Fiesta de la Presentación del Señor . Rev. Padre Gustavo Nieto

ive 40 horaRoma, Italia, 2 de febrero de 2018.

Fiesta de la Presentación del Señor

 “La fiesta de la Presentación del Hijo Jesús es también fiesta de la Madre”

(San Juan Pablo II, 2 de febrero de 1990)

Queridos Padres, Hermanos, Seminaristas y Novicios:

El misterio de la Presentación del Señor nos hace dirigir también la mirada a su Santísima Madre que le trae  en brazos y al abrigo de su tiernísimo Corazón para ser presentado en el templo cuarenta días después de su nacimiento.

De este modo, la Virgen Santísima se convierte también en figura de todas las madres que a lo largo de la historia –incluyendo nuestras queridas madres– continúan ofreciendo sus hijos e hijas al Padre Celestial, asociándolos a la única oblación de Cristo, causa y modelo de toda consagración en la Iglesia[1].

Este misterio de la vida de Cristo que nos habla de nuestra vocación de consagrados como un favor celestial altísimo, como una elección eterna y misericordiosísima de parte de Dios Padre; habla también de la elección divina de nuestras madres para ser, precisamente, madres de un consagrado, ya sea este sacerdote, hermano, misionero o monje.

¡Ellas “salieron del corazón de Dios”[2] para ser nuestras madres!, que es lo mismo que decir, para ser “el supremo consuelo en este valle de lágrimas”[3].

Por eso esta carta de alguna manera esta también dirigidas a ellas: a sus madres y les pido, por favor, tengan a bien hacérselas llegar, si así lo creen conveniente.

Primero que nada, deseo con todo el corazón dirigir un particularísimo agradecimiento a todas las madres de los sacerdotes, hermanos, novicios, monjes y seminaristas de nuestro querido Instituto por haber sido cada una de ellas instrumento providencial en nuestro cumplimiento de la Voluntad de Dios y por el acompañamiento incondicional que nos brindan con la plegaria y el servicio constantes, lo cual nos habla tan a las claras de su amor sin límites.

Un especial y sentido agradecimiento se eleve también a nuestro Señor, por todas las madres que ya han partido al cielo y que desde allí contemplan ahora plenamente el esplendor del Sacerdocio de Cristo, del cual nosotros –sus hijos– hemos venido a ser partícipes. A todas ellas –entre las cuales se halla mi queridísima madre– que desde el cielo siguen intercediendo en modo único y, misteriosamente, mucho más eficaz por nosotros, ¡infinitas gracias!

Asimismo, quisiera aprovechar en esta fiesta, que “es también fiesta de la Madre”[4], a dedicar unas simples palabras para dar curso al perdurable afecto y sentido homenaje que nosotros los hijos debemos a nuestras madres.

Es que la madre, de una manera especial lo es todo para uno (y creo yo, que los religiosos vivimos esta realidad de una manera más plena y más hermosa que los otros hijos). Porque en gran parte, todo lo que uno es, la manera de ser, de pensar, de creer, todo lo que uno tiene de bueno, se lo debe principalmente a la madre. ¡Quién podrá dudar que la contribución de nuestras madres a nuestras vidas ha sido decisiva! Por eso me atrevo a decir que, entre todas las relaciones humanas, no hay ninguna que se pueda igualar a esta. Porque como enseñaba San Juan Pablo II, “aunque el hecho de ser padres pertenece al padre y a la madre, la madre es la ‘parte’ especial y más cualificada[5].

Es que cada vez que nace un niño, nace también una madre y la relación que se establece entre ambos es única, intimísima, irrepetible y eterna, ya que ninguna otra relación futura por más profunda que ésta sea, ni las circunstancias más tortuosas, ni las debilidades humanas más humillantes, ni siquiera la muerte misma podrán borrar jamás el vínculo sagrado entre madre e hijo. Para un hijo, su madre será siempre su madre y para una madre, su hijo será siempre su hijo.

