FORMACIÓN – SEÑALES DE VERDADERA VOCACIÓN, P.E. BUSUTTIL, S.J.

SEÑALES DE VERDADERA VOCACIÓN

1) Miedo del mundo y de sus peligros

No se trata de cobardía, o sea, miedo de ser maltratados o de no poder hacer una vida burguesa y tranquila. Se trata más bien de un verdadero conocimiento de la malicia espiritual y moral del mundo y de la dificultad seria de permanecer fieles a la Ley de Dios.
Y si somos sinceros:
¡qué difícil es permanecer puros en el mundo con tantos incentivos, ejemplos y tentaciones provenientes de toda clase de personas, compañías, lecturas y circunstancias de vida!
¿Cómo ser buenos en un mundo en el cual es tontería ser leal, motivo de aversión ser cristiano, anormal el no ser bestialmente inmundo, fácil presa ser concienzudo?
Es verdad que en el mundo hay también santos, pero ¿a qué costo? ¿Qué temple de cristianos han de tener? Sin contar que muchas veces llegan sí, a un cierto grado de bondad, pero después de mil caídas y desórdenes y por un golpe brusco de la gracia.
¿Y yo me sentiré tan fuerte? ¿Creo posible para mí atravesar ese barrizal sin llenarme de barro?
Muchos jóvenes a la vista de este espectáculo tan nefando del mundo no se conmueven. No piensan o no aspiran a ser buenos. Otros, en cambio se sienten agitados y movidos; esto quiere decir que llevan en el corazón el germen de un camino elevado y santo, o sea, la vocación.

2) Atracción a la pureza

Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios, y aún muchas veces… le tocarán en los divinos misterios. A veces uno se encuentra con jóvenes que son una excepción, pasan a través de un mundo de pecado y parece que no sienten nada, viven en ciertas situaciones escabrosas y van como ciegos, están llenos de vida y de fuerza y completamente dueños de sí mismos.
Se ve que para ellos existe una Providencia especial. Mientras otros en ocasiones menos peligrosas caen, ellos… nada, y muchas veces sin gran esfuerzo. Dios los conserva intactos; el Ángel de la Pureza pone el escudo de sus alas delante de sus ojos y no ven, oyen y no entienden, saben pero no caen en la cuenta.
¿Por qué razón Dios los mantiene intactos? Ciertamente por alguna causa. Dios obra siempre por algún fin. Muy probablemente porque los quiere por el camino que no se puede andar sin pureza. Y más aún si se trata de un joven que sabe, que ha visto, que comprende y que quizás ha sentido en sí las pasiones más violentas pero que ha encontrado en la gracia y un poco en su carácter la fuerza y la energía para no caer. Entonces se ve claro que ahí está el dedo de Dios y que estamos frente a un joven llamado a la perfección.
Clarísimo además cuando existe lo que los ascetas llaman el “instinto” de la pureza. Es algo que no se puede definir ni describir, pero que no obstante hace al alma tan delicada que esquiva cualquier sombra de impureza, y aun quizá sin saber siquiera qué significa pureza. Como sucede a los párpados que se cierran instintivamente apenas se acerca al ojo cualquier inoportuno mosquito. Es como un instinto hacia la virginidad, una como aversión casi natural hacia el pecado impuro.
Como Santa Margarita María Alacoque, que a los tres años, sin saber nada de lo que significaba, hace voto de virginidad. Santa Rosa de Lima hace lo mismo a los cinco años. San
Luis Gonzaga a los ocho años, y en esta materia es tan delicado que llega a prevenir a la misma tentación. ¡Un privilegio especial de Dios!

Cuando se encuentra una gracia tan sublime en un alma, está demasiado claro que Dios no la quiere para que haga una vida común y casi sin sentido. Ciertamente quiere que se distinga en la vida de santidad y que haga grandes cosas por su gloria.

