.

Pero no solamente marcó Catalina a su hijo Juan con mostrarle al Salvador muerto por él y a la Virgen a su lado, en actitud de sacrificio. Su vida misma era un ejemplo de amor a la cruz. Como si Dios hubiese querido preparar al que iba a ser «Doctor de la perfecta abnegación» (como lo llama el padre Alfonso Torres, SJ), por medio de los grandes trabajos que había de padecer con victoriosa entereza su buena madre.

Huérfana de joven, esta muchacha de gran virtud, según el testimonio de sus contemporáneos, iba a tener que emplearse como tejedora en casa de una dueña de telar de la villa de Fontiveros. Allí conoció a Gonzalo de Yepes, comerciante de telas que pasaba por este pueblo habitualmente de camino a Medina del Campo, ciudad donde proliferaba el comercio textil. El casamiento se realizó pobremente, a punto que los biógrafos de Juan de la Cruz afirman que la familia de Gonzalo lo desheredó por este enlace desigual, lo que da muestra de la pobreza de la joven Catalina, de la hombría de Gonzalo, y de lo que valía el alma de esta mujer, como para dejar por ella toda fortuna. De este matrimonio que se formó bajo el signo de la cruz nacieron tres varones, Francisco, Luis (fallecido a muy corta edad), y Juan. Siendo Juan de unos dos años, su padre enfermó y en su enfermedad se gastaron los pocos ahorros de la familia. Tras su muerte, Catalina quedó sola con dos hijos, Francisco ya en edad de formarse (alrededor de 10 años) y Juan muy niño. Comenzó entonces a recorrer con ellos los caminos de Castilla, intentando recabar alguna ayuda de los parientes de su esposo, lo cual le fue fuente no solamente de grandes fatigas sino también de muchas humillaciones y desprecios. Algunos biógrafos de san Juan de la Cruz llaman a estas marchas de madre enamorada con este nombre sugestivo: «la peregrinación del hambre» (por ejemplo, José Vicente Rodríguez, OCD, Juan de la Cruz. La biografía, 87).

Tras muchas negativas, y sin recursos para seguir viviendo en un pueblo tan pequeño como Fontiveros (donde a veces sólo tenían para comer pan de cebada), se trasladó la viuda con sus dos hijos primero a Arévalo y luego a Medina del Campo, ciudad emergente, de relevancia a nivel europeo en lo referido al comercio sobre todo de telas. Sin dejar de ser pobres, su situación allí se estabilizó un poco. Francisco se había casado en Arévalo por consejo de su madre con Ana Izquierdo, y en Medina ayudó con su trabajo a que su hermano Juan pudiese cursar estudios de humanidades en los jesuitas. La leve mejoría económica trae nuevos trabajos a Catalina: no solamente el haber dejado la tumba de su marido y su hijo en Fontiveros, y sus lugares de juventud, también la muerte de siete de sus ocho nietos en temprana edad, y la necesidad de seguir empeñándose afanosamente en su trabajo como tejedora y a veces como nodriza. A esto se suman la gran cantidad de pobres que tanto ella como Francisco traían a la casa, para compartirles lo poco de que gozaban. Un biógrafo dice que era toda una familia «entregada a hacer el bien desde su pobreza» (José V. Rodríguez, Juan de la Cruz. La biografía, 121). Los pobres les adquirían cariño y confianza, como se puede constatar de las muchas veces que Catalina figura como madrina de bautismo de niños de familias pobres y también de niños abandonados.

Toda esta situación de sacrificio vivido en caridad y cristianamente en el seno de su hogar, influyó de manera decisiva en el alma de san Juan de la Cruz. Para él, «tan sujeto a privaciones desde que nació» (Crisógono de Jesús, OCD, Vida de san Juan de la Cruz, 37), «sólo existía una vida al servicio de Dios, y el servicio de Dios incluía primordialmente toda obra de caridad, y lo hacía con los enfermos tal cual lo había visto hacer a su madre y a su hermano Francisco» (Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, Tiempo y vida de san Juan de la Cruz, 104). Por eso se entregó desde muy joven al servicio de los beneficiarios de un hospital de enfermedades venéreas, a pedir limosna para las hermanas del Colegio de los doctrinos, y a completar sus estudios de humanidades, tras los cuales, y movido por su devoción mariana, aprendida de su madre, se presentó a la puerta del Convento del Carmen de Medina para pedir la admisión como novicio.

La fuerza de la imagen materna en el alma del santo se puede ver, entre otras cosas, en las veces que compara a Dios con una madre. Para él, el amor de Dios, especialmente en el alto estado de unión, es tan grande «que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare» (Cántico espiritual, 27, 1). El amor que Dios nos tiene es por sobre todo otro amor, ciertamente, pero a la hora de tener que describirlo, el santo recurre a lo más alto que él ha experimentado, y usa una expresión de origen bíblico que es de una gran ternura pero a la vez de un muy fuerte realismo: «La amorosa madre de la gracia de Dios».