La madre es, de alguna manera, como nuestra Providencia sobre la tierra en los primeros años de vida, nuestro apoyo más firme en los años siguientes de la niñez, nuestra amiga más tierna y más leal de la juventud y nuestra compañera más inseparable e incondicional durante toda la vida (e incluso cuando ella ya no está entre nosotros). Una buena madre es una bendición de Dios y el supremo consuelo que nos ha sido dado en este valle de lágrimas.
Ella nos muestra el camino cuando vamos errados. Nos levanta cuando caemos. Nos anima cuando estamos abatidos. Dulcifica la vida en la tierra y convierte, mágicamente, en rosas las espinas. Dios transmite al mundo el consuelo del amor a través del alma de la madre. Es por eso que el amor de una madre no tiene fronteras. Puede renunciar a sus intereses con generosidad y sufrir con la sonrisa en los labios porque ama; es capaz de renunciar, por amor al hijo, a todas las grandezas de la tierra. Dedica su vida a luchar por sus hijos y se alegra de verlos felices[6].

Es por eso que para un hijo no hay lugar en el mundo, por más hermoso que sea, que éste, el corazón de su madre. No hay creatura en esta vida a la que estemos más unidos, que el corazón y el alma de nuestra madre. Del Corazón de la Virgen y del de Nuestro Señor se dice que latían al unísono y un autor dice que esto pasa con todas las madres con la diferencia que en ese latir es la madre la que siempre lleva el ritmo y por eso siempre sabe o intuye lo que pasa en el corazón del hijo. ¿Quién no ha experimentado esto? Por eso se aconsejaban las mujeres hebreas que tomar la decisión de tener un hijo es de crucial importancia, “es decidir para siempre que tu corazón caminará fuera de tu cuerpo” y el proverbio dice que “quien toma a un niño de la mano, en definitiva, toma el corazón de una madre”.

Por eso, pasa con las buenas madres, como con los santos, que es tan grande la obra que ella realiza con nosotros que solo queda alabar a Dios por el don de habérnosla dado, porque ella ha sido, es y lo seguirá siendo, aunque ya no esté con nosotros aquí, la imagen de la providencia y del amor de Dios en esta tierra.

La madre es el corazón de la familia, es la madre la que en cierta manera crea y constituye el hogar y protege su unidad. ¿Quién no ha visto esto? En torno a ella, todo se ordena y unifica, todo se armoniza y desarrolla.
Por eso es que cuando una madre se va, ya nada es lo mismo. Ella teje los lazos entre todos, envía a los hijos hacia el padre y al padre hacia los hijos. La madre es de manera particular la que escucha, consuela, alienta, perdona, reconcilia y da a cada uno su lugar. Ella esparce el bálsamo del amor y la ternura sobre todas las relaciones familiares. Ella tiene la preocupación permanente de cada uno y no descansa mientras no estén todos satisfechos.

¡Cuántos de nosotros podemos decir de nuestras madres –a quien Dios mismo nos ha confiado[7]– que ellas han sido y son el don precioso por el cual se nos es dado ver cuán llena de amor está la Divina Providencia! Pues ellas, considerando “el buen ejemplo como su primera misión”[8] “con su fiat materno (‘hágase en mí’)”[9] nos enseñaron que no hay felicidad más grande que el hacer la Voluntad de Dios.
Y al abrigo del santuario de sus corazones nos enseñaron que lo que hay de más noble, puro y pleno, es la entrega generosa, sin condiciones, sin tiempos, la entrega ilimitada hasta el olvido de sí mismos por amor. Por eso, nuestras madres serán siempre la pincelada más luminosa que Dios estampó en el libro de nuestras vidas y la caricia más tierna por la cual tuvimos noticia de la suavidad paternal de Dios.

Por tanto, cualquiera de nosotros donde quiera que esté, al acariciar con el corazón a su buena madre puede decir con San Juan de Dios: “Dios ha depositado el tesoro de su amor en la tierra en tres cofres: en la
Eucaristía, en la Confesión y en el corazón de mi madre”.