3) Desear tener vocación

¡Cuántas veces ocurre al ver pasar algún religioso por la calle, decir en lo íntimo del corazón “¡Feliz él! ¡Si tuviese también yo vocación; la gracia de ser como él!”.
Este deseo seguramente no proviene del demonio ni tan siquiera de la propia naturaleza, porque todos sabemos que la vida del religioso es una vida llena de sacrificios y de renuncias.
Por eso hay algo de sobrenatural en eso que gusta y atrae.
Cuando un joven empieza a tener ese secreto deseo, bien puede sospechar que se halla bajo la acción de Dios. Aunque este deseo no exista actualmente, si se ha tenido alguna vez en la vida no debe despreciarse, sino que ha de ser examinado y se deben ver las causas por las cuales ha sido abandonado. Quizás se trate de una gracia de Dios que se ha perdido por causa de una conducta indigna, quizás solamente se la tiene dormida y entonces puede ser que se despierte con la oración.
Es un deseo que se siente de cuando en cuando y que revive en la oración o después de la Sagrada Comunión o en los días de calma y de Ejercicios espirituales. Cuando el alma se pone en contacto con Dios, Dios le habla más claramente.
Y muchas veces este deseo indefinido llega a la certeza de la convicción: “Sí, me haré religioso; lo demás no vale nada; es lo que me conviene…”.
Aquí Dios llama claramente.
Un jovencito de quince años se me presenta un día:
—Padre, necesito oraciones. ¡Ruegue por mí!
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¡Bueno! ¿Pero qué es lo que quieres conseguir?
—Tengo un deseo grande de hacerme sacerdote, pero temo que no llegaré. Temo que no tenga vocación. Pero la quiero tener. No sé si eso es pecado, pero ¡yo quiero de veras esa gracia!
Sonreí. ¿Qué señal más clara quería este muchacho para estar seguro de que Dios le llamaba?

El P. Doyle dice: ¿Te ha ocurrido alguna vez preguntarte a ti mismo: ¿Cómo podré saber si tengo vocación o no? Bastaría esto para tener una señal cierta de vocación .
¡Pero podría ser una veleidad! Cierto. Por eso precisamente es necesario cultivar ese deseo, pedirlo y después esperar a que el tiempo hable. Un deseo que dura tres meses no puede ser una cosa pasajera. Y si en un joven de quince años dura un año, bien podemos decir que se trata de una cosa muy seria.

4) Conciencia de la vanidad de las cosas de la tierra.

¡Todo acaba, todo es vano! ¿Vale la pena de emplear toda una vida para conseguir estos bienes caducos que no valen, que no son capaces de dar un minuto de serena alegría?
Y este sentimiento se introduce de un modo particular durante las diversiones o poco después de ellas. ¡Qué necio es el modo de pensar y de obrar de los hombres! ¡Todo artificial, todo pasajero!

Me hallé presente en una conversación entre dos muchachos. El uno hablaba de sus proyectos de carrera, riquezas y fama. El otro de vez en cuando intercalaba el discurso con un: “¡Bah!, ¿y qué vale todo eso? ¿Para qué te sirve todo eso? ¿Qué harás con los aplausos y la estima de todo el mundo?”.
Me impresionó y quise preguntarle a solas.
—¿Y tú qué serás?
—No sé; confío en que Dios me haga la gracia de ser sacerdote. ¡Yo no deseo tonterías como mi amigo! ¡Es un iluso! No entiendo qué gusto encuentra en querer ser rico y poderoso…
Y después añadió:
—¡Aquello no es la grandeza!
Todavía es reciente el caso de Eva Lavalliere. Aquella tarde la hicieron salir al tablado varias veces para saludarla efusivamente. Los aplausos del público delirante demostraban que veían en ella a la diva, a la reina del escenario. Pero a poco de la representación se cambia rápidamente sus vestidos y por un camino solitario se dirige al Sena. La vista extraviada, el paso incierto, la frente rugosa, indicaban claramente que sufría una tempestad en el corazón. ¡Exacto! Era la amargura desesperada que deja en el corazón la mentirosa gloria humana que únicamente es capaz de saciar a los que no tienen sentimientos nobles. Eva Lavalliere pensaba arrojarse al río y terminar para siempre con aquella vida que no sabía darle lo que necesitaba. Y al barquero que la detuvo le gritó fuera de sí:
—¡Déjame en paz! ¡Soy la mujer más infeliz de este mundo! ¡Estoy desesperada! Más tarde, cuando después del Noviciado pronunció sus votos religiosos en un monasterio, dijo a los periodistas que la querían entrevistar para publicar los pormenores emocionantes de aquel cambio tan extraordinario:
—¡Digan a todos que soy la mujer más feliz del mundo!
A veces este desprecio del mundo confina con el odio; sentimiento que Jesús mismo tuvo, pues maldijo al mundo y no quiso rogar por él. Fijémonos en que no es un odio hacia los hombres sino más bien hacia el modo de pensar, de obrar y de considerar las cosas que tienen los que viven según las máximas del mundo.

