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Mensaje del P. Bernardo Ibarra

Queridas mujeres de las 40 horas,

Hoy por hoy, es mucho lo que está en juego. Vivimos en tiempos difíciles. Y como dice el refrán: «a grandes males, grandes remedios». De aquí el origen de las 40 horas por las vocaciones. Es el gran remedio del cual debemos hacer uso en estos tiempos: aumentar las vocaciones sacerdotales y religiosas.

 Algunos dirán que es mejor hacer otra cosa, o que realmente hay cosas más importantes de las cuales preocuparse, como la pobreza, la guerra, el consumo de droga, etc. Pero no es así, lo más importante siempre es tener el camino al Cielo abierto, porque, como dijo el gran Fulton Sheen: «si las almas no se salvan, entonces nada se salva». De nada sirve dejar de tener pobres si no hay sacerdotes. De nada sirve que cese la guerra si faltan aquellos hombres que traen al Dios hecho hombre a nuestros altares. De nada sirve.

De aquí la urgencia de la hora y la necesidad imperiosa de arrodillarse de frente al Sagrario y pedir lo que él nos mandó pedir: «el aumento de operarios para la mies».

El incansable misionero de Alaska, Segundo Llorente, vivía consumido por el deseo de hacer surgir vocaciones, aunque le era muy difícil hacerlo entre los esquimales. Aún así le insistía al Señor que, por esos vivos anhelos que él tenía de ser su instrumento en esta noble tarea, hiciese surgir miles de sacerdotes y religiosas en otras tierras. Cualquier otra alma grande no puede sino tener estos mismos deseos. 

El tiempo que vivimos nos apremia y nos obliga a prestar atención a lo esencial: hay que salvar las almas. «Dame almas —decía Don Bosco— y quédate con el resto». Que este sea el lema de las mujeres de las 40 horas, para que teniendo este fuego interior en sus corazones puedan robarle a Dios millares de nuevas vocaciones para su Iglesia, recordando siempre que «el que busca encuentra». 

Dios las bendiga, 

P. Bernardo Ibarra, IVE

Oración por la santificación de los Sacerdotes, de Santa Teresita del Niño Jesús

Oh Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra

la obra divina de salvar a las almas

protege a tus sacerdotes (especialmente a: …………..)

en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.

Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS,

que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO,

y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.

Haz que se preserven puros sus Corazones,

marcados con el sello sublime del SACERDOCIO,

 y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.

Aumenta el número de tus apóstoles,

y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.

Bendice Sus trabajos y fatigas,

 y que como fruto de Su apostolado obtenga la salvación de muchas almas

que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo.

Amén.

San Juan Pablo II: “El lamento de Cristo toca profundamente nuestras personas…”

Del mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XXI Jornada Mundial por las Vocaciones (1984)

Como Pastor de la Iglesia universal no puedo dejar de abriros una vez más el corazón y manifestaros la solicitud que me anima constantemente por el efectivo incremento de las vocaciones al sagrado ministerio, a la vida consagrada en sus diversas formas y a la vida misionera. Se trata, en efecto, de un problema de vital y fundamental importancia para la comunidad de los creyentes y para toda la humanidad…

El Buen Pastor manifiesta el ansia de aumentar continuamente su rebaño. En efecto, hay otras ovejas que están fuera del redil (cf. Jn 10, 16). Tiene siempre presente ante sus ojos la experiencia dramática de las multitudes de todos los tiempos, “extenuadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor”, que le hace exclamar: “La mies es mucha, pero los obreros pocos” (Mt 9, 36-37). El compasivo lamento del Corazón de Cristo se repite en el tiempo y nos impresiona profundamente. ¿Quién puede permanecer insensible frente al aumento vertiginoso de la necesidad de evangelización? El divino Redentor nos pide a todos la colaboración para que no falten nunca los obreros del Evangelio, para que haya siempre hombres y mujeres decididos a consagrarse enteramente al servicio del Pueblo de Dios.

¡No dejen de rezar por nosotros!