Frente a tan excelente don, sólo queda alabar y prorrumpir en acción de gracias a Dios que se ha complacido en darnos a nuestras madres como la prueba más palpable que tenemos de la riqueza de su benignidad.

Reconozcamos con gratitud y para gran consuelo de nuestras almas, que nosotros tendremos siempre el corazón de nuestras madres latiendo en nuestro propio cuerpo y que donde quiera que vayamos no dejaremos de experimentar ese oleaje de amor y de dulzura con el que suelen bañar a sus hijos las miradas maternales. Gracias a nuestras madres, todos nosotros encontraremos siempre en un rincón del corazón ese rayo de esperanza que nos inspira, que nos consuela, que nos anima al amor sacrificial, como es el amor de ellas. Por eso para nuestras madres nuestro agradecimiento será siempre eterno.

*****

Unido a este agradecimiento deseo hacerles también una invitación: Se trata del “Proyecto 40 Horas”.

Santa Angela de Merici decía que “las madres, aunque tuvieran mil hijos, llevarían siempre grabados en el corazón a cada uno de ellos, y jamás se olvidarían de ninguno, porque su amor es sobremanera auténtico”[10].
Por eso de antemano sé que van a aceptar la propuesta.

El Proyecto de la 40 Horas se remonta al 1881 cuando en Lu Monferrato –un pueblo en Italia, que cuenta hoy en día con unos 1500 habitantes– un grupo de madres, movidas por ese amor auténtico del que hablábamos y con gran espíritu de fe cristiana, decidieron unirse a adorar a Cristo en el Santísimo Sacramento pidiendo por vocaciones sacerdotales y a la vida consagrada y cada primer domingo del mes recibían la comunión ofreciéndola por la misma intención.
Lo cierto es que nuestro Señor atendió con creces las oraciones confiadas de aquellas fervorosas y amorosas madres, hasta el punto que pueden contarse 323 vocaciones, misioneros en 36 países (todas perseverantes por la gracia de Dios) surgidas de aquel pequeñísimo poblado.

Inspiradas por el gran ejemplo de fe y de amor de estas madres, un grupo de ‘nuestras madres’, han abrazado la misma iniciativa que hoy yo quisiera hacer extensiva a todas nuestras madres.

Ellas se unen 40 horas continuas los días 1415 y 16 de cada mes, ofreciendo una hora de oración preferentemente delante del Santísimo Sacramento para rezar por el aumento, perseverancia y santidad de vocaciones sacerdotales y religiosas para nuestro Instituto.

San Luis María Grignion de Montfort afirmaba que “cuando se ora en comunidad, la oración de cada persona se convierte en la de toda la asamblea y todas juntas sólo forman una oración”[11] y que “una persona que reza sola el Rosario tiene el mérito de un solo Rosario, pero si lo reza con treinta personas, adquiere el mérito de treinta rosarios”[12].
Me parece a mí que lo mismo que se dice del Rosario bien puede decirse también de la adoración al Santísimo Sacramento. Por eso, quiero invitar a todas nuestras madres a unirse a rezar por nosotros sus hijos, los hijos de la Familia del Verbo Encarnado.

Para este propósito hemos creado una página web www.40horas.org donde podrán registrarse para rezar en el horario que les sea más conveniente en los días asignados. La página se encuentra en seis de las principales lenguas habladas por nuestros religiosos y es nuestra intención que en lo porvenir esté disponible en algunas más (será una manera de ver cuántas madres en las distintas partes del mundo se suman a este proyecto de rezar por las vocaciones).

Entiendo que muchas de nuestras madres son ya mayores, o trabajan, o no tienen una iglesia cerca, o llevan en sus cuerpos la preciosa cruz de la enfermedad que las mantiene en el lecho. ¡Para ellas también es esta invitación! Porque esas madres pueden ofrecer también su hora de trabajo, los rosarios que en silencio desgranan cuando el resto de la familia duerme, y todos los sufrimientos del cuerpo o del alma, por éstos, sus queridos hijos del Verbo Encarnado, dispersos en los cinco continentes.

