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San Juan Pablo II: ¿Qué he de hacer para que mi vida tenga sentido?

Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XXXII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (1994)

Invitando en repetidas ocasiones a la juventud, esparcida por todo el mundo, a meditar sobre la conversación de Cristo con el joven (cf. Mt 19, 16-22; Mc10, 17-22; Lc18, 18-23), he tenido ocasión de subrayar que la juventud alcanza su riqueza verdadera cuando se vive principalmente como tiempo de reflexión vocacional.

La pregunta del joven: ¿Qué he de hacer para alcanzar la vida eterna? revela una dimensión constitutiva de la misma juventud. El joven, en efecto, quiere decir: «¿Qué he de hacer para que mi vida tenga sentido? ¿Cuál es el plan de Dios respecto a mi vida? ¿Cuál es su voluntad?».

El diálogo que surge de la pregunta del joven, ofrece a Jesús la ocasión para revelar la especial intensidad con la que Dios ama a aquel o a aquella que es capaz de plantearse la pregunta sobre el propio futuro en clave vocacional: Fijando en él la mirada, lo amó. Quien vive seriamente la inquietud vocacional encuentra en el corazón de Cristo una atención llena de ternura. Poco después, Jesús revela también cuál es la respuesta que Dios da a quien vive la propia juventud como tiempo propicio de orientación espiritual. La respuesta es: ¡Sígueme!

Siguiendo a Jesús es como la juventud revela toda la riqueza de sus posibilidades y adquiere plenitud de significado.

Siguiendo a Jesús es como los jóvenes descubren el sentido de una vida vivida como don de sí y experimentan la belleza y la verdad de un crecimiento en el amor.

Siguiendo a Jesús es como se sienten llamados a la comunión con él como miembros vivos de un mismo cuerpo, que es la Iglesia.

Siguiendo a Jesús es como les será posible comprender la vocación personal al amor: en el matrimonio, en la vida consagrada, en el ministerio ordenado o en la misión ad gentes.

Aquel diálogo manifiesta, además, que la atención y la ternura de Jesús pueden quedar sin respuesta. Y la tristeza es la consecuencia de opciones de vida que alejan de él.

¡Cuántos motivos, todavía hoy, impiden a adolescentes y jóvenes vivir la verdad de su edad en la adhesión generosa a Cristo! ¡Cuántos son, todavía, los que no saben a quién dirigir la pregunta que el joven rico dirigió a Jesús! ¡Cuántos jóvenes corren el riesgo de privarse de un auténtico desarrollo!

Y, sin embargo, ¡cuántas esperanzas! En el corazón de toda nueva generación permanece siempre fuerte el deseo de dar un sentido a la propia existencia. Los jóvenes buscan, en su camino, alguien que sepa hablar con ellos de los problemas que les agobian y proponer soluciones, valores, perspectivas por las que valga la pena jugarse el propio futuro.

Lo que hoy se requiere es una Iglesia que sepa responder a las expectativas de los jóvenes. Jesús desea dialogar con ellos y proponerles, a través de su cuerpo que es la Iglesia, la perspectiva de una elección que compromete toda su vida. Como Jesús con los discípulos de Emaús, así la Iglesia debe hacerse hoy compañera de viaje de los jóvenes, con frecuencia marcados por incertidumbres, resistencias y contradicciones, para anunciarles la noticia siempre maravillosa de Cristo resucitado.

He aquí, pues, lo que se necesita: una Iglesia para los jóvenes, que sepa hablar a su corazón, caldearlo, consolarlo, entusiasmarlo con el gozo del Evangelio y la fuerza de la Eucaristía; una Iglesia que sepa acoger y hacerse desear por quien busca un ideal que comprometa toda la existencia; una Iglesia que no tema pedir mucho, después de haber dado mucho; que no tenga miedo de pedir a los jóvenes el esfuerzo de una noble y auténtica aventura, cual es la del seguimiento evangélico.

Oración de San Juan Pablo II por las Vocaciones

Señor Jesús,

 

Como llamaste un día a los primeros discípulos

para hacerlos pescadores de hombres,

continúa también haciendo resonar hoy

tu dulce invitación: ¡Ven y Sígueme!

 

Da a los jóvenes y a las jóvenes la gracia

de responder prontamente a Tu voz.

Sostén en sus fatigas apostólicas

a nuestros obispos, sacerdotes

y personas consagradas.

 

Da perseverancia a nuestros seminaristas

y a todos los que están realizando

un ideal de vida

totalmente consagrado a tu servicio.

Despierta en nuestra comunidad

el empeño misionero.

 

Manda, Señor, operarios a tu mies

y no permitas que la humanidad se pierda

por la falta de pastores, misioneros,

y de personas consagradas a la causa del Evangelio.

 

María, Madre de la Iglesia,

modelo de toda vocación,

ayúdanos a decir “SI” al Señor

que nos llama a colaborar

en el designio divino de Salvación. Amén.