5) Atracción a la oración

Un deseo indecible de sentirse unido con Dios, de conversar con Él, de orar. Querer estar solo, casi diría escondido; amar, pensar y orar. El joven siente que quiere hacer oración, le asalta el temor de que no ruega bastante, y en la oración encuentra calma y gozo porque reza o porque ha rezado.
¿No habéis entrado nunca en alguna iglesia hacia el atardecer? Entrad y no será raro que veáis a cualquier jovencito en algún ángulo rezando.

La vida eucarística se intensifica de un modo casi natural. De los jóvenes a los que he ayudado en su vocación puedo afirmar que no había uno solo que no comulgase diariamente. Sin embargo, no es necesario que comulgue cada día para poder decir que un joven se siente atraído hacia la oración. Cuando se ve que uno va pasando de la Comunión mensual a la semanal o de la falta casi total de oración a la convicción o a la necesidad de orar mucho, puede ser señal de que Dios se quiere hacer oír.
Un día tuve un coloquio con un joven de catorce años y lo que más llamó mi atención fue su preocupación, porque decía que rezaba poco y que no sabía hacer oración. Aquello era su problema. A los tres meses ya tenía vocación.
Otro me decía que recitaba seis Rosarios diarios.
—¿Y cómo puedes hacerlo? ¿Durante la clase?
—¡No! Por la calle, yendo a casa, durante las filas, esperando al profesor, y luego digo dos con toda calma en casa o en la iglesia.
Inútil es decir que el ideal de la vocación estaba ya alto y esplendente en el horizonte de su alma.
Con frecuencia todo esto va acompañado del gusto por la oración y por las consolaciones espirituales. El muchacho que siente estos gozos no irá a otro sitio a buscar su felicidad; sin más comprenderá que la vida religiosa debe ser una vida de paraíso y verdadera felicidad.

6) Deseo de sufrir

Nos parece injusto el saber que Jesús sufrió por nosotros mientras gozamos de tantas pequeñas comodidades. El pensamiento de tantos pecados y de tanta ingratitud para con Dios de parte de los hombres deja, es cierto, indiferentes a los más, pero hiere a otros en lo más vivo y les hace sentir el deber de sufrir y sacrificarse para asemejarse a Jesús y para reparar lo que hacen tantos pecadores.
Muchas veces no piensan en los porqués. Su amor a Dios los empuja a ello.
Puede darse que se trate de un penitente sincero; alguna vez, en cambio, es como una necesidad del corazón que comprende no poder amar a Dios sin sufrir. Entonces es cuando se ve a estas almas entregarse al sacrificio, renunciar voluntariamente a tantos devaneos y aun diversiones lícitas, procurarse instrumentos de penitencia para hacer sufrir al cuerpo y así encontrar el gozo y la paz del alma y sentir la sensación de que empiezan en serio a amar a Dios.
Crece por lo tanto la devoción al Sagrado Corazón, devoción de amor y reparación, admiran a los religiosos porque llevan una vida de sacrificio y practican la compunción del corazón que conduce a la mortificación no sólo interna sino externa.

Conocí dos jovencitos que durante el recreo, después de haber rezado un poco, buscaban un sitio escondido y… andaban de rodillas sobre las piedras… para sufrir. Un muchacho de trece años ponía una tabla sobre un colchón disimulando y diciendo que dormía más cómodo; otro, como San Luis, atormentaba su sueño con piedrecillas metidas entre las sábanas. Vi a otros que dormían sobre el desnudo suelo, ¡y cuántos otros me han pedido, no en vano, instrumentos de penitencia!
Esta es una de las señales más sólidas y seguras de vocación, y desde estas páginas quisiera decir a todos que hemos de presentar la vida religiosa tal como ella es en realidad, o sea, vida de renuncia y de sacrificio. Es inútil procurar mitigar este lado incómodo de la vida religiosa. No sería sincero y, por lo demás, esconderíamos lo que la vida religiosa tiene de más atrayente.

