LA FUERZA DEL CORAZÓN – B. SANTIAGO ALBERIONE
La fuerza de la mujer no está en su inteligencia, sino en su corazón; quisiera decir con un autor moderno, en su debilidad, en su espíritu, en su belleza, puesta al servicio de su corazón.
En el hombre el corazón es la mitad de su ser, en la mujer lo es todo: más superficial en lo demás, escribió De Bonald, la mujer es más profunda en el amor.
Ahora bien, a la fuerza se resiste con la fuerza, y triunfa el más fuerte; ante la inteligencia se usa el raciocinio y vence quien tiene mejores argumentos y lógica más aplastante. Análogamente entre dos corazones el triunfo es del más grande; y entre el hombre y la mujer, prevalece ésta. La mujer no razona el propio ideal, pero lo intuye y, apropiándoselo, lo ama con todo su ser y tiende a él con todas sus fuerzas, sosteniéndolo apasionadamente frente al hombre.
Lo sostiene con la debilidad. ¡Algo bien maravilloso! Cuanto más débil es uno, más fuerte será su ruego. Si el pobre es más pobre, tiene mayor eficacia ante el rico; cuanto más pequeño es el niño, más fácilmente desarma incluso al monstruo de crueldad. Y aquí está la fuerza de la mujer: ella es reina hasta tanto que implora ante el hombre; si intentara mandar o razonar, su poder se deshilacharía.
Y la imploración no sólo la usa la mujer frente al hombre para reforzar sus deseos, sino especialmente ante Dios. Ella ruega por el hombre; ruega con la confianza de un niño; ruega con la humildad del pobre; ruega a menudo con la constancia de un mártir. Ruega y Dios la escucha. Y bien, ¿quién no sabe que la oración es omnipotente ante el corazón de Dios? ¿Quién no sabe que Dios lo da todo a quien reza bien? ¡He aquí a la mujer que por su debilidad llega a ser fuerte con la fortaleza de Dios; a la mujer que vence porque tiene consigo a Dios!
En el pensamiento cristiano la misión de la mujer alcanza todavía más altura. Es cosa divina cooperar en la salvación de las almas; proveer no ya a la tierra sino al cielo, no al mundo sino a la eternidad. Cosa divina es cooperar en el sacerdocio, en su vocación, sin parangón en la tierra; enseñar la verdad, enseñar la moral más santa. Cosa divina es quedar asociados, por decirlo así, a la obra del mismo Jesucristo: «He venido para que tengan vida» ¿Quizás no es suficientemente sublime el oficio de un Dios?...
En la historia de la Iglesia
Sería muy interesante la historia de la mujer en la Iglesia católica; esperemos que surja pronto quien la escriba. Aquí, callando sobre otras muchas, recordaré a la madre y a la esposa de Constantino el Grande, que tuvieron buena parte en la libertad de la Iglesia y en su triunfo sobre el paganismo; Clotilde, mujer de Clodoveo, rey de los francos, a la que se debe la conversión del marido y del reino; Berta a quien Inglaterra es en gran parte deudora de la fe; Iarislaw y Lioba, veneradas como misioneras en los países eslavos, germanos, húngaros. Son felices primicias del gran escuadrón de heroínas que en todos los siglos partieron junto al misionero, para llevar la fe y la civilización en los países salvajes de Asia, África, Oceanía.
A tres mujeres están también unidos tres hechos que en la historia eclesiástica son de una gravedad excepcional. El final de aquel período que fue causa de infinitos líos para la Iglesia, por lo cual justamente recibió el nombre de exilio o esclavitud aviñonesa, es mérito insigne de Santa Catalina de Siena, una mujer ante la que se inclinan los incrédulos no menos que los católicos; mujer piadosísima, literata hábil en política, pero que todo lo obtenía de las penitencias y de la oración. El poder temporal de los papas, que, aun siendo ocasión de algunos males, trajo inmensas ventajas a la Iglesia, nos recuerda enseguida el nombre de la célebre Matilde de Canossa, su firmeza contra las miras ambiciosas del emperador, la ayuda prestada al papa. Luego tenemos a una humilde joven, la señorita Jaricot que crea la Obra de la Propagación de la fe, poniendo así las bases de un porvenir glorioso para la Iglesia y abriendo la época de oro de las misiones católicas
¡Cuántas santas, que veneramos en los altares, dotadas de humildad heroica, no alentaban en el bien sólo a mujeres y muchachas, sino que, aprovechando toda ocasión, estimulaban el celo de los mismos ministros del Señor, los pastores de las almas, los obispos y los papas! Cuando se trataba de promover la gloria de Dios y la salud de las almas no sólo rezaban sino que amonestaban y exhortaban a las personas con más elevada dignidad en la Iglesia; y éstas no se ofendían, al contrario alababan ese celo y sacaban provecho.

ORACIÓN POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES (S.S. PAPA PÍO XII)
Oh Jesús, Pontífice Eterno, Buen Pastor, Fuente de vida, que por singular generosidad de tu dulcísimo Corazón nos has dado nuestros sacerdotes para que podamos cumplir plenamente los designios de santificación que tu gracia inspira en nuestras almas; te suplicamos: ven y ayúdalos con tu asistencia misericordiosa.
Sé en ellos, oh Jesús, fe viva en sus obras, esperanza inquebrantable en las pruebas, caridad ardiente en sus propósitos. Que tu palabra, rayo de la eterna Sabiduría, sea, por la constante meditación, el alimento diario de su vida interior. Que el ejemplo de tu vida y Pasión se renueve en su conducta y en sus sufrimientos para enseñanza nuestra, y alivio y sostén en nuestras penas.
Concédeles, oh Señor, desprendimiento de todo interés terreno y que sólo busquen tu mayor gloria. Concédeles ser fieles a sus obligaciones con pura conciencia hasta el postrer aliento. Y cuando con la muerte del cuerpo entreguen en tus manos la tarea bien cumplida, dales, Jesús, Tú que fuiste su Maestro en la tierra, la recompensa eterna: la corona de justicia en el esplendor de los santos. Amén.