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FORMACIÓN, ¿Qué es la vocación? , P.E.BUSUTTIL, S.J.

EXAMINANDO UNA VOCACION

 

¿QUÉ ES? Para poderla examinar es preciso ante todo saber qué es.

Es un acto de misterioso amor de predilección por parte de Jesús hacia un alma a la cual Él llama al sacerdocio o a la vida religiosa.

La vocación se constituye de estos tres elementos:

1º) Que el joven tenga recta intención, la cual consiste en que esté convencido de que para

él, el estado religioso o la vida sacerdotal le conducirá mejor, más perfecta y seguramente a la consecución de su último fin. Por consiguiente, escogerá el estado religioso o sacerdotal por motivos sobrenaturales no por motivos de interés material o natural.

2º) Que esté adornado de aquellas dotes intelectuales, morales y físicas necesarias al estado que quiere abrazar.

3º) Que sea admitido por el superior de la diócesis o de la religión en la cual quiere entrar.

Nada más parece que pida el Derecho Canónico que, en el canon 538 dice:

“Puede ser admitido en la religión cualquier católico que esté libre de impedimentos, que esté movido de recta intención y que sea idóneo para satisfacer las obligaciones de la religión” (esto es, que sea capaz de observar las reglas, penitencias y demás deberes).

La idoneidad del candidato la juzgan aquellos que tienen el poder de admitirle en la religión o en la diócesis, o sea los superiores.

No se trata, por consiguiente, de sentir sino más bien de entender con el entendimiento, iluminado y elevado por la gracia, que, para mí, con todos mis defectos, debilidades, exigencias, deseos espirituales, carácter y circunstancias, la vida religiosa es lo más apto para salvarme, para ser santo o para vivir una vida digna de ser vivida.

Podemos concluir afirmando que: se tiene vocación cuando se está convencido (moralmente) de que la vida religiosa es la vida que mejor nos conducirá al fin por el cual Dios nos ha creado, con tal de que tengamos las condiciones requeridas y seamos admitidos por los superiores.

Otras condiciones, dotes necesarias para el que quiere consagrarse a Dios:

1) Dotes de inteligencia: Que sea capaz para hacer los estudios requeridos por la Orden que quiere abrazar. Una inteligencia corriente puede bastar; como máximo puede pedirse que sea un poco superior a la mediocridad. Exigir más no sería justo. Frecuentemente el buen sentido común vale más que la mucha inteligencia.

 2) Dotes de voluntad: No precisa fijarse exagerada o exclusivamente en la inteligencia. Lo que más vale es la voluntad, la índole buena del muchacho, su espíritu de sacrificio, la fuerza de vencerse a sí mismo, la victoria del respeto humano, la docilidad en la obediencia, la sincera estima de su nulidad. Esas cualidades son una buena señal de un carácter serio y muestran un conjunto de madurez espiritual que es segura garantía de perseverancia y seriedad en el futuro trabajo sacerdotal.

Si un muchacho es dócil, tiene voluntad para el estudio (aun cuando quizá le cueste), tiene buen carácter, es sincero, tiene verdadero espíritu de oración, influye entre sus compañeros, sabe hacer apostolado, ofrece sacrificios a Dios y por su vida espiritual, es puro… todas estas dotes reunidas en una inteligencia más bien mediocre obtendrán un óptimo religioso.

 No es fácil dar un juicio exacto de la inteligencia de un joven de unos dieciséis años. No es raro que todavía no se haya desarrollado completamente su inteligencia. En cambio, de la voluntad se puede juzgar con un poco más de seguridad. Basta conocer al muchacho, oír hablar de él, verle mientras juega o mientras hace lo ordinario para descubrir si su personalidad es idónea.

 3) Dotes físicas: En general se puede decir que una salud ordinaria, o sea, la que gozan los jóvenes que “están bien”, es suficiente. No es necesaria una robustez especialísima, un absoluto dominio de los nervios, una naturaleza completamente libre de cualquier debilidad física. Por más sano que se esté, alguna pequeña anomalía, alguna predisposición, algún defecto en las funciones orgánicas, casi siempre se encontrará.

Lo que se tendría que mirar bien es que el joven no sea admitido si no está todavía bien desarrollado no sólo físicamente sino también moralmente. En otras palabras, es necesario que el joven sea un joven y no un chiquillo; que tenga un juicio un poco maduro, que dé verdadera garantía de comprender el paso que da y a lo que renuncia. Se necesita que comprenda de cuantas energías es capaz y dé el paso a sabiendas, no con los ojos cerrados. No quiero decir que conozca o haya experimentado el mal. La juventud no se manifiesta sólo en el pecado o en ciertos impulsos peligrosos, sino en otras muchas cosas que dan al individuo aún más vivaz una cierta seriedad y madurez. No es cuestión de edad. En algunos sitios los chicos a los trece años son ya jóvenes; en cambio, en otros de la misma región a los dieciséis aún son niños, tanto física como moralmente.