En otras ocasiones describe acciones de esta gracia de Dios, que es una madre amorosa porque nos reengendra a una nueva vida, sobrenatural; y en estas descripciones se adivinan recuerdos de los años más humanamente difíciles. Dice, por ejemplo, para indicar cómo algunas almas se aferran a sus propios criterios de santidad y no dejan a Dios que obre en ellas: «hay almas que, en vez de dejarse a Dios y ayudarse, antes estorban a Dios por su indiscreto obrar o repugnan, hechas semejantes a los niños que, queriendo sus madres llevarlos en brazos, ellos van pateando y llorando, porfiando por se ir ellos por su pie, para que no se pueda andar nada, y, si se anduviere, sea al paso del niño» (Subida del Monte Carmelo, Prólogo, 3). Esto, que recuerda a esos caminos de Juan en brazos de Catalina durante la «peregrinación del hambre», es lo que sucede en el orden sobrenatural, con aquellos que quieren conseguir todo a fuerza de brazos, y con mucha actividad, sin dejarse mover y moldear por esa madre amable que es Dios, el cual podría adelantarnos en poco tiempo mucho más que nosotros en años de ejercicios por voluntad propia.

Otra vez compara a Dios con una madre cuando habla de cómo Él nos da a su tiempo, y según nuestra necesidad espiritual, consolaciones y desolaciones (utilizando la terminología de san Ignacio de Loyola): «Es, pues, de saber que el alma, después que determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos le calienta, y con leche sabrosa y manjar blando y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le regala. Pero, a la medida que va creciendo, le va la madre quitando el regalo y, escondiendo el tierno amor, pone el amargo acíbar en el dulce pecho, y, abajándole de los brazos, le hace andar por su pie, porque, perdiendo las propiedades de niño, se dé a cosas más grandes y sustanciales» (Noche oscura, libro 1, capítulo 1). Por eso de Dios tenemos que recibir los bienes y los males con igual reconocimiento de corazón, porque en una fidelidad inquebrantable nos hacemos dignos de sus comunicaciones más interiores y de manifestaciones suyas más adentro.

Un detalle más vale mencionar para terminar de dar una idea de lo que significó el ejemplo de su madre para la personalidad tan extraordinaria que fue Juan de la Cruz, y lo vemos en la convicción que él tenía de la vocación universal a la santidad, y en particular, porque es el caso, en el esmero que ponía en mover a mujeres que él veía con ánimo de pasar adelante. A este respecto, es llamativo el hecho de que su obra de más elevada mística, que es la Llama de amor viva, la haya dedicado el santo a una mujer laica. Y allí da cuenta de la certeza que él tenía de que Dios llama sin excepción a los altos estados de la unión: «aquí nos conviene notar la causa por que hay tan pocos que lleguen a tan alto estado de perfección de unión de Dios. En lo cual es de saber que no es porque Dios quiera que haya pocos de estos espíritus levantados, que antes querría que todos fuesen perfectos, sino que halla pocos vasos que sufran tan alta y subida obra; que, como los prueba en lo menos y los halla flacos (de suerte que luego huyen de la labor, no queriendo sujetarse al menor desconsuelo y mortificación) de aquí es que, no hallándolos fuertes y fieles en aquello poco que les hacia merced de comenzarlos a desbastar y labrar, eche de ver lo serán mucho más en lo más, y mucho no va ya adelante en purificarlos y levantarlos del polvo de la tierra por la labor de la mortificación, para la cual era menester mayor constancia y fortaleza que ellos muestran. Y así, hay muchos que desean pasar adelante y con gran continuación piden a Dios los traiga y pase a este estado de perfección, y, cuando Dios los quiere comenzar a llevar por los primeros trabajos y mortificaciones, según es necesario, no quieren pasar por ellas, y hurtan el cuerpo, huyendo el camino angosto de la vida (Mt 7, 14), buscando el ancho de su consuelo, que es el de la perdición (ib. 7, 13), y así, no dan lugar a Dios para recibir lo que le piden cuando se lo comienza a dar. Y así, se quedan como vasos inútiles (ib. 6, 15) porque, queriendo ellos llegar al estado de los perfectos, no quisieron ser llevados por el camino de los trabajos de ellos, pero ni aun casi comenzar a entrar en él, sujetándose a lo que era menos, que era lo que comúnmente se suele padecer18.» (Llama de amor viva, canción 2, verso 5, 27).

Y esta es la esencia del mensaje de Juan de la Cruz, y es la esencia de lo que su madre le enseñó con sus palabras y con el ejemplo de su vida. Que hay que ir a Dios por la cruz, esforzándose por Él, ciertos de que Él «es tan agradecido, que un alzar de ojos con acordarnos de Él no deja sin premio» (Santa Teresa, Camino de perfección, 23, 3). Que haya muchas madres que se convenzan de que pueden ser muy santas si ponen en su corazón a solo Dios y a todas las otras cosas por amor de Él. Y que de estas madres santas, Dios nos quiera dar muchos santos grandes, como el místico doctor san Juan de la Cruz.

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