Y para hacer todavía más amplio e inclusivo este llamado, me dirijo también personalmente a todas las Hermanas “Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará”, a todas las mujeres de nuestra Tercera Orden, a todas las que son familiares de nuestros religiosos, a nuestras hermanas, a todas nuestras ‘madres del corazón’ que nos han adoptado como a sus hijos y que tanto abundan en nuestras misiones y, en fin, a todas las mujeres, de manera especial a aquellas que desean que Dios bendiga su familia con alguna vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, a que se unan a este magnífico proyecto de fe y caridad que Dios sabrá recompensar con el ciento por uno[13].

Ahora bien como nuestra hermosa Familia Religiosa se encuentra en lugares donde todavía el acceso a internet es algo ‘poco común’, y por otra parte sabemos que muchas mujeres querrían sumarse a este proyecto, hemos pensado que lo más conveniente será que los mismos religiosos provenientes de esos lugares o que misionan allí, las ‘inscriban’ en la página web arriba mencionada, de tal manera que todas los que más puedan se sumen a la santa misión de implorar al Dueño de la mies[14] que envíe más operarios, y que tenga a bien conceder la gracia de la perseverancia y de la santidad de vida a quienes ya se hallan trabajando para que Él reine[15].

Somos más de 800 los miembros en el Instituto del Verbo Encarnado: qué consuelo enorme sería saber que hay más de 800 almas que con la generosidad y el amor sin límites característicos del corazón maternal imploran del cielo gracias tan excelentes, colaborando casi imperceptiblemente –actitud tan típica de las madres– con la apasionante aventura de llevar el amor deCristo a incontables almas.

“Jesús tuvo siempre consigo a su divina Madre: nunca se separaron uno del otro”[16]. Que no nos falten nunca madres que acompañen a sus hijos con la plegaria ardorosa y constante y que tanto consuelo trae en esta vida.

A la Virgen Santísima, que ha venido a ser Madre de nuestra Luz a costa del gran sacrificio de su Hijo, del sacrificio materno de su corazón, los encomiendo a todos Ustedes, a sus madres, así como también los frutos de esta noble iniciativa.

En Cristo, el Verbo Encarnado,

Gustavo Nieto, IVE

Superior General


[1] Cf. San Juan Pablo
II, Mensaje para la 1ª Jornada mundial de Vida Consagrada,
(06/01/1997).

[2] San Juan Pablo II,
Mulieris Dignitatem, 31.

[3] Cf. P. Carlos Buela,
IVE, Homilía “La Madre”, (15/10/1995; 20/19/1995).

[4] San Juan Pablo II,
A los religiosos y religiosas en Roma, (02/02/1990).

[5] Cf. San Juan Pablo
II, Mulieris Dignitatem, 18.

[6] Cf. P. Carlos Buela,
Homilía, (15/10/1995).

[7] Cf. San Juan Pablo
II, Mulieris Dignitatem, 30.

[8] Cf. San Luis Orione,
Scritti 46, 136; Carta a una señorita en vísperas del casamiento,
(10/01/1938).

[9] San Juan Pablo II,
Mulieris Dignitatem, 19.

[10] Liturgia de las
Horas, del testamento espiritual de Santa Angela de Mérici, virgen, 2ª
lectura, 27 de enero.

[11] El secreto
admirable del Santísimo Rosario
, 132.

[12] Ibidem.

[13] Mc 10, 30.

[14] Mt 9, 38.

[15] Directorio de
Espiritualidad
, 225; op. cit. 1 Cor 15, 25.

[16] San Pedro Julián
Eymard, Obras Eucarísticas, 4ª Serie, Ejercicios Espirituales a las
vírgenes de la Tercera Orden de María, 3er día.

 

 

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