Estos jóvenes así preparados sabrán superar las tentaciones del Noviciado, comprenderán la importancia de aquellos años de formación y serán capaces de formarse personalmente; no se maravillarán de las defecciones de otros compañeros; no serán artificiales o exteriores en su formación y ciertamente no saldrán con aquella frase insulsa en que se refugian con frecuencia los que han perdido la vocación: “¡Nunca tuve vocación! ¡No sabía qué era vocación!”.

PERO NO BASTA: Lo dicho hasta aquí no basta para darnos seguridad en una vocación.

Se requiere todavía que él, conociendo su estado y convencido de la Voluntad de Dios, sostenido por la gracia divina, libre y conscientemente con un acto de voluntad diga: “¡Quiero!”.

Jesús no se impone a la fuerza, sino que quiere voluntarios, quiere generosos que le sigan por amor y no por la fuerza o porque no pueden hacer otra cosa.

El que trabaja por las vocaciones guárdese siempre de influir directamente sobre la voluntad del joven. Podrá iluminarle, quitarle las dificultades que nazcan de cualquier error de juicio, conducirle paso a paso durante todo el período de su decisión, pero en el punto decisivo el joven debe quedarse solo con Dios. Debe tener la convicción de que es él el que decide, que la vocación la debe únicamente a Dios y a su voluntad. Así será su vocación no la vocación del Padre tal o del Hermano cual.

Oración al Sagrado Corazón de Jesús por los sacerdotes, Cardenal Mercier

Jesús, Pastor eterno de las almas, escucha la oración que te dirigimos por los sacerdotes. Hacia ellos sientes el amor más afectuoso y más delicado de tu Corazón ese amor profundo en que parecen reunirse todos los lazos íntimos que te unen a las almas.

Mira misericordiosamente a toda esa multitud de almas ignorantes, para las cuales el sacerdote ha de ser luz; a todos esos eslavos del trabajo, que buscan a alguien que los libre de los engaños y que los salve en tu nombre.

Piensa en todos esos niños, en todos esos jóvenes, que buscan un guía capaz de llevarles hasta ti.

Piensa, Señor, en tantas criaturas que sufren y tienen necesidad de un corazón que las consuele y que las lleve a tu Corazón.

Piensa en todas las almas que podrían llegar a la perfección, si encontrasen en su camino la ayuda de un sacerdote santo.

Haz que tus sacerdotes conduzcan hacia ti a toda esta Humanidad que sucumbe de debilidad, para que toda la tierra se renueve, sea exaltada la Iglesia, y el reino de tu divino Corazón quede establecido en la paz.

Oh Virgen Inmaculada Madre del sacerdote eterno, que tuviste a Juan, el sacerdote amado de Jesús, como primer hijo adoptivo, y que, en el cenáculo presidiste como Reina la reunión de los Apóstoles, alcanza a la Iglesia de tu Hijo un continuo Pentecostés, incesantemente renovado. Así sea.

Oración: Corazón de Jesús, que instituiste el sacerdocio católico en la noche de la cena, como la expresión y fruto de tu inmenso y suave amor; dígnate damos sacerdotes amantes como Tú, de las almas, de los pobres, de la Cruz; sacerdotes que a ejemplo tuyo, vayan haciendo el bien por donde pasen, y sembrando entre los hombres la paz y el perdón de los pecados.

Corazón amante de Jesús, dígnate escuchar la ferviente oración con que pide tu pueblo la santificación de sus pastores. Corazón pleno de amor, enséñalos a amarte como deseas; hazlos santos, inmaculados, prudentes, sabios. Haz que se hagan todo a todos conforme a tu ejemplo.

Ellos son los guardianes de tu sagrado Cuerpo y Sangre; hazlos, por tanto, fieles a tan santo encargo; infúndeles la reverencia debida a tu Cuerpo, y una sed ardiente de tu Sangre, para que, gustando su dulzura, puedan satisfacerse, fortalecerse y purificarse en el fuego del amor divino.

Acoge, Señor Jesús, nuestras humildes súplicas; mira con tus divinos ojos desde el cielo a tus sacerdotes; llénalos de celo ardiente por la conversión de los pecadores; guarda sin manchas esas manos ungidas que tocan diariamente tu inmaculado Cuerpo; sella con santidad esos labios teñidos con tu preciosa Sangre; conserva puro y sobrehumano ese corazón marcado con la gloriosa señal de tu sublime sacerdocio; bendice sus trabajos con abundantes frutos, y haz que todos aquellos por quienes trabajan en la tierra, sean un día su gozo y su corona en el cielo.

Corazón Eucarístico de Jesús, modelo de los corazones sacerdotales, ¡concédenos sacerdotes santos!