Cecilia Prado

Mis padres me regalaron 14 hermanos, soy la séptima de ellos, y tengo la gracia de tener 8 hermanos religiosos: 4 sacerdotes, 2 religiosas y 2 seminaristas.

 

 

Hace algunos años les escribía una carta a mis hermanos religiosos agradeciéndoles su fidelidad y docilidad al llamado de la vocación religiosa. Me sentí con el deber de agradecérselos y comprometerme a rezar por su perseverancia y santidad en tan sagrada misión. Agradecerles por qué? Porque gracias al ejercicio del ministerio sacerdotal es que las familias somos fundadas en la gracia del matrimonio, nuestros hijos son bautizados, las comuniones y confesiones que nos dan, nos aumentan y mantienen la gracia, y cuando llega la hora, ellos nos preparan también para partir a la Patria Celestial. ¿Acaso no son nuestro contacto más directo con Dios Padre? Sus gestos, sus palabras, sus acciones, todas sus vidas ardiendo por la salvación de las almas. No puedo dejar de ver en ellos, nuestra unión más cercana y directa con Dios Padre. ¿Qué sería de este mundo, sin esas manos consagradas que nos traen el Pan que alimenta nuestra almas? Al igual que pensar en las religiosas, acaso no nos recuerdan ellas el humilde, minucioso y silencioso trabajo de María para con Su Hijo?

Entonces ¿cómo no pedir más de esos hombres y mujeres que nos ponen en contacto directo con Dios? Como madre de niños pequeños, ¿Como no ir preparando nuestros corazones y los de nuestros hijos para que si un día, son llamados a esa sagrada vocación, podamos responder con alegría y generosidad como el “fiat” de María?

Las oraciones diarias que realizamos en familia son especialmente por ellos, por su fidelidad, por su santidad, y por su perseverancia. Porque gracias a esa entrega diaria en cada misión, la bandera de Cristo aún flamea en nuestras patrias, pese a tanto mal que nos rodea.

Y si ellos mantienen erguida y flameante la bandera del ejército Divino, entonces, nosotras madres y hermanas, pensemosnos como un gran ejército de almas. Que en estos días de continua oración por ellos, nuestras plegarias, oraciones y sacrificios suban al cielo como lanzas encendidas en llamas, pidiendo a Dios que aumente, proteja y sostenga la vocación de sus fieles servidores sacerdotes y religiosas.

Pidamos con insistencia, que esas lanzas en llamas hagan que nuestros religiosos se enciendan, ardan y se consuman de amor en el corazón de Dios, nuestro Padre.

Un comentario

  1. Dios siga bendiciendo a su familia, que bendición tan más grande tener un sacerdote oh religioso en casa, pues cuantas más bendiciones con más de uno en la familia, wwwaw GLORIA A DIOS.

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