¿Qué otra cosa es la vida religiosa sino el asociarse a la única oblación de Cristo? Su oblación es modelo y causa de cada consagración en la Iglesia. Modelo porque Él vivió Casto, Pobre y Obediente. Él es el consagrado por excelencia que en todo buscaba únicamente hacer la voluntad de Dios. Pero si Jesucristo es modelo de vida consagrada, también es causa de la misma en cuanto cada religioso hace su entrega respondiendo a la llamada del Verbo Encarnado: “Ven y sígueme”. El religioso debe por tanto imitar a Jesús en todo, que se ha hecho semejante a los hombres en todo, hasta quiso prepararse una madre. Tras cada religioso hay una madre, tras Cristo está la Santísima Virgen. Ella estaba tan unida a su Hijo, que en todo lo que Él hacía también estaba su corazón de madre. Cuando Él decía al Padre: “He aquí que vengo para hacer tu voluntad” Ella por su parte afirmaba: “he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Mientras el Divino Niño nacía en silencio, ella, en silencio, conservaba todo en su corazón meditándolo. El corazón de Nuestra Señora latía al unísono con el de Él y aunque no haya presenciado todos los milagros de Cristo, ni haya escuchado todas sus predicaciones, ella estaba presente en todo lo que Él hacía. Ella oraba, velaba y ofrecía todo por la Obra de Jesús. Ella bien conocía cual era su lugar, cual su tarea y su deber. ¿Y cuándo fue que la Dulcísima Madre se presentó a la mirada del mundo? Cuando el Redentor pendía agonizante de la Cruz. Cuando los más ilustres entre los hombres de Jerusalén se burlaban de Él. Entonces fue cuando, con toda su dignidad de Madre, se presentaba la Virgen al lado de su Hijo y allí estaba.
Así ha de ser la madre de cada religioso. Ella nos muestra el camino cuando vamos errados. Nos anima cuando estamos abatidos. Dios transmite al mundo el consuelo del amor a través del alma de la madre. Por tanto, el amor de una madre no tiene fronteras, no está limitado ni siquiera por la carne: he aquí la maternidad espiritual cuyo amor se concreta en la oración, los sacrificios ocultos y el sufrimiento con una sonrisa en los labios. ¡Cuan fuerte es el vínculo entre tal madre y sus hijos, aunque no se hayan encontrado en la tierra! La madre espiritual no engendra hijos para la tierra, sino para la vida eterna. ¡Y no solo los religiosos mismos, sino también almas que por ellos se salvarán! Cada vocación tiene una madre que la acompaña desde sus primeros años de vida religiosa hasta su muerte en tierra de misión. La madre es de tal forma asociada a la obra redentora del misionero. Eso implica sacrificios por su parte, prontitud a sufrir por la perseverancia de los consagrados; implica unirse a su oblación por las almas.
El ejemplo más sublime lo tenemos en la más excelsa de las madres: la Santísima Virgen María. Que nuestros corazones puedan ser como el suyo un altar donde se consume el sacrificio de nuestras vidas en unión al sacrificio de Cristo, prolongado en la vida de todo religioso.
Oración a San José por los religiosos y religiosas
Glorioso patriarca San José, padre tutelar de Nuestro Señor Jesucristo, te pido por todos los religiosas y religiosos. Al igual que tú, ellos fueron tomados de entre los hombres para servir a Dios. Ayúdalos a imitar tu gran fe, tu castidad perfecta, tu entrega total al servicio de Dios sin mirar las consecuencias, tu humildad, tu trabajo constante, tu pobreza, tu obediencia, todas tus virtudes y tu SI heroico. Ayúdalos a imitarte a ti y a tu Hijo Jesús en todo. Ayúdalos a ser buenos religiosos a los ojos de Dios, ayúdalos en sus soledades y en sus momentos de tentación. Acompáñalos en todos los momentos difíciles de su vida y en sus momentos de alegría también. Defiéndelos de todos los que quieren hacerle algún daño físico o moral, como defendiste a Nuestro Señor Jesucristo, hasta que lleguen al Reino de los cielos a gozar contigo para siempre de la presencia de Dios nuestro Padre. Amén.