Precisamente hace pocos días una joven, a quien yo dirijo espiritualmente, se presentó a las Hermanas Franciscanas Misioneras de María para ser admitida en su Congregación. Por primera providencia las Hermanas empezaron a desanimarla diciéndole que su regla era muy rígida y difícil, que pocas llegaban a resistir y que la mayoría tenía que volverse atrás. Al principio quedó un poco angustiada, pero luego quiso ir al Noviciado de Grottaterta para ver y probar cómo era la realidad. La Madre Maestra de novicias la acogió con un: “¡Ni pensarlo! ¡Nuestra regla es muy dura; Usted no podrá resistir!”.
Alabé el modo de obrar de estas religiosas, que demostraban ser muy serias en su reclutamiento. No obstante, sobre la joven produjo el efecto contrario, pues me dijo:
—Si hay que sufrir, tanto mejor. Yo no quiero hacerme religiosa para estar bien, sino para crucificarme con Jesús.
Y es que el que tiene verdadera vocación no teme al sacrificio; en cambio, si un joven pide abrazar la vida religiosa y permanece perplejo al pensamiento de que tendrá que sufrir y renunciar a todo, conviene ir despacio y hacerle esperar un poco más y mientras no empiece a querer el sufrimiento, seamos poco entusiastas de su vocación.

La vida religiosa es un paraíso, pero porque es una continua crucifixión: no es alegría según el mundo, sino lo contrario de aquella del mundo.

No queremos vocaciones de agua de rosas, de jóvenes que quieren darse a Dios… hasta cierto punto. ¡Váyanse en buena hora! La vida religiosa necesita héroes y únicamente el que quiere sufrir y seguir a un Rey coronado de espinas y cubierto de salivazos, puede que llegue a ser un verdadero religioso, y con esto, santo, feliz y llamado de Dios.

7) Espíritu de generosidad para con Dios

No estar nunca satisfecho de lo que uno hace por Dios, no decir nunca basta, querer hacer siempre más. Si se empieza a experimentar una cierta inquietud, una santa impaciencia de hacer siempre más por Dios, estamos frente a un amor genuino hacia Jesús, frente a la comprensión práctica de lo que Él ha hecho por nosotros, y a la nulidad y debilidad de nuestros esfuerzos para amarle y para pagar su exquisita bondad y condescendencia.
Aquel querer amar a Jesús hasta la locura, aquel atormentarse continuamente porque no aman a Dios como quisieran, aquel querer hacer no se sabe qué para demostrar su amor, empuja a estas almas a verdaderos heroísmos de generosidad. El amor de Dios les es alegría y tormento al mismo tiempo; alegría porque lo tiene de veras, tormento porque no es como y cuanto quisieran.
¿Estado místico? No, precisamente.
He visto almas así y les he hablado de vocación. La mayoría nunca habían pensado, pero mi proposición les parecía tan natural que no dudaban de que Dios las llamaba para ser todas suyas y para siempre.

8) Horror al pecado

Es un miedo saludable del pecado, al que se considera como el verdadero y único mal del alma. Mientras ven sumergirse a amigos y conocidos en la corrupción y en la ruina espiritual, ellos desean un medio que los aleje de tantos peligros. Buscan un modo de vivir en el que el pecado sea imposible.

9) Deseo de consagrar la vida por la conversión o salvación de una persona querida

Como la hija del rey Luis XV, la cual se hizo religiosa para salvar el alma de su padre, que llevaba una vida poco edificante.
Tuve a un joven de sentimientos delicadamente afectuosos que ofreció su vocación por la salvación eterna de su madre, y a los tres meses su hermano decidió hacerse religioso y ofreció su “elección” por la salvación de su padre. Hoy son los dos religiosos; la madre voló al cielo y el padre lleva una vida verdaderamente cristiana.

10) Delicadeza de conciencia

Se encuentran almas muy sensibles al toque de la gracia y a la vida espiritual, las cuales se guardan aún de las más leves faltas. El solo temor de ofender a Jesús, al cual quieren tanto, los impele a realizar cualquier renuncia. Son delicados y fieles y se descubren las más pequeñas faltas con una destreza sorprendente. Son almas llamadas a la perfección, prontas a las más altas aspiraciones.

