“Me he convencido hace tiempo de que el mal de muchísima gente no es no saber cosas buenas, sino no darse cuenta de las cosas buenas que saben” (Beato Manuel González, p. 22).
Con la oración nos pasa algo así. Sabemos la doctrina, la aconsejamos, la enseñamos. Y no la concretamos en acciones de nuestra vida… ¿Por ignorancia? No, sino más bien, por no darnos cuenta, aquí y ahora (o no querer darnos cuenta… por comodidad) que este es el momento de rezar, y que lo que debemos hacer ahora, y que ahora se juegan gracias que son de este momento y no del mañana... Y que las podemos perder miserablemente por una diversión, o por sacarnos de encima un trabajo, o por un gusto que se considera impostergable y necesario … En otras palabras, lo que hizo Esaú cuando vendió sus derechos de primogenitura (que le implicaba una particular bendición de Dios) por comerse un suculento plato de lentejas…
¿No es lo que te pasa más de una vez? Y te podría estar pasando ahora. El momento de la oración, es este. La necesidad de rezar por los sacerdotes es de ahora.
Y, usando esas ideas de la necesidad actual de rezar, es lo que pasa con tantos sacerdotes y religiosos, sobre todo, cuando están en la misión o en sus tareas apostólicas. Porque, en el Seminario puede estar la tentación de aflojar en la vida espiritual, pero, el mismo reglamento del Seminario, el ejemplo de una comunidad grande y fervorosa, hacen que ese seminarista no se pueda “borrar” sistemáticamente de la oración. Pero, llega la ordenación sacerdotal, llegan los destinos, la comunidad se reduce, hay mucho trabajo, ¡tanto para hacer…! Y, “somos grandes”, tampoco necesitamos que no estén diciendo a cada rato lo que tenemos que hacer… Y así, se empieza a abandonar la oración, y se empieza a aguar la vida interior.
“El que reza se salva, el que no reza se condena”. Lo decía San Alfonso María de Ligorio. Si lo dice refiriéndose a todo cristiano, ¿se dan una idea qué diría si se tratase de un sacerdote o de una religiosa? ¡¿Cómo se va a salvar un sacerdote que no reza?! ¡¿Cómo va a perseverar uno que no suplica la perseverancia que es la gracia de las gracias?! El corazón se le repliega y se endurece… Si no reza. Si no reza más, si no se ofrece como víctima viva, como piden las escrituras, si no aprende a perdonar, el mal espíritu, ese espíritu amargo y violento lo avanzará, lo envolverá, le hará justificar todas sus críticas y murmuraciones y portazos. ¡Pobre cura, pobre monjita encerrada en el ojo del huracán de pasiones! Salvo que Dios, en su misericordia envíe su Ángel; o a la misma Virgen, que, en tales casos tan luciferinos, es la que mejor entiende…
Pero, ¿se dan cuenta? Para que Dios envíe a la Virgen o a esos ángeles salvadores. Para que toque al religioso con los dones del Espíritu Santo le transfigure las cosas, Dios espera que otras almas recen y recen. Que supliquen y supliquen pidiendo la gracia de la perseverancia y santificación de esos sacerdotes. No les queda la menor duda. Pero, es posible que no lo haga y deje a las cosas seguir su curso… O no enviará los auxilios extraordinarios hasta que aparezcan las almas llamadas a suplicar esas gracias, las guardianas, las auténticas madres que ganen con sus tantas lágrimas la conversión de hijos que no engendraron en la carne, pero ahora parecen en la oración y el dolor ofrecidos. Sacerdote frágil que no rezaste como debías, que no te acordaste de que Jesús les dijo a los apóstoles: “Velad y orad para no caer en la tentación”. No te fortaleciste cuando debías. Sinceramente, no hablo de “aquel sacerdote”, porque, este puedo ser yo… Pero, ¿y las almas amigas llamadas a sostener al consagrado y que hoy no rezaron…? Sí, es cierto, la “vez pasada” lo hicieron, pero, ¿por qué no hoy, cuando más te necesitaba?
¡Ayudémonos todos! Los unos a los otros. Pero, hoy necesito tu oración, cuenta con que vas a estar en todas mis Misas y adoraciones. Pero te necesito para rezarlas bien. En la cadena de gracias que desciendo del Cielo, tu eres un eslabón. Clave, fundamental. Que no se corte…

Oración de Intercesión por la Iglesia, dentro del Corazón de Jesús
Señor Jesús, en este mes de junio, mes en el que tu Sagrado Corazón resplandece con mayor fuerza para la humanidad, nos unimos como comunidad de mujeres orantes a los pies de tu altar. Venimos con el alma encendida, pero también con el corazón traspasado por la preocupación y el celo por tu Iglesia.
Miramos tu Cruz, amado Jesús, y nos detenemos ante esa bendita herida que el soldado romano abrió en tu costado. No la vemos solo como una marca de dolor, sino como la puerta mística que dejaste abierta para siempre. Hoy, con humildad y audacia, queremos entrar por esa herida. Queremos escondernos en lo profundo de tu Corazón. Dentro de esa llaga de amor, donde se guardan los secretos de tu misericordia, queremos llorar contigo. Dejamos caer nuestras lágrimas en tu interior, buscando enternecer tu Corazón con la súplica confiada de unas madres y también madres espirituales que sufren por tus ungidos.
Te pedimos, Señor, por todos los sacerdotes y religiosas. Tú conoces el peso del ministerio y la ferocidad de las tentaciones que hoy los acechan. Nos duele el alma al ver a pastores que flaquean y dejan su ministerio, y a consagradas que abandonan el timón, dejando huérfanas a tantas almas que les fueron encomendadas para ser guiadas al Cielo.
Señor, sostén a tus sacerdotes: Cuando el desánimo o la tentación los ciegue, haz que recuerden el día de su ordenación. Sé Tú su refugio para que no abandonen a las almas encomendadas.
Fortalece a tus religiosas: Devuélveles la frescura del primer amor, para que sigan siendo faros de luz y madres espirituales en un mundo oscuro.
Te suplicamos también por los jóvenes que sienten tu llamado a la vida consagrada y sacerdotal. El mundo les impone muros, dudas, tentaciones y obstáculos que parecen insalvables.
¡Derriba esos muros, Señor!
Dales la valentía para cruzar el umbral del miedo, vencer las trampas del enemigo y abrazar la vida religiosa.
Que surjan nuevos "Alter Christus" (otros Cristos) en la tierra, y santas mujeres que sean madres de innumerables almas a través de su entrega.
Jesús Sacramentado, que estas 40 Horas de Oración que te ofrecemos no sean un momento pasajero. Multiplica el número de mujeres que se unan a este clamor. Que cada hora de guardia ante el Santísimo sea un golpe de gracia que sacuda al mundo.
Tenemos la certeza de que la oración de la mujer que ama y repara puede cambiar el curso de la historia. Por eso, te pedimos una nueva, profunda y fecunda renovación de la evangelización del mundo a través de la santidad de tus religiosos.
Sácianos de tu amor, escóndenos en tu herida, y no permitas que salgamos de tu Corazón sin la victoria de la gracia para nuestra amada Iglesia.
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros y por nuestros sacerdotes. Amén.