11) Temor de tener vocación

A veces se tiene miedo de tener vocación, se quita todo pensamiento sobre esa materia, el cual vuelve con insistencia, se reza por no tenerla. “Que Dios tenga lejana de mí semejante invitación, la cual destruiría tantos castillos ideados y acariciados”. Se recela continuamente de que éste o el otro quieren “pescarme” para la vida religiosa, se evita el peligro de ir con religiosos o con jóvenes que tienen vocación por temor de que la conversación recaiga sobre aquella materia tan peligrosa, se temen los Ejercicios espirituales, el ser demasiado bueno y frecuentar los Sacramentos y con todo no quieren hacerse malos porque el alma es recta con Dios.
Todo esto, dice el P. Doyle , a veces es señal de verdadera vocación.
El demonio, que es muy inteligente, puede prever con cierta probabilidad que, si llegan a ser sacerdotes o misioneros, harán muchísimo bien, y por eso procura poner en sus corazones esos temores infundados para alejarlos del camino que sería su salvación y santificación y la salvación de tantas almas.
Los ejemplos de vocaciones empezadas en este terreno, contrario y huido a propósito, son muchísimos.

Se lee del P. Miguel Agustín Pro, S. J., que no podía ver de ninguna manera a los jesuitas. Estaba enfadado con ellos porque, siendo Directores Espirituales de sus hermanas, las dirigieron hacia el claustro. Una gran melancolía se adueñó de él y huyó a la lejana floresta; no quería ver a nadie.
Su madre le buscó, le encontró, le condujo a casa y le convenció para que hiciese los ejercicios espirituales… con los odiados jesuitas.
Fue… temiendo encontrarse con la vocación. Sería una grande afrenta para él. Y precisamente, Dios le llamó, y suerte de él que siguió la voz del Señor. Fue sacerdote y mártir, gloria de Méjico, de la Compañía de Jesús y de la Iglesia.

12) Celo de las almas

La narración de la lejana misión nos encanta y conmueve. El pensamiento de millones de almas que aún no conocen a Jesús nos hace llorar. Mientras otros quedan fríos, como si fuera cosa que no los toca, nosotros sentimos una viva repercusión. Nos parece que tenemos obligaciones por esas almas, que debemos hacer algo para ayudarlas, que no podemos permanecer tranquilamente mano sobre mano, limitándonos a estériles palabras de compasión.
Algunas veces este pensamiento parece como que nos persigue y nos representa viva en la imaginación la vista de un río de almas que van a la deriva y que nos tienden las manos implorando socorro.
La imagen de Jesús Crucificado que grita: “¡Sitio!” nos parte el alma y comprendemos el profundo significado del lamento del Salvador: “¿Para qué ha servido mi sangre?”
Este sentimiento altruista, flor de la caridad cristiana, se encuentra con frecuencia en almas juveniles y es una señal evidente de que Dios llama al ideal de una paternidad espiritual, que es la expresión más genuina de la caridad y de la vida consagrada en bien de los demás.

13) Fuga del egoísmo

Sentir la fraternidad universal, el amor a los pobres, a los que buscan dar una ayuda con la limosna, defender a los compañeros más débiles e injustamente molestados por los muchachos mal educados.

14) Sentir una santa envidia de los religiosos

A1 verlos pasar nos viene un secreto deseo: “¡Felices! ¡Si yo fuera como ellos! ¡Qué felices deben de ser!”.

15) Fuga de la mediocridad.

Espíritu cristiano combativo: Siempre a punto para defender su propia fe, gustar el honor de ser soldados de Cristo. Querer ofrecer a Jesús cosas grandes.

(*)Y podríamos continuar todavía esta lista, pero bástenos esto por ahora.
Diciendo que éstos son “signos de vocación” no quiero decir que, teniendo alguna de estas convicciones o deseos, se tenga todo lo que se requiere para poder deducir la presencia de una verdadera vocación, sino quiero decir solamente que algunos de estos “signos” es ya indicio para mí, sacerdote o educador, para argüir con cierta seguridad que Dios ha puesto los ojos sobre el alma de aquel joven para darle la vocación, la cual, para que sea verdaderamente genuina y cierta, ha de tener otras dotes, como diremos más adelante .

FORMACIÓN – Describiendo psicológicamente una vocación, P. E. BUSUTTIL, S.J.

DESCRIBIENDO PSICOLÓGICAMENTE UNA VOCACIÓN             No daré una definición sino trazaré una descripción discutible pero quizá no inútil. Hablo de una vocación nacida tranquilamente como una perla que se forma poco a poco, con tiempo, sin ruidos ni empujones bruscos, y no de aquellas instantáneas o violentas que caen como…

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